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Setenta años de memorias en El Salvador: 14 de diciembre de 1948

Dr. Víctor M. Valle

El 14 de diciembre de 2018 se cumplen 70 años de una asonada militar en El Salvador. Sobre ese hecho guardo nítidos lejanos recuerdos, que fueron el comienzo consciente de una acumulación que he vivido por siete décadas.

Fui un niño de la segunda guerra. Los juguetes de entonces eran burdos objetos –camioncitos y muñecas “chintas de palo”- hechos de madera por los reos condenados. Todavía la hipocresía suavizante no les decía privados de libertad.

Mi padre, hábil artesano de la madera, me hizo de cedro y en madera sólida, un tanque, un avión, una escuadra y un revólver. Eran excelentes imitaciones y causaban envidia en los niños del barrio. A mis cuatro años cantaba “Titina fue a la guerra, montada en una perra”, “Hirohíto está llorando porque ya cayó Japón”. “Pin Pin cayó Berlín”, Pon Pon, cayó Japón.”

Habiendo nacido a mediados de 1941, de vez en cuando se me aparecen, como figuras que salen de nubes, algunas escenas anteriores a este 14 de diciembre de 1948, como la de un borracho que, a mis 4 años, me agredió en el Parque Daniel Hernández, de Santa Tecla, porque yo vestía un trajecito rojo y blanco, los colores del entonces candidato progresista Dr. Arturo Romero, un médico noble y valiente –como el gallo rojo de la famosa canción de la República española- que fue la figura civil prominente del alzamiento contra el dictador Hernández Martínez. El Hombre Símbolo de la Revolución, le decían…pero nunca llegó a ser presidente, antes bien le dejaron una cicatriz en la cara por un machetazo represor que conservó hasta el fin de sus días en un espantoso accidente, en Honduras, donde murió, con su esposa y un grupo de ballet de Costa Rica, en 1965.

Ese 14 de diciembre de 1948 se supo en mi barrio, a media tarde, que había habido un “golpe de estado”, como oí decir a mi padre, y que el nuevo presidente era Don Manuel.

El rumor tuvo visos de verdad cuando vimos que apostaron unos soldados con armas largas para cuidar las cercanías donde habitaba Don Manuel, en una casita cerca del cruce de la Avenida San Martín y la Cuarta Calle Poniente, de Santa Tecla. Vi llegar un solado descalzo. Todavía había. Y un sargento de mala cara dando órdenes de disparar a todo el que “asome la nariz después de las 7 de la noche”

Don Manuel, vecino de mi casa en Santa Tecla, era el teniente-coronel Manuel de Jesús Córdova quien, a raíz de ese movimiento militar, formaría parte del Consejo de Gobierno Revolucionario, como se le llamó al gobierno colegiado, que tomó el mando después de que el general Salvador Castaneda Castro, apodado “la mica polveada”, fue derrocado ese 14 de diciembre por jefes militares que no pasaban de los 40 años de edad. Los generales en el gobierno, -todos ellos herederos del dictador Hernández Martínez- fueron defenestrados y algunos de ellos enviados a prisión mientras los enjuiciaba un tribunal de probidad.

El Consejo de Gobierno estaba integrado por el citado teniente-coronel Córdoba, el mayor Óscar Bolaños, el mayor Óscar Osorio, el doctor Humberto Costa y el doctor infieri Reynaldo Galindo Pohl, los dos últimos, abogados.

El hecho de que un vecino, a quien le decíamos Don Manuel y que paseaba a pie enfrente de mi casa después de cena, con su esposa Maruca Castellanos, fuera el presidente, me causaba una gran impresión y en mi infantil cabeza de 7 años vibraban palabras desconocidas como golpe de estado, probidad, asonada, dictadura, rebelión, revolución…Quizá eso me hizo optar por la política como una actividad central en mi vida.

Don Manuel era el padre del abogado Manuel Córdova Castellanos, que fue fiscal general en tiempos del presidente Calderón Sol, y en el 2007 murió asesinado por unos delincuentes.

Los golpistas llamados a sí mismos “La Revolución del 48”, establecieron un modelo de poder político, parte de la cadena de gobiernos militares, que coludidos con las familias pudientes de El Salvador y leales con los gobiernos de Estados Unidos de América, gobernaron desde 1931 hasta octubre de 1960, cuando el teniente coronel José María Lemus, fue derrocado por otra asonada cívico-militar.

Entre 1960 y 1979 la dictadura continuó y tuvo otros reajustes. Entre 1980 y 1992 fue la guerra civil. Desde 1992, gracias a un Acuerdo de Paz ejemplar, impulsado principalmente por la izquierda, se brega, aún con dificultades, por construir democracia plena: política, económica y social.

Lo que vino después de ese “golpe de estado” es historia conocida y ya ha sido analizado abundantemente por historiadores, periodistas, políticos e intelectuales diversos.

La Revolución del 48 hacia cosas vistosas. La figura más notable fue el después teniente coronel Oscar Osorio quien fue el hombre fuerte del régimen de facto de 1848-1950 y fue presidente “constitucional” como le decían aunque haya sido resultado de fraude y represión, de 1950 a 1956.

Resultado de esos gobiernos fue el partido oficial Partido Revolucionario de Unificación Democrática, (PRUD) formado en los moldes del partido mexicano Partido Revolucionario Institucional – PRI, que desde esos tiempos se hizo revolucionario pero institucional y ya no Partido de la Revolución Mexicana, como se llamó en tiempos del general Lázaro Cárdenas, gobernante muy querido por las izquierdas.

Osorio estuvo exiliado en México. Allá estaba cuando se dio el golpe del 14 de diciembre y de allá vino directamente a ser parte del Consejo de Gobierno.

Osorio, a las pocas semanas del golpe, maniobró para sacar de la jugada el teniente-coronel Córdoba y lo mandó como agregado militar a Estados Unidos y al Mayor Humberto P Villalta, prestigioso militar, lo envió como agregado militar a México.

El mayor Villalta murió en México, pocos años después, en un accidente de tránsito, junto a un militar de la Agregaduría de Defensa de la Unión Soviética en México.

Mi padre admiraba al mayor Villalta, decía él que por ser valiente y honrado. Fabio Castillo Figueroa, en una de las pocas veces que hablaba de sí mismo me contó que en su juventud, él y el mayor Villalta, como joven militar, habían conspirado juntos, presumo que contra el dictador Hernández Martínez.

Los gobiernos del PRUD dejaron huella: fueron modernizantes y contaban con recursos pues los precios del café estaban altos. Crearon la Constitución de 1950, el Seguro Social, construyeron casas baratas, “tipo empleado y tipo obrero”, para no olvidarse de la condición clasista, abrieron centros recreacionales llamados obreros pero principalmente gozados por allegados al gobierno. Y los primeros de mayo los celebraban con bailarinas semidesnudas, traídas de la Cuba pre-revolucionaria, que actuaban en la Plaza Barrios para entretenimiento “de las masas”.

El gobierno salido del golpe tenía un lema: La Revolución Cumple”. Por esos mismos días habían unas píldoras muy conocidas para resolver problemas intestinales, las píldoras del Dr. Ross, que al tomarse provocaban rápidamente urgentes y abundantes evacuaciones.

Los estudiantes universitarios, en sus publicaciones críticas e irreverentes, al lema de La Revolución Cumple, le agregaban “y las píldoras del Dr. Ross también”. Mi padre, cuando leía la ocurrencia en “Opinión Estudiantil”, celebraba el chascarrillo, y decía que la revolución del 48 y las píldoras del Dr. Ross causaban el mismo efecto.

Setenta años antes de 1948 era 1878, en tiempos cuando las tierras comunales y los ejidos eran entregados a los incipientes cafetaleros. Y así se fraguó el “deschongue” que vivimos en la actualidad.

Quiere decir que en 1948 había casi octogenarios, como yo en la actualidad, que se acordaban de su niñez y de los agitados días de fines del siglo XIX en El Salvador, cuando, al decir de la académica Patricia Alvarenga, se estaba configurando, en El Salvador, la violencia como ética del poder; pero eso ya es otra historia.

Es bueno recordar con nitidez. A mí me reconforta saber que tengo capacidad de recordar y posibilidad de compartir mis recuerdos.

Debe tomarse nota de lo que ha pasado en El Salvador en los últimos 70 ó 140 años y aceptar que lo que vivimos ahora es culminación de un largo proceso. Transformar al país necesita tiempo, coraje, dedicación, trabajo arduo, visión estratégica, altura de mira y, sobre todo, honradez y sencillez.

Ojalá, dentro de 70 años haya personas de El Salvador que actualmente tienen 7 años y que en el fin de su tránsito por esta vida, vivan en un país educado, desarrollado y en convivencia armoniosa, como el que hemos anhelado y por el que muchos han luchado, y muchos han caído. Es importante votar el 3 de febrero próximo y no equivocarse. Los cambios emprendidos desde los Acuerdos de Paz deben continuar y consolidarse. Así, en el 2021 mis 80 años los celebraría muy alegre y sin que la esperanza se haya evaporado. Queridos compatriotas: estamos agobiados por los asesinatos cotidianos aunque están a la baja; pero, por favor, no asesinemos la esperanza.

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