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Del baúl de los recuerdos

DEL BAÚL DE LOS RECUERDOS
Por Marlon Chicas, El Tecleño Memorioso

Desde sus orígenes la Ciudad de Santa Tecla, fue considerada con gran potencial agrícola por las autoridades de 1854, con el objetivo de convertirla en la capital de la república, hecho que nunca se concretó. La Ciudad de las Colinas, fue la envidia de muchas ciudades del país, por sus bellos parajes e incomparable clima, que obligaba a sus habitantes al uso de abrigo a toda hora del día, ya que, por su ubicación entre dos accidentes geográficos, al sur la Cordillera del Bálsamo, al norte El Boquerón, propició la existencia de fincas o haciendas, que hoy son un recuerdo.

Siguiendo la tradición vespertina de mi madre, bajo un arrebolado cielo, degusta una humeante taza con café y marquesote, mientras se balancea en su inseparable mecedora, extrayendo de sus recuerdos algunas crónicas vividas en su juventud, la cual comparte con un servidor, en tres simpáticas historias que a continuación detalló.

En una extinta hacienda limítrofe con el municipio de Quezaltepeque, al norte del municipio, se congregó un grupo de trabajadores agrícolas, alarmados por supuestas apariciones de seres de ultratumba, provocando en los mismos la negativa a realizar sus labores, inquieto ante tal hecho, el propietario dispuso reunir a su personal para tratar el tema y solventar la situación, todos asistieron al llamado, por su parte el patrón cuestionó a los presentes con las siguientes palabras – Me dicen que no quieren trabajar, porque los espantan -, “Si” contestaron al unísono los empleados, a lo que el dueño preguntó – ¿Y quién espanta aquí? Uno de ellos levantó su mano y corrió hacia él diciendo ¡Yo señor! Indignado el propietario dijo al sujeto ¡A pues a espantar a la @/%*@#*! El trabajador asustado por tales palabras replicó – Porque me dice eso señor – a lo que el hacendado dijo – Y no dice usted que es quien espanta – aclarando el trabajador entre risas lo siguiente – No señor, mi nombre es Pantaleón, pero todos me dicen Panta, y como usted dijo ¿Quién espanta aquí? Por eso conteste, – lo que provocó la carcajada de sus compañeros y del dueño de la hacienda.

En ese mismo lugar año más tarde existió un caporal con fama de pistolero al que apodaban “Tabajiota” ya que reaccionaba iracundo a quien osara llamarlo así, disparando a la humanidad del atrevido, cierto día llegó al lugar un joven sagaz, que al conocer el hecho, dispuso apostar con sus compañeros a cambio de repetir tal epíteto las veces que quisiera sin que él caporal se diera por aludido, lo que generó la duda entre los jornaleros ante tal afirmación, llegado el día de pago el pícaro muchacho fingió padecer de paladar hendido (discapacidad en la articulación de palabras), él caporal consultó al jovenzuelo el tiempo de trabajo en el lugar, a lo que el muchacho viendo a los ojos a su encargado respondió – Pue íjese eñor que el unes tabajiuna, mates tabajiota, iércoles tabajiota, jueve tabajiota, vienes tabajiota y ábado tabajioooota – ante tal hazaña sus compañeros rompieron en risas, pagando la apuesta convenida y obteniendo la admiración de todos.

En otra ocasión, durante la temporada de corta de café en una noche de luna llena el primo Neto, quien en vida se caracterizó por andariego y noctambulo, dispuso recorrer los cafetales de la hacienda, siendo perseguido por un caballo blanco que relinchaba y bufaba ferozmente, producto del miedo el primo Neto, logró llegar a un tapesco (cama rustica de campo), saltando sobre sus compañeros que dormían plácidamente, provocando el sobresalto de estos, por su parte el espectro se alejó del lugar, y los trabajadores reprendieron con severidad al primo, afín de no cometer el error otra vez.

En conclusión, las fincas y haciendas tecleñas guardan fantásticas historias que perduran en el tiempo, gracias a las memorias de nuestros mayores, en una Ciudad de las Colinas con olor a cafetales y balsameras, por hoy se cierra el baúl del recuerdo de mi adorada madre.

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