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jueves , 19 octubre 2017
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El enmascarado de plata

El enmascarado de plata

Álvaro Darío Lara

Escritor y poeta

El 26 de abril de 1942, see inició en la legendaria “Arena México”, seek una de las trayectorias populares más emocionantes y más queridas para el país azteca y para América Latina, healing me refiero a la historia del máximo ídolo de la lucha libre de todos los tiempos, el amadísimo Santo (siguiendo la nominación, así, sin artículo, que hace Hugo Hiriart, y que a su vez, introdujo Emilio García Rivera), cuyo nombre menos real era el de Rodolfo Guzmán Huerta, nacido un 23 de septiembre de 1917 y vuelto a la energía universal, el 5 de febrero de 1984.
Y es que, desde hace un tiempo, he tomado la costumbre anual de recordarle mediante una nota, ya sea en septiembre o en febrero. Santo lo merece, por tantas horas maravillosas de diversión, suspenso y terror que nos proporcionó en la ya lejana infancia, cuando las luces se apagaban y después de las extras, aparecía la imagen de nuestro superhéroe, en medio de los gritos del respetable, y de esa música escalofriante que erizaba la piel. Ahí emergían los rostros sensuales y diabólicos de Lorena Velásquez y Ofelia Montesco en la producción: “Santo vs. las mujeres vampiro”  (1962). Cintas ya viejas, para los años setenta, pero que todavía se reciclaban en los cines nacionales o en la televisión. Imágenes en blanco y negro, que luego se fueron tornando coloridas. Así, del torso desnudo, y espaldas cubiertas por la mágica capa, Santo transitó a los autos convertibles, los cuellos de tortuga, la chaqueta y todo el glamour del pop de fines de los sesenta.
De un éxito en el cuadrilátero, Santo se convirtió en todo un fenómeno como héroe del mundo de las historietas, que se vendían como pan caliente en las calles de la República Mexicana y luego en las de toda Latinoamérica ¿Cuántos de nosotros coleccionábamos como tesoros, esos pasquines que comprábamos en los antiguos puestos de revista o robábamos en las famosas peluquerías? Santo lo ameritaba. Posteriormente, el cine, como apuntábamos, lo consagró.
Santo filmó un total de 52 películas. Vistas en el tiempo, ahora nos parecen bastante planas en sus argumentos repetitivos, muy faltas de cuido técnico, y francamente cómicas, pese que sus contenidos pretendían seriedad, y hasta misterio y horror. Pero eso no lo sabíamos los niños y jóvenes de la época; y sí lo sabían, los críticos del séptimo arte de los cincuenta, sesenta o setenta; sin embargo, poco importaba (o importa), lo realmente impresionante eran esas Momias de Guanajuato que cobraban de pronto vida, y cómo Santo lograba salir bien librado –sin perder nunca su máscara- de todos los ataques del Imperio del Mal, con sus cerebros maquinadores de desgracias, en espeluznantes laboratorios de foquillos multicolores que se encendían y apagaban; o con los zombis, las bestias o  las lobas desatadas, intentando terminar con la vida del Enmascarado de Plata.
Recordar, entonces, a Santo, es retornar al mundo de “los circuitos de teatros nacionales” que murieron para siempre, como una diversión popular y masiva.
Antes que los cines de la capital, del interior y de los barrios, se desnacionalizaran, y sus recintos fueran rematados y entregados a las iglesias de los milagros, era el encantamiento de los añejos hot dogs recalentados, las palomitas de maíz, las gaseosas y los chiclets adams.
El cine, el gran escenario de los trémulos enamorados. El mágico ámbito de los primeros cigarrillos, cuya voluta dejábamos ir en forma de perfectas coronillas o largas y azuladas lenguas de humo, cuando imponentes, alzábamos las extremidades inferiores sobre las butacas delanteras, creyéndonos los reyes del mundo. Santo fue todo eso también.
Por ello, es que sigo siendo devoto de Santo, persiguiendo ahora cuanta película encuentro de su larga lista de films. Y se produce, entonces, el milagro, Santo sigue vivo.
Santo, queridos amigos, es inmortal.

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