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Recuperar la política

Iosu Perales

La democracia ha triunfado como modelo universal, sin embargo, está muy amenazada por agotamiento de su alma: la política. Mi generación creció familiarizada con la pasión política, paradójicamente ha contribuido en la construcción de una sociedad postpolítica. El individuo postmoderno mira de reojo al viejo militante, en cierto modo lo hace desde una falsa supremacía, cuando en realidad la claudicación de la política es una derrota de todas y todos. El individualismo sigue su combate al interés por lo público, generando indiferencia política y facilitando el mando de cada país a los que no están sujetos al control democrático. Es realmente urgente que los partidos políticos de izquierda, descubran qué han hecho mal, porque es también urgente recuperar la política. Y lo es porque la claudicación de la política ante los poderes económicos, debilita la democracia y sus valores.

Un siglo largo de centralidad de la política ha ido dejando paso a una militancia que en buena parte se decanta por causas concretas: derechos civiles, feminismo, antiracismo, homosexualidad, pacifismo, ecología, etc, y de alguna manera los revolucionarios se han hecho reformistas de la mano de la idea de que la lucidez comporta pesimismo. Hablar de socialismo en serio, superando el eslogan, ya no es habitual. En el seno de la izquierda se habla más de candidaturas, de elección de nuevas autoridades del partido y de nuevas oportunidades personales emanadas de la llegada al poder. Pero lo cierto es que hay una necesidad de recuperar la vida política en los partidos, con toda su intensidad: la reflexión, el estudio, el debate. También hace falta otra vuelta de tuerca a la idea de comunidad.

La política tiene un lugar privilegiado: la comunidad. Por eso una de las grandes obligaciones de los partidos es preservar la comunidad. Si no hay comunidad no hay política, todo lo más individuos compitiendo entre sí. Todo lo que tiende a destruir el espacio comunitario es una amenaza. Justamente, el neoliberalismo y sus voceros huyen del reconocimiento de lo colectivo, de los derechos de los pueblos y se limitan a defender la existencia del ciudadano desconectado, aislado de los otros. Hoy estamos viviendo el intento de desmontaje de estructuras sociales y políticas, la rotura de territorios, para poner en su lugar a un sumando de ciudadanos desorganizados. Cuando se saca al individuo del marco colectivo al que pertenece, queda perdido, a solas con su individualidad, vulnerable, domesticable y sin la condición de ciudadano.

A menudo la pasión política se orienta a la intervención en situaciones de emergencia, de catástrofes naturales y crisis humanitarias, donde el militante se muta en voluntario social. Se trata sin duda de actos necesarios, meritorios e incluso épicos, pero que si no se incorporan a proyectos de cambio social quedan como asistenciales, y finalmente absorbidos por los poderes constituidos. Cuando esto ocurre, la comunidad, actor potencial para el cambio radical de sus condiciones de vida, queda reducido a un receptor pasivo de ayuda.

La democracia tiene ante sí, el desafió de volver a enamorar. Es necesario para que la participación de la ciudadanía en la política vuelva a ser realidad. De hecho la despolitización reduce la participación, pues cuando la política se aleja las personas no se sienten comprometidas. De hecho el retroceso y desaparición de la ideología, algo aplaudido por los neoliberales, deja a la política al desnudo. Lo saben los arquitectos de la deconstrucción de la democracia y por eso quieren sustituir la ilusión política, por la ilusión económica. Esta última procura, extender la idea de que lo posible tiene cada vez menos recorrido y no vale la pena participar, de tal manera que lo público no entusiasma y es motivo de desconfianza. Su idea motor es la que dice: que solo la economía merece la pena y genera la ilusión del éxito personal.

El retorno de la política a la que me refiero es construir comunidad participando, y es compromiso con la libertad frente a la indiferencia.

El retorno de la política supone confrontación con la obscenidad del poder. Estamos viviendo una época en la que lo que queda democracia está tutelada, vigilada, por los jueces. De hecho el poder de los jueces es el más fiable para los dueños del dinero, y en él confían como ariete para vencer a la política y reducirla a una actividad mal valorada por la población. ¿No acaban los jueces de reclamar a Cristina Kirchner en plena campaña electoral en Argentina?, ¿no fue el juez Sergio Moro el que apartó a Lula de la contienda electoral, metiéndolo en prisión?, ¿no son jueces ecuatorianos quienes llevan a cabo una persecución política contra Rafael Correa? En España hay jueces que toman decisiones políticas  de mucho peso. La judialización de la política nos coloca ante el gobierno de los jueces, que desde luego, no han sido votados para tal cometido.

Mientras la división de poderes no retorne, no retornará la política democrática. Si ya la lucha entre partidos suele ser sórdida, más lo es ahora que la injerencia de los jueces se encarga de hacer el juego sucio, al servicio de los poderosos. La democracia atacada por dentro va siendo una caricatura de sí misma.

He comenzado hablando de la pasión política. Pues bien, la pasión, la militancia y la utopía, son tres pilares que declinan. Hemos llegado a un punto en el que nombrar la utopía parece de mal gusto. La gente quiere hablar de lo tangible, del aquí y ahora. El futuro es algo difuminado, no existe. En su lugar todo transcurre a enorme velocidad, como si ya estuviéramos en el futuro, y nada se impulsa, se deja hacer. Es la “mano invisible”. Hemos pasado del principio de esperanza al principio del temor y la utopía ha perdido toda su magia, a la par que una clase obrera desarticulada no asoma ya en el escenario social como un actor de cambio.

Sin embargo, ante el rumor de la desmovilización digo que luchar por lo todavía inédito es posible, sobre todo, es necesario. La utopía como motor que mueve conciencias y revela la posibilidad de otro mundo mejor tiene mucho que decir. Mientras que el capitalismo nos ofrece redención a cambio de que nos rindamos, hay siempre una oportunidad. El neoliberalismo, con su afán destructor, es un aliado involuntario de los que queremos cambiar el mundo: destruye tanto que crea las condiciones para combatirlo, siempre y cuando sepamos crear un bloque social y político emancipador. La utopía tiene su lugar y sigue siendo imprescindible para caminar. La utopía es un antídoto de la idea del fin de la historia. Afortunadamente la historia sigue rebelándose desde la indignación y hace posible que el horizonte de una sociedad, que recupere la política democrática, además de una ilusión sea una posibilidad cierta.

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