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RICARDO LINDO EN LA CASA DE LOS CANTOS

Álvaro Darío Lara

Escritor

 

Durante la década del ochenta circuló una formidable revista, hecha con mucho primor y sencillez, se llamaba “La Casa de los Cantos”, y era editada –principalmente- por el poeta y escritor, Roberto Monterrosa, director -a la sazón- de la Casa de la Cultura de Zacatecoluca, departamento de La Paz.  El grupo responsable lo constituían: David Baños Ordóñez, Miguel Ángel Guevara, Manuel Amílcar Carranza y desde luego, nuestro querido amigo Monterrosa.

La revista en cuestión, subsanó la gran necesidad de órganos culturales –amplios- que buena falta hacían en una época signada por la represión política. En ese sentido, la labor de Roberto y de su equipo fue grandiosa. Hay que recordar, además, que la Casa de la Cultura de Zacatecoluca, impulsó los Juegos Florales Salvadoreños, justa literaria en la que los jóvenes escritores y poetas del 70 y del 80 obtuvimos los primeros reconocimientos locales. Reconocimientos que fueron estimulantes en el oficio de la escritura. Quien no rememora las agradabilísimas y fraternas tertulias –posteriores al acto de premiación-  que se producían entre los ganadores, participantes y jurados de aquellos tiempos.

“La Casa de los Cantos”, albergó en sus páginas, a cantidad de colaboradores. Para el número 4, correspondiente al segundo trimestre de 1983 (abril, mayo y junio), aparecieron, bajo el título de “Cuentos populares salvadoreños”, cuatro textos recopilados por el poeta Ricardo Lindo, con dibujos del también pintor Roberto Monterrosa. Los cuentos, según recuerdo, obedecieron a un proyecto de investigación sobre narrativa nacional, emprendido por Ricardo.

Las piezas dan cuenta de mitos, leyendas y tradiciones salvadoreñas, algunas bajo la influencia europea, constituyendo textos literarios  de gran belleza.

Rescatándolas del olvido, demos paso, sin más preámbulos, a estas historias de magia y de misterio.

CUENTOS POPULARES SALVADOREÑOS

Recopilados por Ricardo Lindo.

Dibujos de Roberto Monterrosa.

 

LA HISTORIA DE JUAN, ADRIANA Y LA MATA DE GUINEO

Hay una historia recogida en San Miguel, que parece ser una variante de un cuento europeo (1). Es la historia de Juan y Adriana, que vivían en una choza miserable y vestían harapos. Una noche la lluvia cayó tanto que la mata de guineos vecina a la choza creció hasta el cielo. –Mira –dijo Adriana a Juan- subite a la mata a ver si allá arriba encontrás algo de comer.

Y Juan subió y subió hasta que llegó al cielo. En una nube había una preciosa casita. Juan llamó a la puerta, y salió a abrirle un amable anciano que oyó con paciencia sus tribulaciones. Cuando terminó Juan de hablar, el anciano dijo: – Toma esta gorrita. Cuando necesites comer no tendrás más que decir “gorrita, componte” y tendrás lo que deseas.

Juan bajó feliz, puso la gorrita sobre la mesa y realizó la operación. Dijo “gorrita componte”, y de inmediato se llenó la mesa de sopita de chipilín, frijolitos fritos, plátanos fritos, huevos en alguashte, lenguas de Cojutepeque, chilate, nuégados y hasta una jarra de cerveza de la mejor calidad.

Y así pasaron Juan y Adriana a mejor vida. Pero Adriana se quedó inquieta con el relato del cielo y del viejito, y al cabo de un tiempo instó a su marido para que subiera nuevamente a la mata a pedir una casa. Juan, esposo obediente, subió y encontró el camino conocido. El anciano se mostró contento de saber que su situación había mejorado, y le dio otra gorrita para que obtuviera lo que deseaba. Así fue como Juan y Adriana tuvieron una hermosa mansión.

Adriana estaba contenta y Juan también. Algo pasó sin embargo, en el corazón de Adriana: la codicia se apoderó de él. Y así mandó a Juan una y otra vez en busca de nuevas gorritas, hasta que fueron los más ricos del pueblo. Disponían de un carro, de una casa de reposo junto al mar, de ropas caras, en fin, de cuanto hay. Entonces una idea loca cruzó la cabeza de Adriana. Ya que eran los más ricos del pueblo, ¿por qué no tocaban las campanas cuando llegaban a la iglesia?

El sacristán se negó a acceder a su pedido. Las campanas sólo sonaban para invitar a los fieles al convivio divino.

Adriana insistió tanto que Juan subió a la mata de guineo, que era ahora un punto casi olvidado de su vasto jardín. Esta vez el anciano lo recibió con cierta sequedad y accedió  a darle la gorrita a regañadientes.

Adriana estuvo contenta. Al llegar a la iglesia dijeron: “gorrita componte”, y las campanas se echaron a volar, dando los más ricos sonidos. Pero cuando regresaron a su casa, el automóvil se convirtió en chatarra. La casa se esfumó, todas sus propiedades desaparecieron, y en su lugar quedó la antigua choza. La mata de guineos ya no estaba presente.

(1)”El Diario de Hoy” reprodujo un cuento de Laboulaye, seguramente basado en un tema folkórico, que parece ser la fuente de este. En el cuento de Laboulaye el personaje es un pescador, y quien otorga los dones un camarón encantado. El error de la mujer del pescador consiste en desear ser la Reina del Universo.

 

UNA HISTORIA 

DE ARBOLARIOS

Ahora que sopla el viento quiero recordar una historia de arbolarios. Los arbolarios eran seres que tenían el don de volar con la tormenta. Inclinados sobre grandes libracos viejos movían sus brazos siguiendo un ritual mágico, y se alzaban con el viento que arrastraba los nubarrones grises.

Una vez un arbolario vino a parar a Olocuilta. Era una niña desnuda que cayó sobre la grama. La niña Chabelita Escamilla, de ochenta años, la niña Sofía Alas, de cincuenta y cuatro, y dos señores que estaban con ellas, la recogieron y la vistieron. La niña mantuvo una conducta misteriosa, guardaron reservas sobre su origen, pero dicen que venía de Nicaragua.

Las campanas de la iglesia comenzaron desde entonces a doblar sin que nadie las tocara. Las puertas golpeaban sin razón aparente, y todo el pueblo se hallaba conmocionado.

Finalmente la niña confesó: había sido enviada a robar el tesoro de San Juan Bautista, que es una mina de tres gruesas venas de oro que se encuentra debajo de la iglesia, pero el Santo se había resistido al asalto provocando todos esos fenómenos.

La niña rogó que le compraran una gruesa candela de cera de Castilla para pedir perdón al Santo. Una vez que se hubo disculpado, se levantó la tormenta. Ella trazó sus signos mágicos y se fue con el viento.

 

EL TESORO DE 

LA POZA DE BULUBÚ

Un príncipe indígena, antes de morir, arrojó su tesoro en una olla a la poza Bululú, en Sonsonate, para evitar que cayera en manos de los conquistadores.

Desde esa lejana fecha los niños llegaban a bañarse a la poza, y se lavaban con jabón de oro y paste de oro que sacaban de la olla, para salir refulgentes como jóvenes dioses.

Una noche un hombre quiso apoderarse del tesoro. Se sumergió en el agua y buscó la olla en la profundidad. El tesoro brillaba como un ascua en lo oscuro. El ladrón se acercó. La olla comenzó a moverse y lo condujo hasta un remolino donde encontró la muerte. Así fue castigada su culpable codicia, y los niños siguieron bañándose, ingenuos y felices, en la poza encantada.

 

LA CUEVA DE LA SIRENE

Había en Uluazapa una sirena con cola de mojarra que era conocida como “la sirene”, así, con una “e” al final.

La sirena era bella y se bañaba en el río con un jabón de oro y un paste de oro, y se peinaba con un peine de oro. Ya hemos visto aparecer estos elementos, el jabón y el paste de metal precioso, en la historia de la poza Bululú, y los hallamos también en algunas partes del país como atributos de un espíritu maligno, la Siguanaba.

Pues bien, resulta que un individuo, ya entrada la tarde de un lejano día, quiso apoderarse de los objetos de metal tan preciado.

La sirene se bañaba, y los objetos brillaban maravillosamente bajo el sol poniente.

La hermosa sirene desnuda dejó acercarse al hombre sin inquietarse y siguió bañándose.

Salió la luna. La muchacha del agua se alejó río adentro con sus pertenencias y el hombre la siguió. La sirene lo guió por meandros del río que ella conocía, y el hombre murió ahogado.

La sirene llevó el cadáver a una cueva sumergida. Si el hombre hubiera podido aún ver, hubiera descubierto en torno suyo, esqueletos que los peces habían dejado limpios, único testimonio de los ladrones frustrados que lo habían precedido. Ese era el tesoro de la sirene.

Un terremoto sacudió entonces la tierra. La cueva se derrumbó, y la sirene quedó sepultada con los súbditos de su extraño jardín.

 

NOCHE DE DIFUNTOS

En la noche profunda te contaré una historia que chirría en las puertas que el viento mueve. Es la historia de una mujer que quiso ver los fantasmas.

Ella había advertido que los perros de Ciudad Delgado aullaban de madrugada, y era un coro de aullidos que descendía del cementerio. Porque los perros ven los espíritus.

Fue tanta la curiosidad de la mujer que averiguó cómo hacer para darse cuenta de lo que sucedía. Le aconsejaron que se pusiera “cheles de chucho” en los ojos, o sea, lagañas de perro. Así lo hizo una noche, y permaneció en vela.

La procesión llegó. Los muertos salieron del cementerio vestidos con túnicas blancas, llevando cirios encendidos en las manos. Un gran silencio, sólo interrumpido por los perros, se hizo entonces. Lentamente pasaron frente a la casa de la mujer. Algunos se separaron del grupo, se acercaron a la ventana, y le dieron sus velas.

Cuando la procesión hubo pasado, la mujer las apagó y las guardó.

A la mañana siguiente la mujer fue a ver el cajón donde las había dejado. En lugar de las velas, encontró tan sólo un puñado de huesos.

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