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Castillo de santo

Isaac Bigio
Analista internacional

Hoy en Lima bien pueden celebrarse el cumpleaños de la persona más importante del Perú con un castillo y una torre de fuegos artificiales. Esto debido a que el Presidente Pedro Castillo Terrones celebra sus 52 años de vida. No sabemos si ello se va a dar o no, pero sí podemos asegurar que en esa fecha habrá multitudes de peruanos comiendo turrones, no tanto por el Santo de Castillo Terrones, sino porque esos postres se consumen en masa cuando Lima atraviesa el mes morado por la procesión del Santísimo Cristo Moreno.

A Castillo es la primera vez que le puedan cantar las mañanitas en Palacio de Gobierno. En todas las anteriores veces que a él le entonaron el “Happy Birthday” ni él, ni su esposa, ni sus hijos, ni sus iletrados padres campesinos, ni nadie de su distrito, uno de los más pobres del Perú, en el cual ha vivido casi toda su vida, se podían imaginar que algún día este rondero, maestro rural y agricultor humilde pudiese llegar a ser Presidente. Hoy, curiosamente, su aniversario tiene el mismo número de la principal revolución popular que se ha dado en los Andes (la del 52 en Bolivia). Si bien su llegada al poder es toda una revolución cultural en sentido de que por primera vez un agricultor pobre llega a Palacio, él viene haciendo todo lo posible para impedir cualquier clase de revolución social que deponga violentamente a una clase que esté en el poder.

Para el libro Guiness de los récords

Cuando se dieron las elecciones generales del 11 de abril nadie podía pronosticar quién iba a clasificarse para la segunda vuelta. Hasta hacía solo menos de 2 semanas atrás, Castillo no figuraba ni dentro de los 6 primeros lugares dentro de unos 23 candidatos. Si a él se le conocía poco, mucho menos se sabía de su aldea en la que él y su familia han vivido por generaciones, la misma a la que solo se llega a través de una travesía de 6 horas por peligrosos caminos sin asfaltar y donde muchos carecen de servicios básicos como luz, internet, gas o agua. Hasta entonces, posiblemente ni el 99.9% de los peruanos habían visitado su caserío de Puña o podrían decir en qué puñetera parte del mapa se encontraba. Aún hoy “Google maps” no puede dar mayor evidencia de este pueblito.

A pesar de no contar con el apoyo de ningún gran aparato o medio de comunicación, su imagen empezó a crecer. Tenía la ventaja de contar con el apoyo de los maestros que habían hecho una huelga nacional bajo su comando y que estaban dispersos en miles de escuelas a lo largo y ancho de todos los rincones del país.

La pandemia había demostrado lo terrible que estaba el estado de la salud, la educación y de las condiciones sociales de los peruanos. La cantidad de adultos fallecidos por COVID-19 supera a la de 200,000 personas, más del 1% de quienes fueron a votar y más que todos los muertos producidos en todas las guerras internas y externas que haya tenido el Perú durante sus 2 siglos de vida independiente.

En los últimos 5 años el Perú había tenido 5 presidentes, récord para cualquier democracia occidental. A ello se suma la enorme crisis de la clase dominante y la partidocracia, así como el espectacular descontento contra la corrupción y la miseria.

A medida que todos los representantes del viejo orden se iban quemando, la imagen del “profesor” que visitaba a las partes más abandonadas de la república y expresaba su furia ante su abandono, fue catapultándose.

De repente, todos los medios se dieron con la sorpresa que el maestro rural ganó la primera vuelta con el 19% de los votos válidos, y que se iba disparando. Inmediatamente los grandes grupos de poder y sus medios se dedicaron a querer destrozarlo con toda clase de acusaciones.

Durante todo este milenio he cubierto cientos de elecciones en todo el mundo, pero nunca había visto una en una democracia occidental en la cual se “terruquease” y “comunistease” tanto al ganador de las dos rondas presidenciales. Mientras en otros comicios siempre hay canales o diarios que apoyan a uno u otro candidato, Castillo no tenía a ningún medio de su lado. Y, pese a todo ello, él ganó.

Nunca un candidato tan humilde, desfavorecido y salido de una comarca tan pobre y aislada había trepado tan rápido al poder. Otros sindicalistas, como Lula del Brasil o Morales de Bolivia, pudieron llegar a la Presidencia tras postular más de una vez, pero Castillo es todo un principiante que ni siquiera ha sido alcalde de un pueblo. Su hazaña es digna de entrar al libro Guiness de los récores pues nunca antes en ninguna república occidental había llegado a ser electo como Presidente un sindicalista rural pobre, sin ninguna experiencia de gobierno local y compitiendo contra todos los grandes poderes.

Demoler al Castillo

Desde la noche en la que el 6 de junio se sabía que él había ganado el balotaje, la derecha ha hecho todo lo posible por no reconocer su victoria y por organizar distintas clases de golpes para impedir que llegue a palacio o para que continúe en este. Nunca antes en la historia peruana eso había pasado y ningún otro mandatario electo en Occidente se ha enfrentado a tanta hostilidad.

Castillo no es más radical que otros Presidentes. A diferencia de Juan Velasco y Francisco Morales Bermúdez, quienes gobernaron en 1968-75 y 1975-80, respectivamente, él no ha querido estatizar ninguna empresa, hacer que los campesinos hagan sesiones en el Congreso, “socializar la prensa”, hacer que los trabajadores tengan participación en la gestión de las empresas o repartir la tierra. Y también, a diferencia de Alan García (Presidente en 1985-90 y 2006-11), él no ha llamado a pagar la deuda externa solo con un porcentaje de las exportaciones, ha pedido el control de precios o ha estatizado la banca.

Castillo ni siquiera ha querido desterrar el modelo económico monetarista y neoliberal heredado desde el fujimorismo. Ha mantenido en su cargo al Presidente del BCR, ha rechazado controles del dólar y de los precios y se opone a cualquier nacionalización, incluso de grandes corporaciones que extraen minerales o hidrocarburos. Incluso, no quiere subir los sueldos y salarios.

Castillo no solo que no es comunista o chavista, como le dicen sus enemigos, sino que nunca se ha declarado socialista, revolucionario, antiimperialista, antioligárquico o proletario. Él es un demócrata nacionalista honesto que no quiere trastocar el actual sistema capitalista neoliberal, sino solo evitar que haya tanta corrupción y burla a las propias leyes.

Sin embargo, él es el blanco de las dos internacionales más derechistas y golpistas que son dirigidas desde Madrid (la del Partido Popular y la de VOX), las mismas que trabajan en alianza con todos los que se han enriquecido con los negociados de la dictadura fujimorista. Lo que a todas estas fuerzas le molesta es que Castillo es alguien que no viene del establishment, que quiere extirpar de raíz la corrupción, que quiere acercar al Estado a las regiones y pueblos más abandonados, y a que está dispuesto a exigir que las grandes empresas paguen sus impuestos, no destruyan el medio ambiente ni hagan lo que quieran con sus trabajadores y los pueblos donde tienen inversiones.

Cuando sus enemigos lo tildan de “burro” cometen un doble error. Una es despreciar a su gran inteligencia y astucia campesina y otra es que ellos mismos se confiesen por ser más burros pues perdieron ante un supuesto gran burro.

Por el momento Castillo hace todo lo posible por sobrevivir las distintas embestidas y él cree que su mejor estrategia radica en convencer a EE.UU., la UE, la OEA y los grandes inversionistas que él es su mejor aliado para que así se neutralice a la ultraderecha y le dejen gobernar. Sin embargo, la mejor carta que él tuvo para llegar a Palacio fue movilizar a los más pobres, y solo mediante esto último él va a poder arrinconar a los golpistas y avanzar hacia un programa más social y una asamblea constituyente. Si él no opta por este último camino él bien puede quedar atrapado y desafilado por sus oponentes.

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