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Testimonios de Padre Tilo, tomados del libro Piezas para un retrato, por María López Vigil

TODOS LOS CHICHIPATES DE SAN MIGUEL sabían que él diario repartía limosnas, pero que también era amigo del orden y que no le gustaba la bulla. Hacían fila desde temprano.

-¿También hay para mí, padrecito?

-¿Y por qué no, mujer? Es ley que todo el que pide recibe.

-¡¿Hasta las brusquitas?! -chunguió un renco.

Hasta ellas. Las putas y los bolitos y un poco de mendigos ticuriches se afilaban a la orilla del muro de la iglesia, seguros de que a cada uno le iba a caer su peseta, la cuarta parte de un colón, porque el padre Romerito nunca les decía no y siempre andaba monedas en la bolsa de su sotanón negro. Y buscaban cómo estarse quietos en la fila, callados. Y recibían.

-Sean buenos -les reclamaba él cuando empezaba a deshacerse aquella ringlera de míseros.

-No le hace, padrecito, buenos o malos, ¡igual volvemos mañana!

Y al día siguiente volvían y se repetía la misma fila, crecida. Y a otros que llegaban después les tocaba almuerzo o cena o el hospedaje para la dormida. Y si aparecían campesinos les daba para el pasaje de regreso. Y también recogía borrachos en su convento. Y ancianitos y lustradores. Romero era tipo San Vicente de Paúl, el pobrerío andaba detrás de él. Claro que con su mentalidad: le sacaba limosna a los ricos para dársela a los pobres. Así a los pobres les alivianaba sus problemas y a los ricos su conciencia.

EMPEZARON LOS PLEITOS CON ÉL. Primero de todo, que el grupo de curas “rojos” agrupados en “la Nacional”, que estábamos coordinados ya desde antes de Medellín, escribimos una carta pública protestando por su nombramiento de obispo. Lo denunciamos abiertamente como un conservador, que trataba de frenar el carro de las renovaciones en la Iglesia. Lo encaramos.

Cuando nombraron Cardenal de Guatemala a aquel nefasto señor que se llamó Mario Casariego, ya habíamos tenido un fuerte tope con él. Contra Casariego hicimos un documento de rechazo, con el listado de las corrupciones que le conocíamos bien, y lo publicamos en los periódicos. Y Monseñor Romero, como secretario de la Conferencia Episcopal, agarró aquel pleito y nos desautorizó y nos condenó en cartas que se puso a escribirle a todo mundo. Fue una guerra de cartas en las que él defendía a capa y espada a Casariego con la ecuación de que apadrinar a aquel lépero era salvaguardar a la Iglesia.

Romero ya me tenía bien ubicado y bien coloreado cuando me salió un viaje a Colombia a conocer Radio Sutatenza, una experiencia de educación que entonces sonaba muy progresista y que después descubrí como un rollo más conservador que la naftalina. Estaba yo de novato preparando mi viaje cuando me encontré un día a Monseñor Romero en el arzobispado.

-Ah, qué bueno verlo, padre Sánchez, mire, aquí tiene, un regalo para su viaje.

Y me da un sobre. Lo tantée. Era dinero. Le di las gracias, me lo guardé y corrí a contárselo a mis amigos curas.

-¿Y qué pretenderá este señor? ¿Querrá comprarte?

-Cuando es grande la limosna, hasta el santo desconfía

-sentenció uno, de novelero.

-¡No exagerés, hombre, que ni yo soy santo ni tanta es la plata, pues!

Ya no recuerdo cuánto me dio, pero era suficiente para unos zapatos y un traje. Cura joven yo, cura pobre, en una parroquia donde se comía hambre, aquel pisto no me venía nada mal. Todos acordamos que se lo aceptara. Realmente, no lo creí muy sincero y no entendí aquel su gesto. Después ya le fui agarrando mejor la señal: era un guerrero ideológico, pero tenía buenas reglas.

-ME TENÉS QUE PONER ORDEN en Cáritas, Sánchez.

Yo iba todas las semanas a darle un informe a Monseñor Romero de cómo iban las cosas. Mejor dicho, iba a pelearme con él.

Pelea sobre todo cuando había tomas de tierras por alguna zona. Y siempre había. Toda la vida el problema de la tierra ha estado en el centro del conflicto salvadoreño. Yo apartaba plata y comida de Cáritas y se la mandaba a las comunidades que estaban en las tomas. Y Monseñor era pleito por eso.

-Sánchez, ya me di cuenta.

-¿Y de qué, pues, se dio cuenta?

-De que estás enviando donaciones de Cáritas a los de la toma de Chalatenango.

-Veo que tiene buena información.

-Pero sabés que eso yo no lo apruebo porque es parcializarse. Apoyás a una sola organización, la FECCAS-UTC, y bien sabés que es un grupo ilegal y que eso puede traernos problemas…

-Todo eso es verdad, pero como ellos lo necesitan, voy a seguirles mandando. Mientras tenga comida, a ellos no les faltará.

-Pero a nosotros no nos sobra. Deberías enviarle más, por ejemplo, al asilo Zárate.

-Ya les mando.

-¡Mandales más!

-No, porque al asilo lo pueden ayudar toda esa gente que da limosna por caridad. ¿Y a los de las tomas, quién? Si nosotros no les damos, los friegan. Usted como obispo tiene el deber de darles apoyo.

-¡Sánchez!!!

-Monseñor, esa gente no tiene tierras donde sembrar, tienen hambre y yo no les estoy mandando armas.

-Sánchez, vos sos pasión y no razón.

-Pero si me falta por decirle la mayor razón: darles a ellos es más educativo para nosotros mismos. Porque a esos pobrecitos que les damos un vasito de leche y una bolsita de harina, en el fondo los estamos maleducando. Pero a estos campesinos organizados, al revés. Su lucha nos educa a nosotros, ¡también a usted mismo!

-Ese pensamiento radical es el que me preocupa de vos, Sánchez.

-Está bien, no se fíe de mí. Compruebe usted cómo es esa gente, la madera que tiene. Venga, ¡vamos los dos a visitar la toma!

-No es mala idea, pero…

-¿Pero qué? No le tenga miedo a los campesinos, guárdese el miedo para los guardias.

-¡Vos a mí siempres me enruecás!

Pero nos íbamos a la toma. Y allí lo aprendían los campesinos con sus pláticas, con sus razones y con sus pasiones.

CON SEMEJANTE NOMBRE DE APOLINARIO, cualquiera esperaba encontrarse a un titán, a un hombrón. También lo esperó así Monseñor Romero. Y entonces aparecía aquel Polín, todo revirado, tisguacalado el hombre, tan poca cosa.

Se encontraban los dos, Monseñor y Polín, por primera vez, pero enseguida la plática salió rodando.

-Mirá, Apolinario, dicen que vos andás soliviantando campesinos y que hasta les hablás en contra de la Iglesia y en contra de mí. Y también me dicen que sos un hombre de fe… ¿Cómo explicás tú eso?

-Monseñor, yo explico mejor los problemas haciendo preguntas.

-Preguntá, pues.

-Respóndame, entonces primero de todo: ¿el señor arzobispo sabe cuánto nos pagan al pobretariado campesino por el jodido trabajo de todo un día?

-Pues no sé, realmente…

-¡Tres pesos, Monseñor! Andamos “ensalivando”, como usted dice, para que nos paguen ¡dos pesitos más! Vaya, Monseñor, dígame ¿qué haría usted con sólo tres pesos en la bolsa para todo un santo día? ¡Ni con los cinco! ¡Si el lavado de esa su sotana tal vez ya cuesta más! ¡Y ni eso ganamos nosotros penqueándonos en el corte de caña de sol a sol!

Monseñor lo miró de arriba a abajo todo lo flaco que era Polín.

-Pero, sigamos la entrevista, ¡que no se nos enfríe el atol! ¿Otra preguntita me permite usted? -siguió Polín, haciendo aspavientos con las manos.

-Echate otras preguntas, pues -le siguió el hilo Monseñor, ya riendo.

-Veamos, Monseñor, ¿usted cree en Dios?

-Pues sí, claro, yo creo en Dios.

-¿Y cree usted en el evangelio?

-También, sí. Creo en el evangelio.

-¡Empatamos, pues! Porque yo también creo en Dios y creo en el evangelio. Los dos decimos lo mismo, ¡pero es diferente! ¡Adivina, adivinanza por qué me duele la panza! ¡Adivine su excelencia dónde está la diferencia! -Polín alborotando y canturreando aquella jerigonza.

-Pues no sé, Polín, vos dirás -Monseñor se reía.

-Usted cree en el evangelio porque es su trabajo. Lo estudió, lo lee y lo predica. ¡Chamba de obispo tiene usted! Y yo… Yo casi ni sé leer ni le estudié al evangelio toda su “indiología”, pero creo en el evangelio. Usted cree por oficio, yo creo porque lo necesito. Porque ahí me dice que Dios no quiere que haya ricos y pobres ¡y yo soy pobre! ¡Ahí estuvo! ¿Ya me la agarró? La misma fe tenemos, pero en distinto guacal la andamos.

Monseñor lo miró de abajo a arriba, todo lo chispa que era Polín. Y de ahí hasta el final se hicieron los grandes amigos.

-¡VAMOS A HACER AQUÍ EL CAFETÍN! apareció diciendo un día.

Haciendo un cafetín en el arzobispado, la gente no llegaría allí sólo a resolver asuntos a la oficina, sino a encontrarse y a echarse sus platicadas. Por eso lo hizo. Arregló el lugar donde estaba la fotocopiadora, lo amplió por aquí y por allá, dio a hacer mesitas y para su cumpleaños lo inauguramos.

En aquel cafetín se armaron citas de toda clase y siempre menos frías que en las oficinas. Servían café, gaseosas, semitas, fresco, galletas, cosas así. Después de inaugurado el cafetín llegaba todavía más gente al arzobispado y más tiempo se quedaban. Monseñor Romero, que en otra época había sido estilo recoleto, andaba ya en otra onda.

También él daba sus pasaditas por el cafetín y se sentaba a conversar. Con un grupo de campesinos. O con nosotros.

-¿Por dónde andás ahora, Sánchez? -me decía-. Porque dice D’Aubuisson que estás huyendo de él vestido de mujer.

D’Aubuisson me acusaba de disfrazarme de señora para entrenar guerrilleros.

-¿Y usted se lo cree, Monseñor?

-Pues no sé cómo te verás vos de mujer. ¡Tan cholotón y con esas canillas peludas!

Era burlisto conmigo, siempre salía con sus gracejadas.

No le gustaba que anduviera mal vestido y nos llamaba la atención a cuenta de eso. El tenía en gran concepto la vestimenta sacerdotal. Esa era una de sus batallas conmigo. Yo, maña que tenía, llegaba al cafetín, a su oficina y a cualquier lugar con las botas enlodadas. Como montaba a caballo y siempre venía del campo, me le aparecía así, todo chuco.

-¿Y con esas botas no te van a descubrir por donde andás, Sánchez? ¡Vos mismo te delatás! -me decía.

Lo de la ropa le preocupaba. Cuando llegaba a nuestras reuniones de “curas subversivos”, le fregábamos.

-Bueno, Monseñor, todos nosotros aquí sin sotana, ¡y sólo usted no se decide!

-Es que a mí no me lucen los pantalones…

Logramos que se vistiera de clergyman algunas veces. Y no le digustó.

-No está mal, me siento más liviano.

-¡Pues ahora siéntase más joven y póngase una camisa de éstas!

-No, muchachos -a veces nos llamaba así-, eso sí no puedo. Tal vez sea el color. ¿Cómo voy a ponerme una camisa roja como ésa? No puedo. ¿Y yo con botas como Sánchez? No sabría andar. ¿Es que voy a tener que cambiar hasta en el caminado?

“ABAJO LA TIRA, VIVA LA REVOLUCIÓN”, “Con tanques y metrallas el pueblo no se calla”, “Venceremos”. Y aquella otra que apareció un día: “VEN, SEÑOR, QUE EL SOCIALISMO NO BASTA”.

Diario veíamos el poco de pintas en los muros de San Salvador, las calles cundidas del letrerío. A Monseñor Romero no le gustaba aquella pintadera de consignas y lo censuraba seguido.

Fue Polín el que le hizo cambiar el pensamiento:

-Explicame, pues, Apolinario -le pidió Monseñor- cómo entendés vos este desorden, a ver si me lo hacés comprender a mí.

-Mire, Monseñor, nosotros no tenemos periódico. ¿En qué edificio o en qué esquina tenemos chance para que nos dejen colocar un rótulo? En la radio, ¿cuánto cree que cobran por un anuncio? Y aunque tuvierámos el pisto, ¿nos pasarían nuestro anuncio? Entonces, ¿cómo lo resolvemos? Un par de compas agarra unos garrotillos y un corvo y se pone cuidando en la calle y otro par va y escribe el mensaje en un muro. Sólo si los cuilios nos miran, ¡tenemos que salir en carrera, pues! ¡Las pintas son comunicación, nos sirven para comunicarnos con nuestro pueblo! ¡Los muros son el periódico de los pobres! ¿Ya la va agarrando…?

La fue agarrando. Y así otras cosas. LLegó a empatar tanto con Polín que a veces le decía:

-Mira, Apolinario, en lugar de oración, hoy voy a platicar con vos.

Y pasaba su hora de oración hablando con Polín. La hora entera.

-MONSEÑOR, LO VAN A MATAR -le dijimos algunos-. Está bien, no acepte la seguridad que el gobierno le ofrece, pero al menos cuídese algo y tome las medidas de seguridad con las que caminan todos los dirigentes populares.

-¿Y cuáles serían esas medidas? -nos dijo poniendo curiosidad.

-Pues, por ejemplo, no haga nunca nada a las mismas horas fijas, varíe sus horarios, celebre sus misas a diferentes horas de las habituales, sólo en las iglesias grandes entre públicamente y nunca lo haga así en la capilla del hospitalito, que aquello es muy abierto y muy aislado, no maneje usted mismo su carro…

Le advertíamos. Pero luego venían otros curas a decirle otras cosas.

-Monseñor, no tenga cuidado, ellos nunca lo van a matar a usted, no tienen valor para hacer eso.

Le hablaban en nombre de “ellos”. Realmente, Monseñor Romero jamás tomó ninguna medida de seguridad, ni de las más elementales.

2. Carta de P. Tilo a Mons. Arturo Rivera Damas

Tomado de Carta a las Iglesias, Centro Pastoral de la UCA, Numero 22, 16 – 30 junio 1982

El Padre Rutilio Sánchez se ha ido al monte a trabajar como sacerdote en las zonas controladas por el FMLN. Con tal motivo ha escrito diversas cartas a sus “amigos cristianos y hombres de buena voluntad,” a la Conferencia Episcopal, al equipo externo de CONIP y a Monseñor Rivera. A esta redacción han llegado fotocopias de algunas de ellas. La que dirigió a Monseñor Rivera, la publicamos íntegramente.

Esta carta puede ser polémica; puede entusiasmar a unos y escandalizar a otros. La publicamos porque así lo desea P. Rutilio Sánchez y difícilmente encontrará cabida en otros medios de información. Pero la publicamos sobre todo para llamar la atención al inmenso y urgente problema que plantea la pastoral en las zonas liberadas. Hay allí muchos miles de cristianos con los mismos derechos – y mayores si se considera la penuria de sacerdotes – de ser atendidos cristianamente; hay allí también cristianos que han tomado una determinada opción política y a los que la Iglesia debe atender según la pastoral de acompañamiento de Monseñor Romero. Más allá de su opción política, lo que rezuma la carta es una conciencia sacerdotal que ha visto la exigencia y necesidad de trabajar con y por esos miles de cristianos.

Muy estimado y querido Monseñor Arturo Rivera Damas

Reciba un saludo filial.

Monseñor: Es primera vez que le escribe. Casi siempre mis problemas y peticiones se les he presentado personalmente, pero ahora las circunstancias me lo impiden y lo hago por medio de esta carta.

Después de nuestro último encuentro, volando de Madrid a Lisboa, en que hablamos tan bonito y tan fraternalmente, he reflexionado mucho sobre los temas que tocamos.

Uno de los temas fue la situación espiritual del pueblo salvadoreño. Llegamos a comparar el sufrimiento de los pobres campesinos y obreros a los sufrimientos de los israelitas en Egipto, frente a Faraón. Le decía que los salvadoreños en ese sentido tenían menos esperanzas, porque los israelitas soñaban con volver a su Tierra, y que los salvadoreños no tienen tierra o Patria más que la que les sirve de tumba y en la que no pueden vivir, y cuando salen a buscar refugio son tan mal tratados que su situación se vuelve doblemente trágica.

También recuerdo que hablamos de los esfuerzos de nuestro pueblo para liberarse de la opresión en que ha vivido desde la Colonia y que igual que las plagas de Egipto, nuestros Faraones se han reído, que han reprimido a sangre y fuego adornado esas muerte con promesas vanas que nunca se cumplieron; que fue tan grande la ingratitud del Faraón que Yahvé – Dios de los Ejércitos – se vio obligado a tomar El, por su propia mano, la ejecución de la Justicia, cuando mandó el Ángel Exterminador a cobrarla en los primogénitos de todo Egipto; que no podemos ser indiferentes hoy cuando el pueblo salvadoreño, que vive su Biblia – de Pasión y Muerte y Resurrección – y viendo esa ejemplar postura divina, ha decidido ejercer al Sagrado derecho de defenderse, y defender las futuras generaciones, de proteger a los ancianos impotentes y a los indefensos niños, incorporando el use de las armas, después de haber hecho todos los esfuerzos pacíficos posibles y de haber sufrido en carne propia más de siete plagas por cupla de los explotadores y gobernantes crueles, egoístas e irresponsables que hemos tenido en El Salvador.

Desde antes de ser sacerdote, toda mi juventud, la he dedicado al servicio de mis hermanos. Como campesino hijo de campesinos siento que el sacerdocio del cual Dios me honró sin merecerlo, no lo podría realizar sin el acompañamiento que hasta ahora he realizado. Los atentados – más de ocho contra mi vida – de los que me salvó la Comunidad y Feligreses, hacen que mi vida ya no me pertenezca, sino que le pertenezca a ese pueblo sufrido, pacífico, fraterno y trabajador.

Usted sabe como en los primeros meses de año 80, y especialmente después del asesinato del profeta salvadoreño Monseñor Oscar A. Romero, mi vida normal se volvió imposible, mis últimas cinco años de persecución se volvieron más terribles y culminaron con dos invasiones de los fatídicos “Boinas Negras” del Batallón de la Aviación, a la Casa Cural de San Martín. En esas invasiones se robaron todas mis pertenencias personales, golpearon, desaparecieron y asesinaron a mis hermanos catequistas y posteriormente mataron a 12 miembros del Consejo Parroquial.

Todo eso me llevó a hablar con Usted el 12 de mayo para pedirle protección. La única alternativa que me ofreció fue salir del país. Así fue como dejé mi patria un tiempo.

Recuerdo que, en esa ocasión, al pedir su bendición, le expuse que mi sacerdocio siempre lo dedicaría a la búsqueda de la liberación de mi pueblo; que no podía ser sacerdote sin sentir la obligación de entregarme, en el lugar donde viviera, al servicio de la paz y la libertad de los salvadoreños. Nunca olvidaré el gesto paternal que hizo al entregarme una carta de recomendación para que fuera aceptado como sacerdote en cualquier diócesis.

En México, me uní al Frente Democrático Revolucionario (FDR) de El Salvador. Nunca abandoné mi sacerdocio, y Dios me concedía la oportunidad de denunciar ante las naciones el genocidio, la injusticia, la represión contra los pobres trabajadores de mi pueblo.

Han pasado 18 meses, he peregrinado por Europa y América cumpliendo con esa misión comprometida y sacerdotal de anunciar la esperanza y la verdad de la revolución popular salvadoreña.

Ahora, querido Monseñor, creo que ha llegado el momento de avanzar en mi vida de compromiso. He tenido regalos bellos de Dios, y el mayor, servir a mi pueblo en medio de grandes sacrificios. En honor de tantos mártires tengo que hacer cada día más concreto ese amor a mis hermanos hombres y especialmente a los salvadoreños más pobres.

Creo en el sacerdocio, como signo de servicio eficaz en la comunidad. Creo en Jesús-Pueblo-Cristo, capaz de enseñarnos a transformar la sociedad de cruel en humana y llevarnos a la plenitud y como discípulo de Él, sin abandonar mi Sacramento y para hacerlo totalmente profético he decidido, con total desinterés de gloria humana, incardinarme nuevamente a las comunidades de El Salvador.

Yo sé que no podré tener una sede parroquial, pero sé que las necesidades sacramentales son urgentes. Desde el consuelo a los huérfanos y tristes, la comunión y confesión a los moribundos, el catecismo a gran cantidad de niños huérfanos; (en fin; esos valles y esas montañas llaman a compromiso y lucha de liberación …) así podré estar acompañando a esas ovejas, hoy sin pastores. Sus corazones y almas necesitan la fortaleza de la Cena del Señor, muchos niños han nacido y están sin bautizo … quiero estar allí. Una guerra no se gana sólo con tiros; es necesario el compromiso de todos los cristianos; trataré de cumplir lo que Pablo Apóstol dice: (así lo puse en mi estampa de ordenación) “El sacerdote es un hombre sacado de entre los hombres para servir a los hombres.”

Alfabetizaré, asistiré y curaré enfermos, transportaré heridos; esos ranchitos y esas cuevas serán los templos donde celebraremos la Eucaristía-Resurrección del Carpintero de Nazareth, hijo de José y María.

Quiero pedirle, igual que cuando salí del país, su bendición de pastor, padre responsable de esos hombres bautizados en nuestra Fe, para estar allí acompañándolos. Ellos necesitan la presencia de la Eucaristía y testimonio de fe.

La Iglesia de todos los tiempos ha creído que es un deber sacerdotal y profético estar presente en los lugares y momentos más críticos del pueblo y sólo se puede estar cristianamente cuando se vive una presencia “en justicia y fidelidad.” Y estoy plenamente convencido en conciencia que la justicia y la fidelidad está hoy con los combatientes del FMLN. En esta lucha de liberación está también el lugar del anuncio de la Buena Nueva … Por eso espero que esta decisión no pueda ser condenada por la Iglesia, por el Papa o por Ud. Voy buscando la oveja herida que se perdió en el monte.

Quiero pedirle que esta carta la lea en el Presbiterio de nuestra arquidiócesis, del cual soy parte, y les ruego que comprendan mi decisión. Es la decisión más serena y material que he hecho en mi vida; no se trata de ningún extremismo. Además, lo he consultado con mis hermanos y amigos, laicos y sacerdotes de nuestras comunidades que siguen viviendo la fe en tierras extrañas y en refugios. Para mí es un paso de nuevo compromiso dentro de la línea de mi vocación sacerdotal con lo cual no pretendo criticar a nadie. Sería negativo denigrar a la Iglesia de Cristo o renunciar a mi fe, mi sacerdocio o a la Eucaristía alegando anti-testimonios recibidos de hermanos sacerdotes u obispos.

Solamente pretendo tomar la cruz y seguir a Jesús en los barrancos, las lomas, las trincheras donde se vive el espíritu y la letra de las Bienaventuranzas creando las bases del Reino de Dios, un mundo donde haya pan para todos, vestido para los harapientos y donde podamos enterrar a nuestros muertos que no morirán ya antes de tiempo de hambre o de violencia y donde haya consuelo para los tristes y escuelas para el futuro.

Me despido como sacerdote, buscador de nuevas fidelidades evangélicas y como hermano responsable de todos los hombres … y diciéndoles con alegría “Hasta pronto.”

Que mi saludo y abrazo sean verdaderos.

José Rutilio Sánchez, Pbro.

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