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Historia se los suplicios IV

HISTORIA DE LOS SUPLICIOS IV

INTIMISSIMUN

CARALVA

 

 

Cambyaes Rei de los persas condenó a este suplicio a un juez convencido de iniquidad, la piel del paciente fue clavada en la silla sobre la cual vino a sentarse su hijo para reemplazarle. La ejecución de esa horrible pena era tan larga como dolorosa. Se tendía al delincuente sobre una mesa después de haberle echado una mordaza y un hombre armado de un cuchillo le quitaba el pellejo sin herir carnes. Uno de los suplicios más comunes en Persia consistía en arrancar los caballos y echar después ceniza caliente en la cabeza. También empleaban la ceniza caliente para ahogar a los grandes criminales.

Leemos tocante a este objeto en un comentario sobre la biblia por el P. Calment los pormenores siguientes: se llenaba de ceniza hasta una cierta elevación una torre grande. De los altos de esta torre se arrojaba de cabeza al culpable en la ceniza y después por medio de una rueda, se removía la ceniza alrededor de su cuerpo, hasta que quedara ahogado. El suplicio que los persas llamaban Diafendonezis y que imponían al adultero, es una de los más crueles que el genio de los verdugos haya inventado. Se doblaban por medio de cordeles y de máquinas dos árboles uno sobre otro, y se amarraba al criminal a los dos palos por cada pie, después habiéndose dado una señal los cordeles se aflojaban súbitamente y los árboles volvían a tomar su posición natural, llevándose cada uno la mitad del cuerpo del paciente. Los griegos castigaban de muerte el sacrilegio, la profanación de los misterios las empresas contra el Estado, contra el Gobierno republicano, los desertores, los que habían entregado al enemigo una plaza armada o una galera; el robo cometido durante el día, cuando pasaba de 59 dramas, o el robo nocturno por mas poco importe que fuese, el robo cometido de dos en los lugares públicos.

Degollación y el veneno eran los principales suplicios en uso entre los griegos. A la hora de la ejecución, el verdugo bajaba silenciosamente a el calabozo del reo de muerte y cumplía sin ruido su terrible misión. Algunas veces también cuando el suplicio debía tener lugar públicamente, el criminal era precipitado aparecía en la plaza pública apaleado; este último castigo se imponía ordinariamente a los ladrones. Un hombre absuelto de un crimen involuntario debía desterrarse durante un año, y no volver a presentarse sino después de haber dado satisfacciones pecuniarias a los parientes de la víctima, y haberse purificado en el templo. Un acusado de homicidio, que desesperaba del éxito de su proceso podía condenarse asimismo al destierro antes del juicio. En caso de condenación, sus bienes eran confiscados y si volvía a presentarse en el territorio de la República, todo ciudadano podía citarle ante la justicia, y aún matarle. Entre los atenienses arrancaban los caballos al adultero. Los crímenes monstruosos eran frecuentemente castigados con un suplicio cuya idea solo hace estremecer de horror, y que consistía en encerrar al paciente en un gran cofre erizado de puntas agudas cortantes, donde no tardaba en morir en medio de horrendas torturas.

La legislación penal militar desplegaba una despiadada severidad en Roma: los padres podían hacer morir a sus propios hijos por un simple hecho de disciplina. Un cuerpo entero, una legión, una cohorte, que hubieran huido ante el enemigo eras diezmados, y las víctimas designadas por la suerte perecían apaleadas. Todo el mundo sabe que las Vestales eran enterradas vivas cuando habían dejado apagarse el fuego sagrado.

El primer parricidio cometido en Roma, fue castigado de un modo terrible: el culpable fue arrojado al Tiber encerrado en un costal de cuero.

La Ley de Pompeya modificó este suplicio, ordenando que el condenado fuese primero azotado hasta derrame de sangre, y encerrado después en un costal con un perro, un mono, un gallo y una víbora. (S.C) Gaceta del Salvador en la República de Centro América Junio 18 1852.

 

 

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