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El beso de la serpiente (2)

Sociología y otros Demonios (1099)

René Martínez Pineda

Por esta lucha que he decidido hacer mía, más allá de mi garganta y mis fuerzas y mi cordura –lucha que a algunos no les gusta, porque no les conviene- sé que me atacarán los zopilotes del capitalismo digital que, carroñeros, vuelan en círculos sobre los estudiantes y empleados condenados al purgatorio de lo virtual; sé que, talvez, querrán echarme encima todo el peso de la ley del feudo administrativo que sodomiza a lo académico, pero no le temo a eso, le temo a no luchar por lo que creo que es correcto, le temo a no luchar por mis hijos, le temo a ser indiferente. ¿Qué estoy haciendo? Estoy haciendo lo que aprendí a hacer leyendo a Marx en la densa clandestinidad del cuarto del mesón que me enseñó a leer los gestos de los cuerpos cotidianos; lo que soñé hacer viendo la foto del Che colgada en mi almario; lo que sé que es correcto hacer –según me secreteó la sociología de la nostalgia- para forjar ciudadanos integrales que tienen conciencia social porque son socializados en la realidad concreta, que no es plana, ni inodora, ni insípida. Eso de que hoy la socialización debe ser por medios digitales –¡a huevos! como diría mi abuela- para mí es una falacia y una trampa de la serpiente virtual que no me creeré, y si muero luchando contra ella, como si fuese el último molino de viento, lo haré sin dudarlo, porque ms hijos estudian en la universidad pública, no en una universidad privada, lo cual no pueden decir quienes quieren imponer lo virtual para evadir las molestias de las protestas estudiantiles y docentes.

¿Qué estoy haciendo? Estoy luchando porque mi hijo sienta el calor del sol que está fuera de las pantallas y de las sensaciones artificiales y con ello pueda saber cuánto pesa la explotación del sudor ajeno; porque sienta el sabor de las sonrisas para saber el tamaño de la cultura del migrante; porque palpe el sonido de un beso dado en la plaza Libertad para saber el color del imaginario del desempleado crónico. Estoy luchando contra los que les están robando el mundo y las ilusiones a mis hijos y mis sobrinos; luchando como un loco degenerado, luchando sin tregua ni cuartel, así como lo hice en los años 70s y 80s; así como lo hice desde el Co Latino como trinchera de la utopía social, y ya llevo 1,100 artículos publicados porque no puedo ser indiferente frente a la injusticia.

¿Qué estoy haciendo? Estoy haciendo lo que aprendí del Gramsci de la cárcel que jamás fue enclaustrado por los barrotes y quien vaticinó que, cuando el viejo mundo se esté muriendo el nuevo mundo tardará en aparecer, y en ese claroscuro surgirán los monstruos, y uno de ellos es, hoy por hoy, lo virtual-ausencia que quiere comerse a lo real-presencia. ¿Qué estoy haciendo? Estoy luchando contras las excusas de los oportunistas que dicen que no se puede retornar a lo presencial porque no hay aulas y, si eso es cierto, no merecemos colgarnos el calificativo de universidad pública; luchando contra los que dicen que no hay parqueos, como si eso fuera lo fundamental de un campus universitario, o como si eso no se pudiera resolver. Todas esas excusas patéticas no son problemas insalvables, sólo son problemas que ponen en evidencia neuronal a quienes no pueden resolverlos y entonces optan por afectar la educación y las clases.

¿Qué estoy haciendo? Como en los años 90s en que se quiso envalentonar el neoliberalismo con su propuesta de flexibilidad laboral para desarticular o aislar las condiciones subjetivas de la organización sindical, hoy lucho contra la flexibilidad educativa que pretende evitar la reunión de los estudiantes y maestros y, así, minimizar las condiciones objetivas y subjetivas de su organización natural contra la apatía, corrupción, injusticia e incompetencia administrativa. Lucho porque nuestros estudiantes y mis hijos sientan el dolor, las alegrías y las tristezas usando todos los sentidos; porque sientan el sabor de una pupusa revuelta para que sepan cuál es el color de la tristeza del excluido por la educación en línea que lo alinea frente al paredón de fusilamiento de lo digital; porque sientan el olor de una flor para saber cuál es el sabor de un beso teórico que se da en la práctica; porque sientan la textura de la grama para que sepan cuál es el sonido de las ilusiones rompiendo la tierra; porque tengan acceso a la vacuna contra el tiempo perdido que es administrada por la presencia y que acepten como efectos secundarios sus sombras y sepan cómo enterrar el miedo a vivir en comunidad, mano a mano; que se liberen del lastre de lo artificial y retomen el vuelo; que continúen el viaje por los senderos de la utopía; que persigan sus sueños en las calles que huelen a pueblo; que destraben el tiempo que los enclaustra en una computadora; que barran los escombros con las escobas de la solidaridad social; que destapen el cielo con sus compañeros de carne y hueso que saben que el frío quema y el miedo muerde si el sol se esconde en una pantalla.

¿Qué estoy haciendo? Estoy luchando por erradicar el acre beso de la serpiente que envenena la pedagogía libertaria para que la conciencia sea sólo un dispositivo; luchando porque la vida sea de los estudiantes y de ellos sea también el deseo por descubrir el mundo; porque exista el café de las desveladas por los trabajos en grupo y el amor por devorar libros para transformar la vida; porque no haya heridas que no cure el tiempo junto a los otros; por abrir las puertas del conocimiento que mana de la realidad y por quitar los candados que ponen los carceleros de la educación; por derribar las murallas que nos aíslan de la vida y por aceptar el reto de vivirla; por recuperar la risa presencial que se oculta en un diseño gráfico y en un ensayo sociológico redactado con las palabras y gestos de los informantes; por conjurar la lengua de la serpiente que envenena la vida; por defender la presencia como una trinchera de la alegría drástica y escandalosa de compartir con los otros; estoy luchando contra la miseria y contra los miserables de la ausencia transitiva que quieren convertirla en algo plano y definitivo que se ve de lejos, sin sentirla tal cual es; luchando por defender la presencia como un principio de la conciencia y de la ruptura del paradigma de la condena a la soledad de los neutrales frente a la amarga infamia del beso de la serpiente de las pandemias que vagan por las academias que premian al oportunista proxeneta de la didáctica tangible. ¿Qué estoy haciendo? Estoy haciendo lo que debo hacer como sociólogo de la locura: luchar por la vida de los cuerpos-sentimientos que con su presencia borran la ausencia.

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