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Cajas, costales y cenicentiando

 

Tania Primavera

Erase una vez, una señorita adulta y soltera, que vivía con su perra y su madre mayor. Trabajaba todo el día en un museo, toda la semana hasta sábado. Y tenia también que hacer el orden de la casa, el fin de semana. Había trabajo extra, porque cambiaron de lugar de vivienda en la urbe de San Salvador.

Cansada de limpiar el polvo, hizo fuego con su estoraque del árbol de bálsamo de San Julián, Sonsonate, que prendió y con el aroma ancestral, termino con toda la cara sucia y cenizas en su rostro. Se dijo, voz adentro:

Tengo en la casa un cuarto lleno de cosas. Llega el fin de semana y siempre digo que voy a continuar ordenando. Pero se me va el tiempo. Cenicentiando. Después de trabajar sábado hasta medio día, salir bajo el sol, caminar, encontrar el paso y los ojos del mendigo caminante que nadie ve, pero yo sí. O ver el gatito nuevo que vive en el comedor, que lo agarran a escobazos con lodo para entrarlo al salirse del portón. Llegar a la casa tipo dos pm.

Paulita anda en Florencia, Italia, muestra las esculturas y la ciudad. Otra gente, anda en los bosques de cafetales, muestran fotos del paisaje de la cordillera de Apaneca. Otros pasan en muestras de arte por la ciudad. Otros toman fotografías paseando por Suchitoto.

Entonces, llego, a la casa. Me quito los zapatos. Almuerzo algo. Revisar si Alice ha logrado regar las plantas. Ahora está entre ellas la escultura del dios del mar, copia de Saga. Las rosas ya no se dan en bollos de tres desde que me cambié de casa y seguí alquilando. Más cara, más pequeña la casa. Los ayotes no prosperaron, los zompopos van cargando en las noches sus tambaches para hacer su nido, sin lograr esquivarlos. El romero esta bien. Las orquídeas se adecuaron. La flor mariposa olorosa da sus gajos. La gata que no es mía se asoma de nuevo, el gato que no es mío se asoma también. Ya compré comida de gato.

Después del almuerzo de sábado, y de varias cosas que chequear, me da sueño, me quedo en el sofá revisando el diario, mi perra Lira siempre cerca. Y de repente, me quedo dormida. Ya no tuve tiempo para ordenar lo que aún no he desempacado desde julio pasado.

Las libreras en el corredor. Los libros y otras cosas que no me acuerdo mucho inundan ese cuarto que pasa cerrado. Las pinturas tampoco las he colgado, siguen guardadas.

Siempre digo, voy a avanzar, y sigo sin hacerlo. Porque se me va el tiempo limpiando, y digo, necesito un ayudante, un mozo para ordenar que me mueva esto o aquello, que chivo fuera, pero es un sueldo que no puedo pagar. El domingo, la rutina de limpiar, se van las horas. No me alcanza el tiempo. Cenicientiando.

Logré guardar otros que había sacado, estaban llenos de polvo, mejor así, mientras no pueda poner en pie las libreras. No sé cuándo, pero se pasan los meses, quizás no hay prisa.

Y así, las cajas y costales siguen ahí, esperando. Ahora, el amigo pintor R. Humano está presente en la casa, aunque murió ya hace dos años, está de visita con sus cajas plásticas que me envió su hermana, lo que quedó y yo guardé, para realizar un listado inventario, anoche me quedé hasta tarde revisando sus fotos, sentí sus pasos en Paris frente a lugar donde habitó Vincent Van Gogh de 1886 a 1888. Se viene la tarde, el ocaso, mientras, me inunda el cansancio, siguen mis cajas y costales, esperando en un cuarto lleno de cosas.

Y así, fue que procuró pensar que ordenaría, de todos modos toca, y así toca, y se quedó dormida toda sucia, hojeando y leyendo libros revueltos, de poesía de Claudia Lars o novelas de John Le Carré, y relatos de Marlon Meza Teni.

 

 

 

 

 

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