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El eterno presente

Álvaro Darío Lara

Escritor y poeta

Digo el eterno presente, tadalafil y sólo puedo evocar, lanzando al viento de la tarde, estas tres palabras, al gran amigo y artista de los colores y de la vida, Toño Lara (1952-2008), ya ausente de entre nosotros.

Nuestro querido pintor nicaragüense, que convirtió a El Salvador, en su también primera patria. Toño, el viejo Toño, orondo, en sus mejores momentos de fabuloso arlequín. Danzando en las noches de exposición y de fiesta, allá en su “Galería de Arte 91”, en la colonia Flor Blanca de San Salvador.

“El eterno presente”, decía Toño, mientras bebíamos café. El Toño que suspiraba, animándome a no reparar en las tristezas del ayer o en el misterio del mañana, sino en vivir intensamente la magia del hoy. Toda pasa, sentenciaba Toño, todo pasa.

Hace unos días, volví -como suelo volver una y otra vez- a Borges. Ahora, al prodigioso libro: “Diálogo con Borges” (Buenos Aires, Argentina, Editorial Sur, 1969), de Victoria Ocampo. Se trata, como ya he referido en alguna ocasión, del volumen que recoge una magnífica y kilométrica entrevista, con el  espléndido escritor. La última pregunta, aparece formulada de la siguiente manera: “Si pudiera usted soñar otra vez su vida – pues no sólo se vive la vida, se la sueña-, ¿en qué época se detendría con preferencia: en la niñez, en la adolescencia, en la edad madura?”. Responde un sabio y divertido Borges: “Me gustaría detenerme en este día de 1967”.

Los seres humanos corremos – sobre todo en estos tiempos- atormentándonos por un pasado que ya no tiene arreglo; y por un futuro –incierto-, que se nos dibuja, terriblemente angustiante. Y en esa dramática tensión, entre pasado y futuro, nos perdemos, lastimosamente, el dorado presente. El presente del espectacular amanecer, que reactualiza, todos los días, una oportunidad más, para ser felices y libres, de todas las bestiales cadenas que nos impone, inmisericorde, nuestra perturbada mente.

Uno de los espíritus más altos del Renacimiento, Leonardo Da Vinci, nos sentencia: “El agua que tocas en la superficie de un río, es la última de la que pasó y la primera de la que viene: así el instante presente”. Si esto es verdadero, ¿por qué insistir, en el estéril sufrimiento, que nos desvía, de algún venturoso puerto?

Este es el justo momento para amar y sembrar. Para expresar nuestra bondad, nuestro perdón, nuestra gratitud. Para renunciar al odio y a la venganza. No hay, ni habrá, otro momento. Por esta razón, cada minuto que corre es vital, para realizar el mayor altruismo posible.

Cuánto juicio anima las palabras del meditativo, Marco Aurelio, tan pretérito, como infinitamente contemporáneo, cuando formula este pensamiento: “La vida más larga y la más corta tienen la misma equivalencia, pues el presente es de igual duración para todos”.

Ni el pasado asfixiante, ni el desconocido futuro, deberán inquietarnos. Un presente bien construido, firme y coherente, es el único y auténtico paraíso.  Ya lo sugiere la milenaria filosofía china, en este popular proverbio: “Disfruta hoy. Es más tarde de lo que crees”. Ahí está, entonces, siempre vivo, siempre intenso: “el eterno presente”, aguardándonos, en su tránsito incesante.

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