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lunes , 16 octubre 2017
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SANGRE EN EL ASFALTO Del libro «Memoria por Encargo» de Mario Pleitez (salvadoreño)

SANGRE EN EL ASFALTO Del libro «Memoria por Encargo» de Mario Pleitez (salvadoreño)

«morir no justifica que al final se haga justicia
sólo la vida es un libro perfecto de poesía»

Mis horas de sueño eran limitadas, dos o tres horas, no había para más. Ser universitario de aquella época, implicaba esforzarse al máximo, meterse en los libros, hacer los cincuenta ejercicios de cálculo infinitesimal para presentarlos cada quince días, resolver otros tantos ejercicios de física IV, preparar la guía de laboratorio de química inorgánica para la clase del martes, resolver los problemas de Balance y Energía, preparar el ensayo de Economía, en fin, siempre estaba rezagado con el trabajo de rutina de un estudiante universitario de aquellos tiempos.

Tenía que mantener mi beca para terminar los estudios, yo no podría comprarme los libros por mí mismo, eran caros, no importaba si comía salteado. Algunas veces, a la hora del almuerzo, cortaba hojas de jocote y me las comía con sal, ese palito que estaba cerca de la Facultad era testigo de que me saciaba el hambre, al menos me la simulaba. Muy extraño porque a la par había un palito de mangos verdes que también de vez en cuando, apedreábamos para combinar el almuerzo verde que nos tocaba, algunas veces acompañado de un vaso de café ralo que me vendían en la cafetería, no alcanzaba para más y si le agregamos el desvelo, entonces, siempre estaba medio zombiverde.

Los parlantes de la ciudad universitaria se escuchaban desde muy temprano. Invitaban a la manifestación de la tarde de finales de julio de 1975. Era para protestar por el eterno problema del recorte del presupuesto universitario, del cual dependía seguir recibiendo mi beca. Es decir, no era solo cuestión de mantener buenas notas y desvelarse de lunes a domingo, sino que además, no me fueran a cortar la ayuda por falta del presupuesto.

La biblioteca estaba solitaria, unos cuantos estudiantes la consultábamos, yo por necesidad de avanzar con mis tareas y asistir a la manifestación por la tarde. Aunque a decir verdad, estaba encachimbado cuando por una de las ventanas vi al «mico» y al «chino» mis compañeros de equipo de trabajo que no habían asistido a la cita de estudio porque estaban entusiasmados pintando pancartas y carteles cerca de la sociedad de estudiantes.

En eso estaba cuando se me acercó Reynaldo, otro compañero de la carrera y me dijo: «¡puta con vos, nosotros jodiéndonos para hacer conciencia con los maricones de la Facultad y vos empilado con tus tareas, ve que vergón, que no sabés que están suspendidas todas las actividades de clases hasta nuevo aviso, hasta el profe «Jocotón» nos está ayudando con las pancartas y vos aquí!» Achís, no me jodás, le contesté, el ingeniero a la hora de los vergazos, si no le llevás todos los ejercicios terminados siempre te jode, además, a mí me dejaron los problemas más difíciles. Mejor me venís a ayudar y no querrás que te vayamos a poner en el trabajo solo porque sos de la Sociedad de Estudiantes.

En el fondo, sabía que tenía razón, Reynaldo era buen estudiante, también becario, estaba en la Sociedad de Estudiantes, tenía novia, y una calidad humana muy especial, además yo sabía que él, se había levantado desde muy temprano para preparar lo de la manifestación y si era cierto que las actividades de clase habían sido suspendidas hasta nuevo aviso, con razón casi no había estudiantes en la biblioteca, quizás lo habían anunciado por los parlantes y yo por estar queriendo resolver el problema veintisiete de la guía no me había enterado.
«Qué triste, se oye la lluvia, en los techos de cartón…», la canción de los Guaraguao me sonó fuerte en los oídos y suspendí los ejercicios de cálculo infinitesimal, tan alejados de aquella letra que resonaba en mi conciencia. Por la ventana, vi a la Noemí, la novia del Reynaldo, cargando tres botes de pintura, era una hormiguita la chera, no sólo por lo chiquindorria, sino porque no le hacía cara fea al trabajo estudiantil, ella era originaria de un pueblo vecino a Cojutepeque y estudiaba Química y Farmacia, al Reynaldo casi no lo veía, por lo de los estudios y las reuniones en la asociación, cuando se asomaba por la Facultad, el «garrapata», la llevaba hasta el último rincón donde se refugiaba Reynaldo para estudiar en solitario.

En ese momento me detuve para ver el enorme títere del Tío Sam que habían hecho los estudiantes de Humanidades, yo había visto por la noche cuando empezaban a hacerlo, por lo menos eran unos veinticinco estudiantes los que estaban trabajando con ahínco.

Todo aquel movimiento de la muchedumbre, era por demás, contagioso. Unos por aquí y allá, llevando, trayendo, empujando, con entusiasmo de jóvenes concientes. Si no fuera por los problemas pendejos que hay que entregar mañana, también me hubiera integrado. Ahora entiendo cuál era el plan de mis compañeros de que fuera precisamente yo el que prestara este libro pendejo, claro, querían engancharme mientras ellos estaban cantando, jodiendo y tomando café gratis, son unos vivianes pensé.

El tiempo había volado, el timbre que provenía del mostrador de biblioteca indicaba que iban a cerrar dentro de diez minutos. Qué raro, me dije, si nunca han cerrado a esta hora. Pero don Toño, el bibliotecario me dijo: ¿y usté que no va a ir a la manifestación? Nosotros para allá vamos, nos han dado la tarde libre, tome, lea el boletín.

Lo tomé y me enteré que la Guardia Nacional había entrado por la fuerza en el Centro Universitario de Occidente en donde yo había iniciado mis estudios universitarios. Boicotearon los preparativos para el desfile bufo, una tradición que se hacía con motivo de las fiestas patronales de la ciudad occidental, en medio del humor, ingeniosamente, reflejaban la realidad social que como estudiantes correspondía hacer en ese momento y los que se ríen del gobierno por la famosa frase de «ayudar a los más pobres de los pobres», con ese evento decían: «son más pobres los que se lo creen». Los de la Guardia Nacional saquearon la Administración, capturaron y torturaron estudiantes.

Eso terminó de encachimbarme, ¡son unos esbirros y cobardes!, murmuré, violar la autonomía universitaria y recortar el presupuesto, esto es el colmo. Sentí cólera y un calor por todo el cuerpo por la indignación que aquello me causaba.

Afuera de la biblioteca, en pleno mediodía y un sol calcinante, cientos de estudiantes, obreros y campesinos en improvisadas carpas, compartían un humeante sopón, arroz, tamales, refresco de tamarindo, semita alta, café y muchas cosas más, otros cantaban y bailaban como en un ritual y por todos los alrededores se percibía una hermandad y solidaridad como nunca antes se había experimentado adentro del campus.

Allí me junté con el «chino» y el «mico» que ni siquiera se preocuparon por preguntarme sobre la guía de trabajo y yo también evadí el tema. Hicimos un recorrido para mirar la variedad de pancartas y carteles, diseñados con leyendas y caricaturas irónicas en alusión al gobierno militar recién instalado a través del fraude electoral, además, había denuncias comentando sobre los pormenores del asalto al Centro Universitario y al recorte del presupuesto universitario.

Los dirigentes estudiantiles, comandados por Carlos Humberto el «bigotíbiris», probaban cada uno de los megáfonos y la consola del sonido principal, mientras Fonseca, Aldana y Guillermina, preparaban los volantes que serían repartidos en la calle para denunciar los atropellos. Cada vez llegaba más gente al punto de salida.

«Cacho», un estudiante de Ingeniería, nos encargó una manta para cubrir los parlantes, mientras él iba a cargar unos garrafones con agua. Yo no me desprendía del libro color naranja con letras doradas en que se leía claramente: «Ecuaciones en diferencias finitas» de S Goldberg que me habían prestado en la biblioteca. Mientras esperábamos a la sombra del palito de jocote, cerca de la plaza principal, veíamos llegar a las delegaciones de estudiantes de secundaria y sindicatos de obreros que se sumarían a la marcha.

Al filo de las dos y treinta y después de haber entregado la manta al «Cacho», los megáfonos hacían el llamado para ordenar las filas e iniciar la marcha. En medio del tumulto de gentes perdí de vista a mis compañeros y Reynaldo de la mano de su Noemí pasaron a mi lado haciéndome de señas que me incorporara junto al coro de: ¡pueblo únete, pueblo únete…!

Era imposible, dejar pasar la oportunidad de manifestar el repudio por los atropellos del gobierno hacia el sector estudiantil y el recorte presupuestario. Cuando me incorporé en una de las filas ya iban adelante cinco cuadras ordenadas de manifestantes.

Una avioneta sobrevolaba el recorrido de la manifestación y al unísono coreábamos: «¡pueblo únete, pueblo únete…!». Levantábamos nuestro puño izquierdo y nuestros libros y en contraste al motor de la avioneta contestábamos: ¡muerte a la tira y a la tiranía, muerte a la tira y a la tiranía…!. ¡gorilas hijosdeputa, los estudiantes somos vergones, gorilas hijosdeputa, los estudiantes somos vergones…! Cubríamos cinco filas ordenadas todo el ancho de la veinticinco avenida y cuando pasábamos por el Hospital Bloom, paramos la marcha y era que en la punta de la manifestación, se estaba realizando un minimítin frente a la ex embajada gringa y nos sentamos en la calle, era una alfombra humana, mientras escuchábamos las elocuentes palabras del dirigente estudiantil Carlos Humberto, el «bigotíbiris», que hacía la denuncia y objetivo de la marcha estudiantil, prendieron fuego al títere del Tío Sam. La avioneta, como ave de mal agüero, seguía sobrevolando la marcha y nosotros respondíamos: ¡el pueblo unido, jamás será vencido, el pueblo unido, jamás será vencido…! los coros salían de nuestras entrañas, la policía militar de la ex embajada permanecía atenta, con los portones cerrados, mientras otros compañeros y compañeras, realizaban una pinta de spray sobre las paredes del lugar, con las leyendas de las denuncias.

La marcha siguió su rumbo y cuando la fila en que yo iba, pasó frente al edificio gringo, pude ver tras las rendijas de vigilancia ojos como mosquitos. Estaban asustados.
Las vendedoras ambulantes, que estaban a las orillas de la acera, aplaudían con alegría, algunas se incorporaron a la marcha, así como otros empleados de oficina. Era emocionante como la gente participaba, aplaudía, vitoreaba, coreaba las canciones junto a la masa. Aquella fiesta, me recordaba cuando marchaba en los desfiles patrios con mi uniforme escolar bien almidonado. Me sentía feliz de poder expresarme junto al pueblo, como ente pensante y demostrar que no somos fáciles de engañar ni manipular.

Al llegar a la altura de la antigua policlínica, los encargados de los megáfonos, entre ellos «Cacho», daban instrucciones de mojar pañuelos, yo lo hice, aunque no sabía con exactitud qué se intentaba dar a entender con ello. La avioneta sobrevolaba más alto. A la altura del Hospital Rosales, se divisaban unas tanquetas. Las filas se hicieron más compactas en toda la calle y se apresuró el paso. Para evitar chocar con las fuerzas represivas, la manifestación cambió su rumbo original y dobló por el Hospital del Seguro Social. Eran como las cuatro de la tarde. La calle se volvió más estrecha y la gente se compactó aun más, se hizo una sola mancha humana en el reducido callejón. A un costado, el muro del Hospital, al otro costado, el puente a desnivel. En un tramo de doscientos metros, un mar de gente.

Inesperadamente, de frente al rumbo improvisado de la manifestación, apareció un grupo de unos cincuenta guardias nacionales que a unos cuantos metros, comenzaron a disparar a mansalva. El pánico se posesionó de inmediato de los indefensos estudiantes. Los que iban adelante, cayeron heridos al suelo de inmediato, los del centro intentaron regresar, pero se atropellaron con el resto. Otros se lanzaron por el puente y cayeron heridos sobre el pavimento de la calle de abajo. El ambiente se llenó de humo de gas lacrimógeno. Imperó la confusión entre gritos de ¡no disparen cobardes!
Otros escalaban el pequeño muro divisorio con el Seguro Social pero en el acto eran abatidos por las balas. Cerca de mis zapatos amarillos, estalló una de las bombas lacrimógenas, desde esa fracción de segundos, mi mente perdió sus facultades pensantes inmediatas y recordé que llevaba un pañuelo mojado, pero no se me ocurrió para qué. Las balas de la metralla seguían sonando. La gente cayendo. Gritos de dolor y espanto. Empecé a escalar el muro del Seguro, pero cuando llegué a la parte alta y vi hacia abajo, no tuve valor para saltar al otro lado, era demasiado alto. «Pensaba»: ¡el libro que me prestaron en la biblioteca, se me va a perder y lo voy a tener que pagar! Y lo apretaba contra mi pecho tratando de protegerlo.

Entonces, sí, fue como estar en un palco privilegiado, y en postura de montar a caballo, vi la escena dantesca: mis compañeros y compañeras, caían como matas de huerta cuando son cortadas de un tajo, los guardias disparaban, disparaban y disparaban más de cerca y avanzaban como robots. El rostro de uno de los guardias se me quedó grabado en la memoria para siempre. En la punta de sus fusiles llevaban sus bayonetas con las que remataban a los heridos en el suelo. Entre la niebla del gas, pude reconocer a una compañera de medicina que pedía auxilio, estaba ensangrentada de la pierna, junto a otros en iguales circunstancias, entre ellos Reynaldo, sí, era Reynaldo al lado de una cuneta, estaba herido y a gritos pedía auxilio, de pronto quedó inconsciente. Más atrás venían dos tanquetas destrozando los restos de los heridos en la calle. A la compañera de medicina, frente a mí, vi cuando le pasó la tanqueta por sobre su cuerpo, como cuando aplastás con tu zapatón a una cucaracha. A mi lado, en el suelo yacía en un baño de sangre otro cuerpo, lo reconocí, era Fonseca. Entonces giré mi cuello, y sin más, salté al lado del Seguro y comencé a correr hacia adentro. Es la calle recta más lejana que haya visto jamás en mi vida. Mi camiseta celeste estaba llena de sangre. Mi pantalón ocre de corduroy estaba empapado de sangre. El libro de pasta anaranjada y letras doradas, estaba escurriendo sangre. Me dieron «pensé». A unos cincuenta metros de la entrada al hospital, caí semi-desmayado. Unas personas me halaron hacia dentro. Intentaban ponerme en una camilla con sábanas blancas y limpias, pero me resistía: ¡no, la voy a manchar, la voy a ensuciar! Entre varias personas, me forzaron y me pusieron una máscara de oxígeno y me llevaron a sala de curaciones. El humo se había colado por todos los rincones del hospital. Doctores y enfermeras corrían de un lado a otro trasladando heridos en sillas de ruedas, camillas, o cargando en brazos a otra treintena de heridos e intoxicados por el gas lacrimógeno o muchachas y muchachos estallados en histeria colectiva.

Tenía un rozón de bala, justo en el maxilar derecho, a escasos milímetros de la yugular y seguía perdiendo sangre, mucha sangre muy a pesar del algodón que me habían colocado en el lugar. El suero me comenzó a restablecer. Sentía un dolor en mi cabeza y un zumbido eterno en mis oídos, no podía hablar. Además, los sedantes que me habían inyectado me impedían tener plena conciencia del tiempo transcurrido, no sabía si estaba en éste mundo o en el otro. Me habían puesto ropa de hospital y pensaba en mi libro de pasta anaranjada y letras doradas. Miraba a mí alrededor y eran cuadros de dolor por todas partes, la sala estaba llena de heridos y gente que coreaba quejidos de dolor intenso. De repente entró a la sala la Noemí, vendada de un brazo y me preguntó por Reynaldo, yo le dije a señas que no lo había visto, ella me preguntó a quién le avisaba de mi situación, le di el número de teléfono del lugar de trabajo de mi madre y se desapareció como en el aire. Luego, llegaron a tomar mi nombre compañeros de la sociedad de estudiantes, estaban levantando un censo de la situación. Después entró un individuo con plante de policía y quiso obtener información mía, pero me negué. En forma violenta irrumpieron a la sala, un grupo de periodistas, uno se identificó como miembro de la YSKL y grabadora en mano quiso conocer mis impresiones del incidente, pero solo pude decirle que estudiaba ingeniería y le proporcioné mi nombre: «Este hecho hay que denunciarlo, la gente tiene que saberlo», le alcancé a escuchar. Un tipo se replegó hacia atrás y debajo de su camisa sacó una cámara con la que me alucinó con el flash, el del plante de policía, que se había colado entre el grupo, le dijo: «hey vos, prestame un rollo» y el otro le respondió «no tengo» y se marcharon.

Después de una media hora, más o menos, había recobrado un tanto la conciencia y un estudiante que entró corriendo a la sala me dijo: «la guardia, disfrazados de doctores con gabachas, anda sacando a los heridos de las salas». Entonces me incorporé, arranqué los cordones de suero y salí de la sala hacia donde estaban los guardarropas, pedí mis pertenencias, mi ropa ensangrentada, mi libro de pasta anaranjada y letras doradas y en medio de la confusión, avancé cautelosamente hacia el mostrador de salida del hospital. En la entrada divise a mi mamá y le hice de señas que pidiera un taxi. En lo que ella distrajo al portero, pasé agachado, junto al mostrador y me escapé del hospital. Afuera estaba el taxi con la puerta abierta, llegó mi madre y nos fuimos de aquella pesadilla.

 

 

 

 

 

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