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Una vaca humeante en la cocina

Iván Larreynaga,

Escritor 

E

n el primer párrafo, el hombre está haciendo bolitas de papel con su dedo índice y pulgar. Lo vuelve a leer y “puaf”; le sigue sin gustar.

Coloca la bolita recién hecha en un cenicero limpio. Es la quinta que coloca. Tiene otro cenicero al lado, que parece un camposanto de colillas. Pero ése es porque fuma. También está el ordenador frente a él, con el primer párrafo (el único, en realidad); y la libreta de apuntes de donde está pellizcando papel para formar las bolitas. El primer y único párrafo es un bodrio, piensa el hombre.

No se ha dado cuenta, pero tiene una nube de moscas encima de su cabeza. O eso aparenta. Lo cierto es que esa nube desaparece cuando él se da cuenta de que tiene una mosca posada en la mano. La misma mano del primer párrafo. Cuando ve la mosca posada en su mano, deja de amasar la bolita de papel. Por extrañamiento. Piensa, ¿y esta mosca qué hace aquí? “¡Oh!”, suelta algo así como un quejido que seguro se le escucha mejor de lo que se lee. Porque lamenta de nuevo otra distracción en esta circunstancia vital, complicada. Lo de estar frente a un párrafo bodrio, pues.

Entonces, le pregunta educadamente ¿Por qué me estás jodiendo, mosca? Es que tu madre lleva muchas horas muerta en el salón, le contesta. ¡Puaf!, exclama el hombre al fin, porque le pareció que tenía que decir algo.

Deja la bolita recién hecha en el cenicero limpio. Deja el ordenador encendido con el primer párrafo (el bodrio) ahí. Y sale corriendo -pero en su interior- en busca de su madre. En mitad del pasillo, antes del salón, este hombre se detiene de golpe. ¿Qué te pasa, hombre? le pregunta la mosca. Pss, nada; contesta él. ¡Pues, entonces, ya sabes lo que tienes que hacer! ordena el díptero braquícero.

Y en lugar de seguir al salón en donde yace su madre, dobla a la derecha y busca la puerta de salida. Una vez fuera, camina un poco y toca la puerta de la vecina. Le abre Niurka. ¿Qué te pasa, vecino? Nada. Eso es lo que me pasa: nada; contesta. Bueno, está bien, entra que te voy a coger; le propone Niurka.

Una vez dentro, el caso es que cogen. Bueno, el juego consistió en que ella estuvo sentada en el sofá, junto a su marido, viendo el partido. El hombre del primer párrafo (bodrio) tuvo que mirarla fijamente, como para seducir. Y entonces, ella se ponía tan nerviosa que terminaba poniéndose (caliente). Y a escondidas, iban a coger a la cama matrimonial.

Eres muy bueno; termina diciéndole Niurka; tienes que creértelo. Y tú también estás buena, le dice el bodrio; mientras disimula no ver las risas de la mosca.

El caso es que, con todo y todo, el hombre se percata de que ha dicho “puaf” de nuevo. Y esto porque está, de nuevo, frente al ordenador; leyendo el primer párrafo. Sus dedos están a punto de rasgar papel de la libreta de apuntes. ¡Mierda!, he dicho “puaf”, se dice. Y recuerda a la mosca. Y la mosca le recuerda a su madre. Y su madre le recuerda a la muerte.

Sin detenerse llega hasta el salón. Y en el salón, llega hasta el sofá en donde está tendida su madre. Una vez ahí, echa a llorar, pero de tal manera que hasta la misma mosca siente vergüenza ajena. ¿Podrías dejar de hacer ese ruido?; le pide su madre. Gracias, ahora déjame descansar en paz, hijo. ¿Pero estás muerta o no, mamá? Estoy contemplando mi muerte; le contesta; mientras tanto, lo mejor es que continúes tu vida, mijo. ¡Pero no sé qué hacer, mamá, no sé cómo continuar! Solloza el hombre desconsoladamente. Pide auxilio. Llora hasta mojar la suela de sus zapatos y… (Omitido).

Pero el caso es que la mosca —si hubiera podido de la mano— lleva a este hombre a la cocina. Más bien lo arranca del salón y le lleva a la cocina. Y una vez ahí, éste no puede ni entrar. Está con la boca abierta y anonadado en el umbral de entrada. La ve allí, la contempla: hocico ancho, ojos grandes; en medio de toda la cocina: humeante, sempiterna, monumental y de lomo con manchas negras. Tan así que el hombre comprende el secreto de un párrafo único y bodrio. Sonríe hasta emborracharse y cae al suelo dormido.

Como todas las mañanas, al día siguiente se levanta temprano. Se sienta frente al ordenador y, ya en el primer párrafo, el hombre está haciendo bolitas de papel con su dedo índice y pulgar. Lo vuelve a leer y “puaf”; le sigue sin gustar.

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