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(Re)lectura de Maquiavelo (I)

Luis Armando González

Introducción

En 1983 leí por primera vez El Príncipe1  de Nicolás Maquiavelo (1469-1527)2. Comenzaba apenas la licenciatura en filosofía y me las vi con este texto fundamental de la filosofía política moderna. Aunque se trató en aquel momento de una lectura detallada, línea por línea –bajo la guía esa querida y recordada profesora Crista Béneke— y con la intención de encontrarle aplicación actual a las tesis de este autor, mi formación de entonces no me permitió ni entender bien las lecciones de Maquiavelo ni derivar de ellas las consecuencias pertinentes para la realidad nacional. Por una parte, me faltaba que leer a otros autores esenciales –Karl Marx, Antonio Gramsci, Norberto Bobbio, Max Weber, por ejemplo–, y por otro lado me faltaba una mayor experiencia de vida y también política. Han transcurrido más de treinta años desde entonces y, quizás mejor preparado que en 1983, he vuelto a leer El Príncipe3. Y como las huellas de mi primera lectura son casi inexistentes, bien puedo decir que he hecho mi primera lectura concienzuda de ese clásico del pensamiento político.

Recupero aquí algunas de las tesis de El Príncipe que, desde mi punto de vista, revisten una enorme actualidad. Antes, sin embargo, salgo al paso del prejuicio que encierra la palabra “maquiavélico” no solo para connotar “calculador”, “manipulador”, “cínico” o etiquetas parecidas (o peores), sino para dar a entender que quienes son calculadores, manipuladores o cínicos en la política lo que hacen es seguir los preceptos de Maquiavelo.

Y es que si bien este autor pretendía que sus reflexiones sirvieran de guía a los príncipes –es decir, a los gobernantes— su punto de partida es el examen de las realidades políticas de su tiempo (y también de otras épocas) con el fin de determinar las claves efectivas del éxito o fracaso de los gobernantes, y desde ahí derivar lecciones para el presente. En este sentido, los verdaderos maquivélicos serían los políticos realistas, pragmáticos, que se atienen a la realidad en la que viven y que actúan sin dar la espalda a las circunstancias en que ejercen el poder. En su dedicatoria del libro a Lorenzo Médicis, apunta Maquiavelo su propósito realista:

“Deseando, pues, presentarme ante Su Majestad con algún testimonio de mi sometimiento, no he encontrado entre lo poco que poseo nada que me sea más claro o que estime tanto como el conocimiento de las acciones de los hombres, adquirido gracias a una larga experiencia de las cosas modernas y a un incesante estudio de las antiguas, acciones que, tras examinar y meditar durante mucho tiempo y con gran seriedad, he encerrado en un corto volumen, que dirijo a usted”4.

1.El realismo político y felicidad

El realismo de Maquiavelo no está destinado a legitimar el “todo vale” en la política. Más bien, las lecciones que él deriva de su “conocimiento de las acciones de los hombres” buscan ser un punto de apoyo para que un nuevo príncipe, en la situación concreta en la que él escribe, haga felices a los italianos, siendo este el propósito ético que debe guiar a aquél. No es casual que El Príncipe termine con la “exhortación a liberar a Italia de los bárbaros” (Capítulo XXVI) y que Maquiavelo, con la contudencia que lo caracteriza, anote lo siguiente:

“Después de meditar en todo lo expuesto, me preguntaba si en Italia, en la actualidad, las circunstancias son propicias para que un nuevo príncipe pueda adquirir gloria, y si se encuentra en ella, dado que es necesario, un hombre prudente y virtuoso para instaurar una nueva forma de gobierno, por la cual, honrándose a sí mismo, hiciera la felicidad de los italianos. Y no pude menos que responderme que eran tantas las circunstancias que concurrían a favor de un príncipe nuevo que difícilmente podría hallarse un momento más adecuado…. Si la ilustre casa de usted5 quiere emular a aquellos eminentes varones que libertaron a sus países, es preciso, ante todo, y como preparativo indispensable a toda empresa, que se rodee de armas propias; porque no puede haber soldados más fieles, sinceros y mejores que los de uno. Y si cada uno de ellos es bueno, todos juntos, cuando vean que quien los dirije, los honra y trata paternalmente es un príncipe en persona, serán mejores”6.

Realismo político y felicidad de los gobernados: estos son los dos ejes de El Príncipe. El uno es científico-político, el otro ético. Sin embargo, como el examen realista de la política lo demuestra, no siempre la política efectiva busca la felicidad de los súbditos, sino todo lo contrario: abundan los malos príncipes que causas desgracias a sus pueblos.

Con todo, cualquier gobernante que busque la felicidad de aquéllos no puede no ser realista acerca de lo que han hecho otros y que él mismo tiene que hacer para lograr ese loable propósito. Y no siempre, tal como lo enseña el examen histórico frío, los buenos príncipes –esos que buscaron la felicidad de los gobernados— hicieron uso de medios nobles y rectos. En este marco cobra sentido la tan llevada y traída afirmación de que el “fin justifica los medios”. No es cualquier fin, sino uno que apunte al bien común, cuya consecución exije ser realista acerca de los medios efectivos para alcanzarlo.

En su escrito Del arte de la guerra, usando la voz de Fabrizio Colonna, sostiene Maquiavelo que se tiene que imitar a los antiguos en lo siguiente:

“En honrar y premiar la virtud, no despreciar la pobreza, estimar el régimen y la disciplina militar, obligar a los ciudadanos a amarse unos a otros, y a no vivir divididos en bandos o partidos; preferir los asuntos públicos a los intereses privados, y en otras cosas semejantes que son compatibles con los tiempos actuales. No es difícil persuadirse de la utilidad de tales reformas, cuando seriamente se piensa en ellas, ni establecerlas aplicando los medios oportunos, porque su utilidad es tan manifiesta que todos los hombres la comprenden. Quien tales cosas hiciera, plantaría árboles a cuya sombra se podría vivir más feliz y contento que en esta que ahora nos defiende de los rayos del sol”7.

Conviene anotar que por “felicidad” Maquiavelo no se refiere algo sentimental o afectivo, sino que se trata de una categoría amplia, que admite diversos contenidos en su concreción histórica. A lo largo de El Príncipe de destacan al menos tres situaciones que generan infelicidad en los gobernados y que por tanto comprometen a un buen gobernante en su solución: la amenaza de conquista (o la conquista efectiva) por otra nación, con el riesgo de sometimiento y esclavitud que ello supone; las divisiones internas y los odios entre facciones que impiden la unidad de la república; y desigualdades excesivas en riqueza y pobreza, que van en detrimento del pueblo.

2. Maquiavelo: lecciones para el presente

Entre ambos polos –el realismo político y las lecciones para un “nuevo príncipe” que haga felices a los gobernados— se tejen los argumentos y las tesis de El Príncipe. Anotaremos a continuación algunas de esas tesis que son también lecciones prácticas para el presente.    

a)Evolución de los problemas hacia una mayor complejidad. Con una lucidez extraordinaria, Maquiavelo sostiene que cuando un problema político –y también social o económico— está en germen o en sus inicios de desarrollo es el mejor momento para atacarlo, pues a medida que pasa el tiempo ello será mucho más difícil o incluso imposible. “Porque previniéndolos a tiempo se pueden remediar con facilidad; pero si se espera que progresen, la medicina llega a deshora, pues la enfermedad se ha vuelto incurable… Así pasa con las cosas del Estado: los males que nacen en él, cuando se los descubre a tiempo, lo que sólo le es dado al hombre sagaz, se lo cura pronto; pero ya no tienen remedio cuando, por  no haberlo advertido, se los deja crecer hasta el punto que todo el mundo los ve”8. Hay que ser prudentes, dice, no confiando en el lema que dice “hay que esperarlo todo del tiempo”, pues “el tiempo puede traer cualquier cosa consigo, y… puede engendrar tanto el bien como el mal, y tanto el mal como el bien” 9.

b) El buen gobernante debe alejarse de los poderosos y acercarse al pueblo. Realista como es, su análisis histórico le permite a Maquiavelo concluir que los poderosos no están interesados en el bienestar del pueblo, y por lo tanto se opondrán a un príncipe que busque la felicidad de los gobernados cuando aquél ataque las desigualdades económicas. Los poderosos usarán su poder para atacarlo, por lo cual es absurdo que se les otorguen beneficios que los fortalezcan más de lo debido. A partir de ello Maquiavelo establece la siguiente “regla”: “el que ayuda a otro a hacerse poderoso causa su propia ruina” 10. Y en sintonía con ello, el príncipe no sólo debe cuidarse de los poderosos sino que debe buscar estar en sintonía con el pueblo, que es su mejor aliado. Veamos este texto de Maquiavelo, de enorme riqueza conceptual y política:

“Pero el que llega al principado con la ayuda de los  nobles se mantiene con mayor dificultad que el que ha llegado mediante el apoyo del pueblo porque los que le rodean se consideran sus iguales y en tal caso se le hace difícil mandarlos y manejarlos como quisiera. Mientras que el que llega por el favor popular es única autoridad y no tiene en derredor a nadie o casi nadie que esté dispuesto a desobedecer. Por otra parte, no puede honradamente satisfacer a los grandes sin lesionar a los demás; pero, en cambio, puede satisfacer al pueblo, porque la finalidad del pueblo es más honesta que la de los grandes, queriendo estos oprimir, y aquél no ser oprimido”11.

c) El pueblo es la mayor fortaleza política para el príncipe. Es decir, que este último no debe acercarse al pueblo sólo por bondad o por razones populistas, sino porque éste es capaz de sostenerlo en el poder. “El príncipe jamás podrá dominar a un pueblo cuando lo tenga por enemigo, porque son muchos los que lo forman; a los nobles, como se trata de pocos, le será fácil. Lo peor que un príncipe puede esperar de un pueblo que no lo ame es ser abandonado por él; de los nobles, si los tiene por enemigos, no sólo debe temer que lo abandonen, sino que se rebelen contra él; pues más astutos y clarividentes siempre están a tiempo para ponerse a salvo, a la vez que no dejan nunca de congratularse con el que esperan resultará ganador” 12.

Los poderosos, pues, son peligrosos, pero no difíciles de doblegar o contener, siempre y cuando el príncipe no los fortalezca excesivamente, creyendo que de esa forma se gana su fidelidad. Esta última sólo la puede esperar del pueblo, con el cual el príncipe debe vivir siempre por necesidad; no así con los nobles, “supuesto que puede crear nuevos o deshacerse de los que tenía, y quitarles o concederles autoridad a capricho” 13.

En fin, “el que llegue a príncipe mediante el favor del pueblo debe esforzarse por conservar su afecto, cosa fácil pues el pueblo sólo pide no ser oprimido. Pero el que se convierta en príncipe por el favor de los nobles y contra el pueblo procederá bien si se empeña ante todo en conquistarlo, lo que sólo le será fácil si lo toma bajo su protección”14.  Y este vínculo del gobernante con sus ciudadanos, con el pueblo, es clave en tiempos difíciles, pues “en tiempos adversos, cuando el Estado tiene necesidad de los ciudadanos, hay pocos que quieran acudir en su ayuda. Y esta experiencia es tanto más peligrosa cuanto que no puede intentarse sino una vez. Por ello, un príncipe hábil debe hallar una manera por la cual sus ciudadanos siempre y en toda ocasión tengan necesidad del Estado y de él. Y así le serán siempre fieles” 15.

1.Escrito en 1513 y publicado en 1532.

2.Para un análisis exahustivo de la vida y obra de Maquiavelo, ver M. Viroli, La sonrisa de Maquiavelo. México, Tusquets, 2000.

3.N. Maquiavelo, El Príncipe. México, Editores Mexicanos Unidos, 2015. Esta bonita edición recoge, además, dos textos de Maquiavelo de los que poco se habla: Del arte de la guerra y Belfagor Archidiablo. Todas las citas son de esta edición.

4.Ibíd., p. 17

5.Se refiere a Lorenzo de Médicis.

6.Ibíd., pp. 135 y 139.

7.Del arte de la guerra. Edición citada, p. 147.

8.El Príncipe, p. 27.

9.Ibíd., p. 28.

10.Ibíd.,p. 31.

11.Ibíd., pp. 59-60.

12.Ibíd., p. 60.

13.Ibíd., p. 61.

14.Ibíd., pp. 61-62.

15.Ibíd., p. 63.

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