LA VENTANA
(OBRA INÉDITA, SIN FECHA)
SALARRUÉ
Rafael Lara-Martínez
Professor Emeritus, New Mexico Tech
Desde Comala siempre…
6) palabras originales del autor en su creatividad poética: azulante, atlanticidio, maravillante desconcertante, brinquisco.
«Almario La ventana» (34 páginas, más dos suplementarias de correcciones), Transcripción.
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Determinación
Una ventana es siempre un gran estimulante para cosas del espíritu. Las puertas, hechas expresamente para entrar y salir por ellas, para evitar el acceso a los extraños en horas inoportunas y otras veces para encerrar, para esclavizar, para cortar la libertad, son naturalmente una cosa práctica, odiosamente necesaria y terriblemente involutiva, por no decir inmovible, insustituible, irrenovable por muchos siglos, quizás.
Las ventanas son casi un complemento del sentido visual. Una ventana abierta o transparente sirve para enseñar, para mostrar, para airear, para dar luz, para vigilar y hasta para hacer el amor. Un hombre que sale de una casa por una ventana tiene algo de heróico (heroico) o cuando menos de romántico y si se trata de una mujer, ¡ni qué dudarlo!, es trascendental por lo infrecuente y mistérioso (misterioso). Así, mientras las puertas representan el sentido práctico, cuotidiano y burgués de la casa; las ventanas, por el contrario son la manifestación espirativa, espiritual, religiosa, poética, profundamente sentimental de lo mismo. Las casas pues, tienen una personalidad que está como circunscrita a la nuestra; un cerebro y un corazón; piensan y sienten, razonan, aman, odian, enferman y enloquecen según su estado o constitución preconcebida. Una casa cerrada es una casa dormida, una casa abierta es una casa viva, despierta; si con holgura, sana; si con temor; enferma. Todas estas cosas son, como pudieran no ser. Todo es relativo, ya lo sabemos.
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Atoyl. Contemplación
Mi ventana daba al campo. Se abría allí como, un gran libro luminoso (fin de la página 1)
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un atril oscuro. Desde dentro, el encanto del paisaje era más encantador así como un cuadro gana en conjunto al ser colocado en una luz de estudio; difusa; así como las cosas luminosas se aprecian con más comodidad bajo la visera de una gorra de viaje o simplemente de la mano. Detrás de los primeros árboles las colinas herbosas untadas de verde y sienes y algunas solamente abetunadas con el color quemado de la tierra. Entre estas colinas de segundo término los bosquecillos ponían cerca o lejos cejones profundos, los caminos, sonrisas extrañas, las barrancas muecas teatrales y una que otra casa de campo su diente níveo de mounstruo (monstruo) jurásico. Luego llanos, llanos, llanos azulante y rítmicos, una que otra montaña lejana, con algo de cielo coagulado y en los lindes aguasales oscuros de mar y cosmogónicas ciudades de nubes ya tan lontanas que casi me parecían como intuidas o como subconscientes.
Yo amaba todas estas cosas. Yo quería tanto —y aún quiero— este mi paisaje evocador de días mejores, de lontanos países desconocidos —ojalá por siempre— y de mundo multiformes esparcidos a manos por el cielo preconcebido, que delante de aquella ventana caía -/ luego en éxtasis y me quedaba contemplando el mundo, ensimismado, puesto que ella era como mi propio corazón y por ella miraba hacia mí mismo.
Horas enteras leía yo en aquella ventana, muchas veces desde la aurora hasta la noche —con breves descanz/sos (descansos)— mi posible vida pasada, mi dudosa vida presente y mi problemático futuro. Y aquellas páginas estaban ilustradas con el viento optimista, con las aves melancólicas que cruzaban el espacio, con las nubes versátiles y los emocionales tintes de luz de los crepúsculos, de las tormentas, hasta las impresionantes gráficas de la noche con sus luminarias palpitantes y su luna decorativa (fin de la página 2).
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Unión
En el paisaje de aquella ventana había espigado yo versos y prosas de juventud, amores, tristezas profundas, dolores, en una palabra, un conjunto de enseñanzas prácticas de vida que habían acabado de hacer de mí un artista, como pudieron haberme hecho un tratante en granos o un zapatero remendón.
Sin embargo/Por lo tanto, yo concedía a este lugar el gran honor de haber influido de modo decisivo en la construcción de aquella personalidad de que tan orgulloso estaba por entonces, y esto me hacía saudoso en la ausencia y goloso en la comunión, a tal grado goloso, que me eché más de una voz a galopar en la escena con ímpetues (ímpetus) de abrazo y voluptuosidades de posesión. Amé el paraje (letra final corregida), pues, como se puede amar a una hembra (h en lapicero). . Por sobre su fecundidad agraria yo soñé (˜ y acento en lapicero) siempre fecundarlo en espasmos de emoción estética y fué (fue) poseer aquella comarca, como se posee a la hembra, que decidí por fín (fin) casarme con ella de la única manera posible, es decir, haciéndome allí una casa. De esa casa es mi ventana.
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Revolución
El mundo, por lo pronto, estaba ahí enfrente a la ventana, me refiero al mundo real (o irreal según…). La Tierra, como ambiente, cosa local, como creación íntima, sin mí, era aquello; pero también era ella como planeta, como obra de Dios rodante y vibrante en el espacio, xxxxxx conmigo encima consciente de la misión vil de una existencia parasitaria (borrón arriba de la s).
A nadie se le ha ocurrido pensar, supongo, que una ventana pudiera bien ser un espejo maravilloso. A mí sí. Yo me sorprendí varias veces con vanidades de dama granmundana, gastándome las horas en apreciaciones de tocador, maquillándome el espíritu con narcisesca obstinación. (Y a mano; fin de página 3).
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Aquella habitación mía, era algo reservado, personalísimo. Me servía exclusivamente para sentir. Así pensaba yo, yo. Yo había pensado muchas cosas extrañas y había puesto en práctica muchas ideas que envenenaban el sentido común de mis parientes y de mis empleados (a añadida a mano). Empezaré por decir que habiendo heredado de mi padre la propiedad entera, xxxxxx tierras y casa, tuve que emprender en ella una verdadera revolución para hacerla a mi modo de ser y de pensar, pues me resultaba tremendamente incómodo vivir mi vida dentro de formas y costumbres ideadas por mis progenitores.
Soy escritor —por si ustedes no lo han sospechado—, y en mi libro anterior: «La Vuelta del Pasado», hago un relato prolijo de la revolución a que me he referido y que en mi propia tierra y en la casa propia, tuve que desarrollar contra el conservatismo, la sensatez, el respeto, la lógica y aún contra los intereses de los extraños, lo que casi llegó a convertirse en una revolución armada sangrante. Sirva como sinopsis, para quienes no conocen «La Vuelta del Pasado» el relato que haré en seguida.
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Retroceso «La Vuelta del Pasado»
Yo nací aquí, en esta misma casa que yo mismo he hecho construir. Esto parecerá absurdo y paradógico (paradójico), pero así es. Ya he dicho que a mí me han ocurrido y me ocurren cosas muy especiales dentro de lo natural. Mi padre fué (fue) un agricultor de verdad, un hombre que conocía las aspiraciones y veleidades de la tierra con un poder casi esotérico. Se dejaba arrastrar por los poderes impulsos agrarios con cierta fidelidad religiosa; era un taumaturgo que trocaba el humus en oro con un paso magnético y además /era profeta de meteorológico, domador de hostilidades, xxxxx étnicas xxx y económicas, en una palabra, trasunto fiel de aquellos caballeros de la reja que trocaron las armas en instrumentos de labranza y la san- (fin de la página 4)
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gre derramada, en trigos para nueva sangre.
Cuando mi padre compró «La Rabia», dicen los que la vieron entonces que eran tierras de arena y abrojo, breñosas y rebeldes hasta hacer honor al nombre. Me acuerdo vagamente de las crisis en aquella lucha contra el suelo, contra el colono vencido, convencido por la tierra, sin remedio; la zozobra (dos z a mano) entre las esperanzas de la tenacidad y la insistencia del fracaso. Aquellos ensayos (y a mano) de un procesos de abonos que resultaban tan caros como inútiles; aquel ir tercamente hoyando, hoyando y desempedrando. Yo no sé cuántas (dos acentos a mano) cosas hizo allí mi padre sin ayuda de nadie, abonando con burlas y un poco de sangre; el caso es que por fin la tierra se mostró derrotada y empezó a ceder poco a poco, se empinó remozada y servil, conquistada es verdad, pero hasta cierto punto vencedora también, pues había cobrado en sus rencores la juventud, la salud, la alegría de su contrincante. Más bien había sido aquello una trasfusión de sangre. La exhuberancia (exuberancia) de «La Rabia» no era sino la que de mi padre tomara gota a gota. El hombre tenáz (tenaz) se metió al cabo en la tierra el páramo y su vitalidad generosa lo hizo hablar muy elocuentemente por la boca abundosa del surco. El cuerpo entero fué (fue) después allí. Y yo… xxx yo vine luego a tomar posesión y destruí a mi padre.
No me arrepiento. Yo había crecido en la vieja casa, la quería. Cerca de allí habían (había) pantanos con ramas bullangueras, zarzales, grandes árboles. Todas las noche se oía temprano el croar de las ranas que arrullaban para dormir. La Luna venía a veces al corral con las vacas. Desde mi cama en el cuarto oscuro miraba yo antes de dormirme las líneas luminosas que las hojas de la ventana no podían \ excluir. Ahí debajo, como ahora, estaba la caballeriza y se escuchaba el casqueteo intermitente de las bestias los caballos. La vieja (/e) Andrea —entonces no era tan vieja—, me cuidaba, me bañaba en el río, restregándome bien con jabón y una vez se- (fin de la página 5)
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co, me colocaba encima de una sábana extendida sobre la hierba a la sombra de los tamarindos y se dedicaba a lavar cantando.
Cuando yo hice volver el pasado, era ya un hombre; no sé si la vieja Andrea habría accedido a repetir escenas como ésta del río, pero por mi parte yo aseguro que estaba sanamente dispuesto y hasta encantado de poder repetir momentos, así de una vida paradisíaca para la que todo podría haber cambiado poco, menos mi corazón que sigue siendo un niño sobre una sábana blanca a la sombra tupida de eternos tamarindos.
No, no me arrepiento. Mi padre había hecho de aquel rincón xxxx salvaje un lugar civilizado. Las tierras rendían buenas cosecha, las presas venían desde lejos destrozando el río, empujándolo, subiéndolo, encauzándolo hasta llevarlo a las llanuras que pasaron de yermos calsinados (calcinados) a campos de regadíxxo. Sobre los escombros de la vieja casa, mi casa de juegos y ensueños, levantó una moderna construcción, fría, pretenciosa, sin ventanas casi y cerca de ella una torre de hierro soportaba un panzudo tonel que recogía el agua chupada de la entraña oscura del suelo por la bomba de motor. Más lejos edificó el galerón hosco del ingenio azucarero. Dentro, los vivos mastodontes de acero devoraban (v corregida) las cosechas de caña con un mascar monótono, estrepitoso. La colonia había crecido. El /xxxxxx obrero había llegado a secundar al labrador en la tarea de civilizar el campo cimarrón.
Yo lo destruí todo. Palmo a palmo fui desalojando aquella absurda cosa que los otros llamaban Civilización, Progreso. Palmo a palmo y en el orden cronológico en que había llegado, la fuí (fui) venciendo y logré por fin desterrarla derrotada. Aquello servía para hacer dinero, prestigio, holgura, pero sobre todo, para afear y entorpecer. Yo comprendía el camino (fin de la página 6)
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de un modo muy distinto; xx manejaba ya una filosofía propia; tenía ya por entonces un concepto particular de la vida, que llevaba siempre —y aún durante el sueño—, conmigo, como se/ lleva una sortija preciosa, a menos de cortar con ella el dedo.
Era una cosa curiosa: como yo no trabajaba me había puesto al margen de la vida; xxxxx era un espectador. Había dejado de ser un bicho gregario; ante mí pasaba la Humanidad arrastrando sus cadenas, encaminada hacia una meta un poco vaga; posiblemente, por no decir seguramente, hacia uno de aquellos topes tan habilmente (hábilmente) interpuestos por la misma Naturaleza: un diluvio, una multiguerra, un atlanticidio inesperado; en una palabra un Apocalipsis, claramente virtual en una Humanidad que había entrado ya en aquel período patético de confusión y desmembramiento.
Bien; yo intuía esto: la Humanidad había llegado, por milésima vez, al punto del camino en que se hallaba la tremenda bifurcación: el camino del Bien y el camino del Mal. En aquel crucero no había indicador, había que decidirse por uno o por otro y por milésima vez la Humanidad fallaba en la elección. El camino del Bien , no era seguramente el camino del Progreso. Ese Progreso , que no es otra cosa que sino el poder de dominio sobre lo externo, contribuía únicamente a refinar los instintos bestiales del hombre, que pasaba de mono estúpido a mono taimado. La multitud pastoreada por buen piquete de demonio en forma familiar, camina a empujones, al grito de alerta, al grito de «¡Atrás!» / con que los deshuncidos, los videntes llenan los ámbitos, haciendo lo inaudito , por convencerlos de su error, de que hay que regresar y cambiar la ruta, de que sólo nos conducirá al Paraíso, al ensimismamiento y la imposición externa de la belleza y no un loco bregar en los campos del materialismo positivista. (fin de la página 7)
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La Humanidad, pues, debía hacer un nuevo ensayo por ella propia, sin esperar xxxx aquel momento en que la Naturaleza decide hacerlo en sus terrible laboratorios. Aún era tiempo de la reacción. Aún se podía volver atrás y empezar de nuevo.
Fué (Fue) lo que yo hice por mi cuenta y riesgo. En pocos meses viví muchos siglos de modo retrospectivo. Conservando lo que de espiritual tenía ganado, regresé en el plano práctico y material -a la vida primitiva, a la vida natural, al estado paleolítico, si se quiere, y con igual precipitaxxxción (precipitación) empecé a vivir una nueva vida, una vida de xxxxxxxx perfecto culto a la belleza y a la verdad, tratando, en vez de afear, de hermosear; en vez de destruir, de crear; en vez de aglomerar, de hacer una atinada selección.
En «La Vuelta al Pasado», yo imagino una revolución mundial en contra de la mal llamada Civilización y del funesto Progreso. Es la guerra del hombre contra la máquina absorbente (b corregida), la guerra contra el oro, la guerra contra el estómago, la guerra contra el hombre mecánico, contra el sér (ser) tornillo. Ante el empuje formidable de una nueva conciencia, caen uno a uno aquellos grotescos totems (tótems) erigidos por el convencionalismo estúpido y al superstición: Religión, Pátria (Patria), Deber, Honor, Raza y demás gules y mounstros (monstruos) de la sociedad humana. Troqué la Religión en el culto de uno mísmo (mismo); la Pátria (Patria) en el Universo; el Deber en el Derecho xx Honor en humo-y y la Raza en cenizas el Hombre. Llamé las cosas por sus nombres, sin rodeo: al sacerdote, necio; al político, embaucador; al soldado, bruto y asesino; al comerciante, ladrón; al aristócrata, fanfarrón. La revolución, triunfó; el pasado volvió y se echaron los nuevos cimientos de la vida con la esperanza de cada mente, el amor en cada corazón y en cada labio un cántico de verdadera juventud. Mi Humanidad llegó a comprender con una convicción absoluta, que para llegar al cielo era vana una Torre de Babel, que lo que precisaba era un pozo profundo en cada espíritu. (fin de la página 8)onor en humo -y
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Así, cuando mi padre murió y sus tierras pasaron a mis manos, mi sola ambición fué (fue) reivindicarlas por un proceso de retrogradación; no para estancarlas en un pasado más o menos lejano, no para paralizarlas en un conservatismo retrospectivo, sino para elevarlas de nuevo dentro de un nuevo ideal y de un nuevo concepto, donde el nervio no era ya una ambición de riqueza, sino un amor de a la paz, a la justicia y a la belleza en general. Entonces, haciendo valer mis derechos de propietario —quizás en contra de mis ideas y por lograr mis propósitos— puse fuego al ingenio de azúcar respaldándome con la fuerza armada del Estado, en vista del giro comunista que los empleados empezaban a dar a sus protestas en contra de lo que creían una locura. Después mandé destruir el pozo con su torre gigante xxxxxx; demolí establos; hice romper las maquinarias; aplasté los automóviles; miné los xxx acueductos; derrumbé la casa moderna y empecé con meticulosidad de especialista a reconstruir xx «La Rabia» que era, cuando yo estaba niño, haciendo de nuevo el corral las chozas, las xxxxxxxxxx calles xxxxxxx empedradas, las pipas de acarreo, y por fín (fin) una noche, cuando ya no me quedaban más servidores que la xxxxx buena Andrea y los colonos antiguos, puede xxxxxxxx xxxxxxxx , en la misma vieja casa resucitada xxxxx ya, dormirme arrullado por el «berebere» de las ranás (ranas).
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Intimidad En xxmí
Esta es mi casa, esta es mi estancia, esta es mi ventana. Ahora planto xxxxxx cedrós (cedros) y caobas, crío aves, tengo huertos y jardines que yo mismo cuido con mis manos. Así he empezado a vivir una vida nueva y profunda. Está en mí la tierra, en mí el surco, en mí el brote, en mí el rédito. Extraños acueductos surten del alma de frescas emociones; florecen las ideas sobre las que soplan vientos de redención y la fuerza que mi padre trocó en oro, yo la trueco en saber. (fin de la página 9)
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Reafirmación
Ya sé que todo aquello que hice le parecerá a usted una locura y a su vecino una estupidez; pero diga: ¿no le parece a usted interesante un hombre que no siendo realmente loco, procede así? Como los castores, yo me entretenía construyendo un dique enmedio de la corriente de lo corriente, para desviarla de su fastidioso cauce secular; puede que con ello inundara y perjudicara el lar vecino, pero de no hacerlo, hubiera tenido que renunciara ser castor. Y ele aseguro a U usted, que un castor, antes se deja xxxxxxxx xxxxxxx arrancar la piel que renunciar a construir diques.
Lo que yo hice fué (fue) reafirmarme en la vida. No quise dejarme arrastrar por la vana corriente de lo establecido y a una vela henchida de vientos absurdos, preferí el remo imponente que vibraba al par del propio músculo y de la propia voluntad. La existencia deportiva y estética, resultábame (me resultaba) superior mejor que la vulgar convivencia llena de prejuicios. Encontraba de mejor gusto saltar por la ventana que ocupar el trillado camino de las puertas.
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Gestación
Después de una larga ausencia por tierras extranjeras había por fin vuelto a mi casa solitaria, callada, soñadora. Venía dispuesto a trabajar. Como un andamiaje metafísico se alzaba ya la experiencia de sus últimos viajes con sus impresiones de miraje y el recuerdo de todo aquello que me pareció digno de estudio; vidas de gente, casos de humana patología, esquemas doctrinarios, fantasmagorías, críticas, formas, crónicas y todo ese espejismo de grandes ideas que hacen la materia plástica temblante y escurridiza de las obras en gestación.
Sí, venía dispuesto a trabajar. Por lo pronto estaba ahí echado en (fin de la página 10)
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el diván japonés, cómodamente inquieto, soltando en el humo del tabaco las aspiraciones iniciales.
Ningún trabajo se asemeja tanto al del artista, al del escritor como el del pescador. Hay trabajos x donde la labor va tan honda, que vistos a la ligera, parecen más una entretención o un ocio. El filtro parece que no trabaja. Un pescador auténtico puede permaneces dos horas seguidas con la caña inmóvil entre las manos, en silencio y en perfecta tranquilidad. Hay quizás más encanto en esperar a que el pez muerda, que en echarle fuera de un tirón. Un pensador no se diferencia gran cosa de un pescador. Siempre la echar el cebo, no es que se desee sino que se cree que morderá un pez grande. En ambos oficios hay sorpresas y desilusiones, salmones y / bagres xxxxx; a lo mejor se espera un atún y resulta un zapato abandonado. En los procedimientos hay también similitudes; quien hay quien piensa con redes, con arpón, con dinamita y hasta con barbasco.
Ese camino que yo había seguido estaba , necesariamente lleno de sorpresas. Poco exploradores tan afortunados como yo —me atrevo a pensar—, pues a cada recodo del sendero hacía un nuevo y estupendo descubrimiento que me recompensaba en gran parte de las fatigas y privaciones a que me había sometido. Mis descubrimientos eran de dos clases aparentemente muy distintas: los que hacía en el mundo circundante y los que hacía en mí. Frecuentemente unos daban origen a los otros y más de una vez me encontré en crítica situación para definir si un hecho o concepto nevo o renovado, ocurría en el mundo o simplemente dentro en la profunda entraña de mí/mi ser (última frase escrita a mano).
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Coleccionista xxxxx
Dentro de las novedades inauditas y estupendas, xxxxx contaba el descubrimiento de que yo / era un personaje novelesco. Estó (Esto) se aclaró x (fin de la página 11)
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para mí, en uno de esos momentos de videncia. No supe de pronto cómo (acento a mano) tomar las cosas. No sabía si alegrarme por ello o entristecerme; quería alegrarme, pero lo hacía con algo de desconfianza. Pensaba que, siendo ficticios los personajes de la novela, yo por fuerza tenía que ser lo mismo, y yo no quería ser eso ni podía serlo, considerándome desde luego una muy real realidad. Luego me consolé pensando que al fin y al cabo, todos éramos personajes de novela y que posiblemente yo era uno de esos personajes centrales en aquel libro por entregas de la Vida que con mano no muy segura parecía escribir. El Padre Eterno con colaboración de Satán, al sistema de ciertos comediógrafos de actualidad contemporáneos.
Así arregladas las cosas, continué viviendo convencido de mi superioridad y dediqué toda mi atención a detallar xxxxxxxx en mis novelas novelas las vidas originales de algunos individuos reales o imaginarios que conocía y que tenía catalogados desde hacía algún tiempo en la categoría de protagonistas. Ello dió (dio) origen a una manía muy curiosa. El estudio de las vidas aisladas, xxxxxx (fantasías de la realidad y realidades de la fantasía) llegó a interesarme a tal punto que llegué vine a convertirme en una especie de coleccionista de almas. Con un placer filatélico, corría yo tras los hombres y mujeres que me parecían interesantes; / tanto en el mundo como en la mente (añadido a mano); urgaba (hurgaba) en las vidas ajenas, me hacía encontradizo con ciertas personas a las que trataba de encarrilar en terrenos de simpatía; forjaba personajes mentalmente (añadido a mano); en una palabra andaba siempre a caza de personalidades en el campo cinegético de las ideas. Pocas piezas de valor cobré en aquellos días y con seguridad ninguna de ellas me pareció tan espléndida como aquellas que la casualidad me deparara en momentos de despreocupación aún, mis andanzas pretéritas aún, la incomparable personalidad de mi vecino —de quién hablaré más adelante y quien ha surgido (escrita a mano) motivado este libro— llegó a mis manos de modo inesperado, siendo semejante comparable mi alegría y mi sorpresa, sólo a la que puede sentir el antólogo que rendido de correr entre el boscaje, se ha quedado dormido; y (fin de la página 12)
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despierto asustado por el runruneo de una abeja de siete colores que se ha quedado ensartada en el alfiler de su corbata, por descuido.
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Colaboración Almario
Viéndolo bien, xxxx no sólo no era yo un personaje de novela, sino por el contrario, un creador de personajes… ¿Creador? … ¡Quién sabe! Tal vez algo así como un archivero de almas, de seres nonnatos que dormían guardados en sus casillas esperando el momento de saltar al papel y cobrar vida casi real.
La misión de mi vida, así las cosas, era una misión sublime, la misión de crear. Yo, como Dios, me dedicaba a crear. Por lo menos ayudaba al Supremo Hacedor en la tarea de echar al mundo algunos de los seres pensantes de su cosecha. Llegué a cobrar por mí mismo una admiración y un respeto rayano en la adoración. Cuidé severamente de rodear mi vida con ambiente grato; ennoblecí mi voz con entonaciones más graves, dando consición (concisión) y aploma a mis palabras; puse atención en el perfecto ritmo de mis movimientos y ademanes expresivos; decoré mi frente con un ceño profundo de inteligencia superficial y depuré mis hábitos como correspondía al atalante de aquel semi-dios que en mí habitaba, y todo yo llegué a sentirme pleno de belleza y de poder como acaso se siente un cielo constelado o un almendro en flor.
Aquellas almas que yo atesoraba, tenían siempre algo de divino y algo de humano; y, cosa curiosa, cosa maravillante desconcertante, cosa estupenda que de divino tenían lo tomaba en mí; lo que de humano, de Dios. Dios aportaba en el trabajo , lo corriente, lo vulgar, lo lógico, lo que había puesto en mí por la experiencia, la parte que yo robaba a / seres hombres y mujeres hechos por él y como ya mismo vivían en el mundo real. Yo aportaba xx aquello que, siendo lógico, era no obstante indefinido, misterioso, (fin de la página 13)
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