CLARABOYA
A Lauri García Dueñas
Próximos a un aniversario más del natalicio del escritor, periodista y consumado pensador salvadoreño don Alberto Masferrer (24 de julio de 1868-27 de septiembre de 1932), he optado por volver no a su vasta producción como ensayista, sino a la única muestra novelística que nos legó durante su fecunda existencia. Esta es, “Una vida en el cine”, publicada por primera vez en San José, Costa Rica, bajo el auspicio de ese gran intelectual tico, don Joaquín García Monge (1881-1958), en 1922; reeditada luego en Guatemala en 1929; y después sucesivamente en El Salvador, desde 1948.
Hermosa es, desde luego, la publicación hecha por el Ministerio de Cultura, en 1955, cuya portada pertenece al gran artista guatemalteco Carlos Mérida (1891-1985) y que, reproducimos con esta nota.
No podía ser para menos, ya que la dirección de la Casa Editorial Nacional de esos años, estaba a cargo de Ricardo Trigueros de León (1917-1965), connotado editor y escritor nacional.
“Una vida en el cine” se presenta como la ficción que recoge el “diario íntimo de Michel Andreswsky”, un médico finlandés, que por asuntos laborales viene a El Salvador.
Una noche (19 de abril de 1912) conoce en una sala cinematográfica, a una joven y misteriosa dama (Julia) con quien entabla, una conversación, que se prolonga por varias sesiones, mientras trascurren los capítulos de la cinta “La Diosa”, cuyos protagonistas, Celestia y Tomás, se convierten en inspiración y aparente telón de fondo para este intercambio emocional, puesto que llegan a elevarse como difusos pero reales personajes, que acaso refractan los ocultos fantasmas de Julia y de Michel.
Julia cuenta su vida a Michel. Una vida signada por un asfixiante ambiente de machismo y opresión psicológica que se inicia desde su infancia, acentuándose con su matrimonio.
Junto a su marido emprenden un viaje de tres años por Europa, donde amén de continuar padeciendo la indiferencia y malos tratos de su esposo, conoce –dentro de un tren- a una sueca (Elsa Koller), quien, con su actitud de desenfado y alegría, le revela todo un modelo de feminidad, de libertad, muy lejos de su cultura.
Muchos detalles van y vienen en estos encuentros. Andreswky queda prendado por la salvadoreña. Al verse por última vez, ella le entrega una carta, que sólo deberá leer, al día siguiente, cuando él vaya rumbo a otro destino, muy lejos ya de El Salvador.
Luego otros elementos (que no referiremos para que el futuro lector sufra y goce), hacen su aparición en esta historia de profundidad social y psicológica.
Todo es narrado por un conocido de Enrique Holland, profesor de idiomas. Éste le entrega en París, el diario íntimo de su amigo, Michel Andrewsky, con la esperanza que el sujeto narrador, lo haga llegar a doña Julia de Stoffel, presuntamente residente en San Salvador.
“Una vida en el cine” sorprende por su modernidad, por su visión cosmopolita, cuando en el país, el regionalismo, el costumbrismo, dominaban ampliamente. Es, hasta la publicación de “Trenes” (1940) de Miguel Ángel Espino (otra rareza narrativa en nuestro medio), que la dimensión psicológica y de ambientación urbana tiene una línea de continuidad literaria, respecto a la novela de Masferrer. En esto, y hay que decirlo con toda claridad, Masferrer es un precursor.
Precursor, además, de un aspecto temático –tabú- en las letras nacionales: la condición de la mujer, como ser oprimido, anulado por una sociedad falocéntrica; donde ella sólo existe, en la medida que cumple su rol de madre, esposa e hija, obediente a los dictámenes del patriarcado.
Los diálogos entre la libérrima Elsa (la joven sueca) y Julia (la dama salvadoreña de viaje con su esposo en el tren) no pueden ser más reveladores. Veamos: “-Bueno, Elsa: quiero decir, si su marido no la hace vigilar en sus viajes, para que usted no cometa una falta… de recato… – ¿Lo hacen así los maridos de ustedes? -preguntó Elsa con sonrisa entre caritativa y burlona- Sí; padre, madre, hermanos, marido, todos cuidan de que uno no vaya nunca sola; si no hay una persona adulta que nos acompañe, aunque sea una chiquilla nos dan para que nos cuide. Es la costumbre. –Muy raro, ¿sabe Julia? Son todavía las viejas ideas españolas sobre la perfecta casada, y sobre que la mujer es naturalmente frágil y perversa. Creí que ya nadie pensaba así en nuestro tiempo. – ¿Y cómo piensan aquí en Europa? –Le diré, Julia, yo no conozco la Europa del Sur sino por referencias: como no quiero contarle nada de que no esté segura, sólo le diré cómo se piensa en mi país. En mi país la mujer, pasada la menor edad, es libre. –También entre nosotros, la ley nos otorga libertades a cierta edad. –Sí, pero no se trata de leyes sino de costumbres, de modos de pensar…”.
A pesar del breve tiempo del que ambas mujeres disponen para conversar, sus almas se desnudan. Elsa pregunta intrigada en un momento del viaje: “…antes explíqueme cómo y por qué las gentes que rodearon y dirigieron su adolescencia hicieron de usted lo que usted llama una mentira. No imagino que fueran todos unos perversos. –No, sino algo que tal vez era peor: eran esclavos. En mi familia y en el pueblo donde vivíamos, todos eran esclavos, esclavos en espíritu. El amo de todos, el señor absoluto, inconstante y estúpido, se llamaba qué dirán. A este qué dirán, se les sacrificaba, sin vacilar, corazones y cerebros, vocaciones y sentimientos. Cuanto de más sagrado, íntimo y fuerte hay en el ser; aquello, es uno mismo y sin lo cual uno se deforma, degenera y pervierte, era oprimido, estrujado y pulverizado en aras de ese dios impersonal e irresponsable, creado por la ignorancia, la rutina, la cobardía y la estulticia”.
Una novela de enorme actualidad, reveladora de un fenómeno social aún no superado, que ha convertido a las mujeres en seres de segunda categoría, pasando horrorosamente de largo, por toda su interioridad, sus aspiraciones, sueños y deseos. Volviendo sus cuerpos y espíritus, cotos de un celoso señor feudal, brutal y despiadado.
Andrewsky, el personaje-símbolo opuesto al macho tropical, dice tiernamente a Julia en uno de sus fugaces encuentros: “…la felicidad consiste en vivir una sola vida; en que la acción sea la cristalización espontánea del pensamiento; un hecho mismo en esencia, y sólo diverso en la forma: eso es lo único que puede llamarse felicidad, vida plena. Según el espíritu de cada uno, según la intensidad de su luz interior, esa unidad de vida producirá un héroe, un artista, un poeta, un santo, hasta un bandido, en ocasiones, pero todos ellos contentos, ninguno atormentado”.
Por otra parte, a lo largo de la novela se advierte una especial atmósfera, que emana de la visión teosófica que Masferrer evidenció como filosofía de vida, y que indudablemente, se trasluce en su obra: esa consideración de espiritualidad, de trascendencia, más allá de las contingencias materiales; pero no por ello, ajena a la deshumanización, a la miseria que imponen los sistemas económicos, sociales y políticos que convierten a las personas en objetos mercantiles o en autómatas embrutecidos por las ideologías que sustentan los regímenes de los falsos colectivismos. Realidades que Masferrer conoció en ese mundo anterior a la segunda guerra mundial.
“Una vida en el cine” es una novela también de amor, de un amor que se plantea y replantea en reflexivos diálogos, donde campea el dolor, la tragedia, pero también la esperanza.
Buscar y encontrar el amor, el amor de la vida -como nos han enseñado-resulta exitoso, quizás, para algunos; pero, posiblemente, no para los más. Probablemente el amor se conduce en varios carriles, no en un único e histórico carril vital.
A veces ocurre, y es la dicha, el milagro del cual debemos ser merecedores. Sin embargo, en muchas ocasiones, nunca damos con su paradero, es entonces, cuando las palabras del narrador desconocido nos llevan, de nuevo, a ese remolino misterioso, indescifrable, paradójico y personal que es el amor: “No se halla fácilmente a quien no quiere ser hallado”.
“Una vida en el cine”, es de corto formato, pero nos sumergirá en una bella y dramática historia de amor y de denuncia, leámosla, para crecer en letra y en espíritu, y para seguir disfrutando de las obras de don Alberto Masferrer.
Santa Tecla, 2015-2026.
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