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Dos ángeles y un misterio

DOS ÁNGELES UN MISTERIO

Por: Rob Escobar

Ilustraciones: Ariel Elías

 

Cítal apretó sus alas, se atravesó el morral y fue a pedir ayote en miel. Ese Día de la Calaviuza, en ninguna casa tenían. Aquel primero de noviembre, el ayote había desaparecido en toda Tonacatepeque.

Esa noche, Cipipitío abrazaba a su madre frente a la iglesia. Cerraba sus ojos cuando aparecían los personajes mitológicos temibles y los abría al paso de sus favoritos. Su preferido era un duende barrigón, el Cipitío, que llevaba un gran sombrero y tenía los pies hacia atrás. Así iba él disfrazado hoy.

En un momento de ojos cerrados, Cipipitío sintió unas manos recorriendo su espalda. Su corazón latía fuerte, como el sonido del tambor. Era su prima Cítal.

—¡Te asusté! —Lo abrazó, entre carcajadas.

—¡Casi me-me da un patatús! —le reprochó.

—¡Solo bromeo! Mejor vení —lo soltó de su madre y le contó que se había adelantado a la pedigüeña, pero el ayote había desaparecido sin dejar ni huella de miel. Quería ir a descubrir qué había pasado con el ayote del pueblo.

—Pero sabes que yo soy miedoso. No creo que te pueda ayudar mucho.

—No lo olvido. El año pasado también vestiste de Cipitío. Al presentarte en el escenario dijiste “soy el Cipi-pi-tío” —se rió de buena gana—. Vamos, busquemos el ayote en miel o este será el más insípido Día de la Calaviuza.

—No puedo —le insistió. Afligido, comenzó a sentir su corazón pesado como una bola de barro.

—Entonces, medio mundo sabrá de tu miedo y la otra mitad lo imaginará —sentenció Cítal.

Del morral, más largo que su corto pantalón, Cítal sacó dos espadas de madera y un teléfono.

—A mi hermano le dieron otro en su trabajo. Me dio este. Traje espadas para enfrentarnos a otro bando al final de la pedigüeña y ganarles sus ayotes recolectados. Al parecer, hoy no servirán para eso. Toma una.

—Tengo miedo, pero amo la aventura —reflexionó en voz alta—. Le diré a mi mami que vamos a comer pupusas.

 

Caminando, en busca de pistas, encontraron el desfile de carretas chillonas con antorchas, hombres encadenados, pintados de esqueletos; siguanabas con chiches de tela hasta las rodillas, niños disfrazados de Cipitío, niñas disfrazadas que gritaban como La Llorona, el Justo Juez, el Gritón de medianoche… Todos bailaban al son de silbatos y tambores.

No vieron ángeles como de costumbre.

Al ver al Padre sin cabeza en el desfile, a Cipipitío le dio tanto miedo que sintió frágil su cuerpo, como de barro seco. No pudo más y cayó al suelo.

Cuando Cítal apartaba a los curiosos apareció un perro blanco, de orejas puntiagudas y con un círculo oscuro alrededor de uno de sus ojos rojizos. Se acercó a Cipipitío y le lambió el rostro con una lengua roja, despertándolo. Cítal le ayudó a levantarse.

—Peluso me salvó. ¡Pero si mi perro murió hace un año! ¡Es increíble!

—¡Parece tu Peluso! —confirmó Cítal.

Lo acariciaron y le dieron una pupusa, pero Peluso no comió.

—¡Vamos, Peluso! —dijo Cítal.

A cada casa llegaban con sus calaviuzas, esos morros con agujeros en forma de calavera con una vela adentro, cantando “Ángeles somos / del cielo venimos / ayote pedimos / para nuestro camino mino mino”.

En cada lugar, Cipipitío escuchó que temprano llegaron muchos niños vestidos de ángeles y se llevaron todo el ayote, mientras Cítal buscaba pistas y escribía en su teléfono cualquier situación sospechosa. Peluso aulló cuando, olfateando el piso, encontró rastros de polvo en un par de viviendas.

—El bicarbonato lo ocupa cualquiera —concluyó Cítal al probar el polvo—. Mi mami me lo da con limón cuando me duele el estómago.

Sentados, a punto de abandonar la búsqueda, Cítal buscó ayuda en el teléfono y encontró una aplicación llamada MalacatApp.

—¡Me recuerda a malacates! Ladrones, como les decimos acá —dijo Cipipitío, colocándose a su lado para ver cómo funcionaba.

Vieron un mapa del pueblo con muchos puntos rojos. Con MalacatApp la policía buscaba maleantes. El hermano de Cítal había olvidado borrarla del teléfono.

—Con tantas personas aquí, habrá muchos malacates —especuló Cipipitío.

—Espera… estos puntos se mueven por todo el pueblo, pero estos otros, sólo por acá, donde hacen pastillas —Cítal señaló adonde ambos sabían que se encontraba el laboratorio, la empresa más grande de la zona.

Peluso aulló de nuevo, indicando que iban por el camino correcto. Ella brincó feliz.

—El bicarbonato lo inventan en el laboratorio y Peluso aulló en las casas donde lo encontramos. ¡Allí está el ayote!

Cítal guardó las calaviuzas en el morral, ató su cabello en dos colas, acomodó sus alas y empuñó su espada. Cipipitío ajustó sus caites para proteger sus pies, frotó sus manos con saliva y sujetó su espada. Peluso meneó su cola y caminó delante.

 

En el laboratorio, escondidos tras una carreta, vieron la puerta iluminada con faroles. La luna parecía una rodaja de ayote.

—Hay faroles. Según la costumbre, donde hay faroles podés pedir ayote —susurraba Cítal.

Mientras Peluso provocaba al perro guardián para alejarlo de los primos, el terror se apoderaba de Cipipitío. Comenzó a sentir su pecho pesado, como de barro mojado, pero Cítal lo abrazó y le devolvió la espada que él había dejado caer.

Cuando el guardia fue a soltar al perro, dejó la puerta abierta, y Cítal y Cipipitío aprovecharon para entrar.

Cerca de la bodega olía a canela y dulce de panela. Por unas rendijas vieron las últimas porciones de ayote siendo trasladadas por niños vestidos de ángeles hacia un cuarto blanco con utensilios de vidrio.

Los perros peleaban.

—Allá voy, quédate en guardia —indicó Cítal.

Cipipitío se escondió tras unas cajas de bicarbonato. De pronto apareció un ángel y no tuvo más opción que derribarlo con su espada. Acto seguido, le quitó las alas, se las colocó, cargó los últimos ayotes e hizo fila atrás de Cítal para colocarlos en los recipientes donde al parecer comenzaba el proceso del laboratorio.

Al quedar el cuarto vacío, buscaron a los encargados. Sin encontrar a quién enfrentar, con sus espadas destruyeron los utensilios. Los vidrios sonaron como miles de vasos rotos y de inmediato aparecieron dos hombres de blanco que se arrojaron sobre ellos.

Cítal y Cipipitío les lanzaban espadazos pero tenían las de perder. Cuando los de blanco los tenían ya en sus manos, apareció Peluso con cuatro policías y un quinto agente corrió hacia Cítal.

—¡Hermano! ¿Cómo supiste que estaba en problemas?

—¡No te hagas! —dijo, enseñándole MalacatApp en su teléfono.

Entre los curiosos salió la mamá de Cipipitío, vestida de La Llorona, para abrazarlos.

Cítal y Cipipitío mimaron a Peluso y se tomaron una foto, pero el perro de ojos rojizos no aparecía en la imagen.

—¡Extraño! —exclamó Cítal.

—¿Sería Peluso de veras? —preguntó Cipipitío.

Todos coincidieron en que no les había acompañado Peluso, sino El Cadejo, el perro mitológico que protege y defiende contra los malos espíritus.

 

Según las noticias, el laboratorio convertía el ayote en miel en pastillas, como alimento para tiempos difíciles.

—Ni que viniera una pandemia —dijo Cítal entre carcajadas, tragando una pastilla.

—A veces el miedo es la más grande oportunidad para la aventura —pensó en voz alta Cipipitío y se echó una pastilla de ayote a la boca con satisfacción.

 

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