Luis Arnoldo Colato Hernández
Educador
¿Has notado cómo nuestros jóvenes son cada vez menos empáticos, más apáticos, más reaccionarios?
Cuando la pandemia impuso aquella pausa de meses en lo laboral, lo académico y lo social, muchos supusimos que como sociedad no solo nos recuperaríamos, resurgiríamos renovados y fortalecidos en términos morales y éticos, lo que por ejemplo para nuestro país supondría el abandono de las recetas duras neoliberales, que facilitó las condiciones que garantizaron nuestra incapacidad para generar la apropiada respuesta, que costo los 440,000 decesos salvadores que estima la OMS implicó esa negligencia estructural, y que en cambio no supuso ningún reseteo del orden neoliberal, pero sí la mayor transferencia de bienes y riqueza para las élites financieras y tecnológicas desde los sectores populares, que sufrieron además el más acusado y acelerado proceso de depauperación, que Naomi Klein define como la nueva doctrina del shock libertario.
Que no es más que la vieja regla, “…el mal ajeno es solo otra oportunidad de enriquecernos”.
Porque el escenario que devino del terror a la pandemia les generó las condiciones ideales a dichos sectores para pactar la privatización de su gestión, que por ejemplo supuso la muerte por negligencia en su atención en Europa, de hasta medio millón de ancianos en las residencias para ancianos, entre los 44 países de la UE, porque perdieron aquellos 8 valiosos meses cimbrados en aquella parodia de disputa en Bruselas, para definir quién pagaría qué.
Y que alguno supone fue en realidad la oportunidad ideal para llevar a la práctica las tesis de Chrisine Lagarde, que alega desde hace mucho: “…los ancianos viven mucho y cuestan más”.
Todo esto degeneró en el mayor auge de la inflación, como por extensión la mayor precariedad asfixiante de la historia, que niega, por ejemplo, formación, ahorros, empleo, o acceso a vivienda propia para las generaciones más jóvenes, lo que los abandona de hecho a la saga, derivando en un trauma colectivo que, por no ser admitido, no ha sido abordado, careciendo de los visos para ser superado.
Porque el sistema nos impuso una reinserción incondicionada, sin trámite, y más consumo, el mayor posible, que conforma una tácita ruina económica no admitida transformada en una olla de presión que amenaza implosionar, degenerando entre, precisamente los más vulnerables y dóciles, los jóvenes, esa frustración reprimida que ahora expresan en forma de alineación crasa con lo individual.
La individualidad no es el problema, porque no se trata del desconocer los personalismos, nada de eso, sino la incapacidad que supone entender al otro, al diferente, del menosprecio al anciano, al débil, a la mujer, al infante, y el peligroso acercamiento que en masa tienen con lo ultra, con el libertarismo y su ala más militante, el racismo.
Así, lo más radical de la ortodoxia de derechas los instrumentaliza, con promesas de riqueza rápida y aceptación, lo que abrazan sin más.
Porque en su simpleza suponen algo muy elemental: el enriquecimiento lo es todo.
Piénsalo, si eso se impone, que nos espera.
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