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jueves , 19 octubre 2017
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El poeta de la calle

El poeta de la calle

Carlos Burgos 

Fundador
Televisión educativa

En la década de los cincuenta, levitra con frecuencia me encontraba en las calles de Cojutepeque a Carlos Peña Campos, sale era amigable, there atento y servicial. Un joven de mediana estatura, tez blanca y siempre sonriente.
A veces caminaba bajo los efectos del elixir etílico que lo convertían en más campechano y andaba regando versos por los andenes, parques y rincones de la ciudad. En ocasiones me mostraba algún poema de admirable sensibilidad y me explicaba los recursos metafóricos que había empleado. Era estricto con el ritmo y la rima. En las revistas de las fiestas patronales leía algunos de sus poemas.
Peña Campos conocía palmo a palmo la ciudad y sus habitantes, circulaba con frecuencia por el barrio San Juan y el domingo llegaba a la plaza donde se encontraba con mis padres y presto les realizaba alguna faena o diligencia.
No estoy enterado que haya editado alguna obra. Sus poemas y prosas aparecían en revistas, publicaciones de las fiestas patronales y periódicos locales y nacionales. Escribía en el Quincenario Vanguardia, publicación que daba cuenta sobre eventos culturales de la ciudad.
Peñita trabajó por muchos años como citador de los juzgados. Era conocido por los habitantes, y cuando lo veían con papeles en las manos le preguntaban a quién iba a citar y por qué causa, y él no soltaba información al respecto. Es secreto profesional, respondía, pero cazaba noticias para cumplir su función periodística con rotativos de la capital.
En agosto de 1971 escribió en un periódico nacional la prosa «Cuando Cojutepeque está de fiesta», que comienza de esta manera:
«Nuestra antañona ciudad está en estos días rigurosamente vestida de gala, celebrando sus tradicionales fiestas agostinas. La pátina del tiempo recrudece y hay invasión de reminiscencias Y parece que las golondrinas de un solo verano han regresado para anidar en las cornisas del recuerdo».
Y cierra esa  prosa con estas ideas: «…de sobra es conocido que en cada cojutepecano, bulle el espíritu batallador del Cid Campeador, cuyo escudo es su dinamia, su yelmo el honor, su estandarte el optimismo y su adarga, su singular patriotismo, y que amando a Dios, tiene como principio insoslayable, su indeclinable amor a la justicia y al derecho, a la libertad y a la paz».
Carlos Peña Campos fue promotor, junto con otros ciudadanos, de la creación de los juegos florales de Cojutepeque. En abril de l977, publicó un artículo en el que reiteró a las autoridades municipales la sugerencia para que decidieran celebrar los juegos florales. No lo escucharon en esa ocasión pero siguió martillando sobre esta necesidad cultural.
A mediados de 1982, se dio un fenómeno original dentro del firmamento cultural de Cojutepeque: se contempló una «lluvia de reinas», a las que cantaron los poetas de la ciudad con su deslumbrante creatividad, entre ellos figuraba el bardo Carlos Peña Campos. Una de las estrofas que dedicó a una de las reinas decía:
« y envuelta en la seda de las blancas neblinas
arrullada por el canto de los ruiseñores
la heroica  ciudad  de mis amores
te regala las notas de épica sonatinas».

En 1982, siendo Gobernador de Cuscatlán Moris Edmundo Beltrán Rosales y Alcalde Municipal, Fredy Castillo, se decidió celebrar los juegos florales en enero del siguiente año, y sin dudarlo nombraron a Peñita miembro de la Comisión que redactaría las bases de tal certamen. Estos primeros juegos se dedicarían a la literatura, la música y la pintura, y él sonreía de verso a verso.
Un día de ese año me encontré en la calle con este poeta soñador, y al instante me interrogó:
–Hola, Carlos Burgos, ¿siempre cultivas las imágenes televisivas?
–Correcto – respondí – pero tú cultivas las imágenes poéticas con la magia de tus versos.
–Así parece. Mi trabajo de citador me facilita deambular por la ciudad, donde los versos se me cruzan y de inmediato tengo que adoptarlos y domesticarlos.
Y se alejó sonriente por las estrechas y empinadas calles de mi pueblo, los caminos de sus versos.

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