Luis Armando González
Quizás la interrogante que sirve de título a estas líneas debería ser ¿tenemos las universidades que necesitamos?, pero el sentido del “querer” apunta no sólo a lo que el país necesita, sino a lo deseable, o a lo ideal, en el ámbito universitario. Y lo que aquí se anota puede aplicarse tanto a las universidades privadas como a la única la universidad pública del país. No se trata, por cierto, de un asunto de menor importancia: del tipo de universidades que se tenga depende el tipo (y calidad) de cultura intelectual y académica –científica, filosófica, literaria, artística y técnica— que se arraigue y rinda frutos en la sociedad.
Las naciones prósperas, científica y técnicamente avanzadas, civilizadas, democráticas y con bienestar para sus miembros lo son porque han fomentado y afianzado –lo hicieron desde finales del siglo XIX y a lo largo del siglo XX— unas instituciones universitarias autónomas, libres, bien financiadas, sin injerencias estatales arbitrarias y con las condiciones para que los estudiantes –los futuros científicos, técnicos, filósofos, gestores empresariales, abogados, médicos y profesionales universitarios en general— puedan dedicar el tiempo suficiente para obtener una educación de alto nivel. O sea, las universidades son, en esas naciones, un pilar estratégico del desarrollo cultural, social, económico y político. De ahí el cuido y protección de los que son objeto; y de ahí el rechazo social ante los intentos de someterlas por parte de alguno que otro gobierno díscolo.
Y, en El Salvador, ¿son nuestras universidades un pilar estratégico para el desarrollo cultural, social, económico y político del país? En la respuesta a esta pregunta se puede ser condescendiente y decir que sí lo son. El asunto es que si observan con detenimiento las decisiones estratégicas que se toman en el país –incluso en materia educativa— se verá que ese sí no es muy realista. Lo cual no quiere decir que las universidades no estén aportando a la sociedad profesionales que de una u otra manera –cuando tienen suerte— se integran al mercado laboral y desde ahí contribuyen al funcionamiento de la economía o la política. Claro está que no basta con constatar y aceptar resignadamente esta situación.
Hay que detenerse con serenidad y realismo en las variadas causas que están impidiendo que, en la actualidad, las universidades no desempeñen el papel estratégico que les corresponde en el desarrollo cultural y social –también económico y político— del país. Causas externas y causas internas; causas estructurales y causas coyunturales. Es decir, debemos atrevernos a examinar a fondo a nuestras universidades, haciendo a un lado la creencia —ciertamente injustificada— de que lo que existe es lo mejor que se puede tener en lo científico, lo técnico, lo filosófico o lo literario. La autocomplacencia no es la mejor fórmula para hacerse cargo y plantarle cara a las propias fallas y debilidades. Si se asume, de partida, que son lo mejor de lo mejor y ejemplo para el mundo, se estarán lejos de hacerse cargo de su situación real y de los problemas que las aquejan. Tampoco es sano que se siga prestando atención a “modelos universitarios” que distan mucho de ser lo que El Salvador necesita de sus universidades; o que se siga prestando atención a quienes, por los motivos que sea, refuerzan la autocomplacencia, sin atreverse a realizar el más leve cuestionamiento a asuntos que lo merecen.
Por supuesto que a nadie le gusta mirarse en un espejo en busca de su peor lado. Pero si no se lo ve bien no habrá otra manera de conocerse a sí mismo de forma integral. Y si ese “peor lado” es el que marca las pautas de lo que somos, cuanto más necesario se hace prestarle la debida atención. Así, aplicado este criterio a nuestras universidades, debemos perder el miedo a verlas como son, en realidad, actualmente; sin complacencias y no por un mero afán masoquista, sino teniendo en la mira un propósito mayor: trabajar porque sean las universidades que queremos y necesitamos.
Si después de un concienzudo examen de cómo son, en realidad, nuestras universidades aceptamos estar satisfechos con lo que se tiene, no hay problema: esas son las universidades que queremos, aunque no sean las que el país necesita o las deseables como un ideal. Pero si después de ese examen, no estamos satisfechos con lo que hay, entonces deberíamos entrar en una interesante dinámica: reflexionar, meditar, debatir y diseñar las universidades que queremos y necesitamos como sociedad. Y digo “deberíamos” porque si hay algo que atañe a la sociedad en su conjunto son sus universidades, en especial su universidad pública. Por cierto, una tragedia cultural para El Salvador es que su gente no se ha apropiado del valor e importancia de ésta, lo cual se traduce en una indiferencia colectiva por su suerte, problemas y destino.
Soy optimista, y pienso que si se aborda con realismo y honestidad la situación actual de nuestras universidades –examinando los factores causales que explican sus variados problemas— el resultado será aceptar que no tenemos las universidades que queremos (que necesitamos y que nos merecemos); y ello nos permitirá pensar, debatir y reflexionar sobre las universidades que sí queremos. Y vaya que esto sí que es urgente, pues el país no puede seguir más a la deriva en materia de cultura intelectual de alto nivel, que es precisamente algo que sólo las universidades aportan a la sociedad.
A El Salvador le urge tener a sus universidades ofreciendo, sin límites de tiempo ni horarios de oficina, espacios para el cultivo del conocimiento y la investigación científica, para el cultivo de la filosofía y el arte, para el fomento de civilidad. Con unos docentes y unos estudiantes conscientes de que lo suyo es el conocimiento y la investigación del mayor nivel, y de que para ello necesitan dedicar mucho tiempo –todo el que sea necesario— para enseñar y para aprender. Se trata de reencontrar el camino que se seguía –por parte de la UCA y la UES— en la década de los años setenta del siglo XX, no para seguirlo mecánicamente, sino para aprender las mejores lecciones de esa década emblemáticas para la cultura intelectual salvadoreña.
Desde mi punto de vista, las universidades que quiero deben de dejar a un lado la apuesta con lo virtual, deben abrir su campus para actividades académicas presenciales en las noches y durante los fines de semana. Debe facilitar a quienes trabajan las condiciones para que reciban la mejor educación posible, y a quienes no trabajan exigirles un rendimiento máximo. En fin, debe hacer todo porque los alumnos y los docentes hagan vida universitaria en los campus y fuera de ellos, investigando los problemas reales de la sociedad. ¿Utopía aberrante? Para nada: esto ya se hizo y fue lo que hizo de la UCA y la UES un referente para la cultura intelectual salvadoreña. Hay que retomar el camino y caminarlo junto a los quieran hacerlo.
En fin, y pensándolo bien, un punto de arranque puede ser propiciar un debate y reflexión –debate y reflexión en el que los universitarios deben ser protagonistas— sobre el tipo de universidad que se quiere y se necesita para El Salvador en este nuevo siglo tan lleno de desafíos y problemas para la sociedad. Luego se podría cotejar la universidad deseable y necesaria con la universidad realmente existente, para llevar adelante las acciones de corrección, ajuste, mejor o transformación que permitan que esta última se acerque a aquélla. Identificar y reconocer fallas en las universidades realmente existentes no significa legitimar cualquier acción o intervención destructiva en ellas, usando como pretexto esas fallas. Al contrario, no se tienen que aceptar acciones o injerencias destructivas –privadas, o estatales gubernamentales— en las universidades pues, aunque se las presente como “el remedio”, su daño –si se traduce en una anulación de la institucionalidad y la vida universitarias— sería de incalculables consecuencias para la cultura intelectual del país.
San Salvador, 13 de mayo de 2026
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