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Adiós, Óscar

 

I

V

i de tus ojos precipitarse un río sangriento. Triturado por el dolor, el corazón no cesaba de endechar la nota sombría e (in)esperada de la Muerte. Válvulas abiertas lloraron el óbito de tu joven hermano; tus ojos acerados clavaron fuerte el ataúd en la fosa. Las lágrimas del cielo caídas en tu rostro  se fundieron con la lluvia de tus ojos. Deseaste irte con él, pero una mano bondadosa te detuvo. Sentiste la vida claudicar con el golpe duro y seco de las paladas de tierra sobre el féretro. Fue un golpe con mazo, fuerte y profundo que arrebató tu cordura. Soterrar  tu corazón aquella tarde triste de septiembre, junto a una criatura de dieciocho años  era injustificable e incomprensible. «Nadie pisa los senderos de Dios hasta que se muere.»

II

Colmó toda su vida de alucinaciones. No fue santa, miserable ni maldita, tampoco dañaba a nadie, sólo adulteraba su propio templo.

Cuenta la leyenda, que mínima era su edad cuando la pelota hechizó su corazón. También la leyenda dice, que el mejor fútbol del municipio lo parieron sus pies. Con el balón en  sus extremidades inferiores hacía magia y sabía engañar a jugadores habilidosos  en el balompié y a neófitos es esas lides. Aplicaba un baile exento de marrullería, pero el contrario no entendía por qué disfrutaba de tanta limpieza técnica ese deportista cuando la verdad, es que estaba siendo sometido a un juego de golpes y zancadillas.

Como dije: «Colmó toda su vida de alucinaciones.»

III

Angustia y lucidez corriendo el mismo río, desembocando en el mismo océano. ¿Por qué el Destino acierta en sus desatinos? ¿Será que el Destino se deslizó como pez de entre las manos de Dios y a su arbitrio aplica la justicia con el que nada debe? Gritaste como loca recién salida de una casa de reposo. Y qué si el dolor te golpeaba con fuerza: tenías que exorcizar, expulsar de tus entrañas a ese demonio maldito, inquilino temporal de tu cuerpo. Ya no aguantaste más la espina que punzaba e intentaste de nuevo lanzarte a la oquedad para abrir la tapa, sacudirlo de los hombros y decirle: «¡Despierta, Óscar, despierta, no te hagas el muerto, que esas bromas no se hacen!» Como siempre, unos brazos vigorosos sometieron  tu disminuida fuerza. Ya no se miraba el ataúd. Un concierto de llanto de familiares y amigos se oía entre el golpe seco y firme  de la tierra caída en el fondo.

Era imposible revivir al difunto. Tomaste una rosa blanca y la lanzaste dónde más de alguna vez viste el féretro: fue tu ofrenda. Luego como un  sueño, sobrevino el desmayo y hasta ahora, nada recuerdas.

Martes 08/05/2018, 11: 13 p.m.

Julio César Orellana Rivera

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