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Por el ojo de la cerradura

Ricardo Lindo,

Escritor

 

—Es usted el nuevo preceptor —dijo la mujer sin entonación. No supo si se trataba de una afirmación o de una pregunta.

—Sí —contestó.

Echó una mirada al interior. Era apacible, luminoso, barrocamente decorado. Nada se apartaba de lo natural, y sin embargo…

La mujer de papel le miraba inquisitivamente, con desconfianza de vieja criada. Su engrudada y temblante humanidad se apartó, dándole paso.

Le hicieron esperar un rato. La criada no dejó de vigilarlo. Llegó una mujer delgada y elegante, evidentemente el ama, haciendo tintinear sus pulseras.

—Siéntese —dijo— perdone que sea breve —dijo— tengo una reunión. En seguida le presentaré a los chicos, ¿quiere un cigarrillo?

No quiso. Ella tomó uno, y lo encendió dejando caer lánguidamente sus admirables párpados de pergamino.

—Deseamos que sea con los niños lo más firme posible. Mi marido y yo solemos estar muy ocupados, y sólo por eso nos vemos obligados a dejar su educación en manos de un extraño. Téngalo en cuenta. Queremos que los niños alcancen un elevado nivel intelectual. Si es necesario, tortúrelos. Y ahora, le ruego me disculpe, querido señor preceptor, le dejo con los niños.

Los sacó de la cartera y los depositó en el suelo. Ambos saludaron con una reverencia.

La niña era tranquila y luminosa como papel celofán. El niño, reflexivo, como una cuartilla en blanco sobre un escritorio. En el inmenso jardín señorial paseaban recitando a Horacio. Actuaban con el ritmo suave y severo de un endecasílabo, y jugaban a veces en la cocina, sin aproximarse al fuego.

El preceptor les daba clases en la enorme biblioteca, entre las estatuillas y las formaciones de libros que tocaban el techo, cara a los ventanales. Más por la noche, sigilosamente, improvisó una linterna mágica con su lamparilla de velador. Hacía sentarse a los niños, arropados en sus piyamas a rayas, sobre la alfombra, y comenzaba la proyección. El preceptor pintaba ratones con sombrero de copa, lunas amarillentas riendo a carcajadas en su noche de tinta china.

Los niños observaban con seriedad las imágenes en la pared. De vez en cuando el niño decía alguna frase sobre la metafísica de la representación.

—Kant —dijo el preceptor una vez.

El niño volvió la cabeza con naturalidad, como si estuviese habituado a contestar a ese nombre.

El preceptor no dejó de asombrarse un poco. Ciertamente, esperaba la reacción, pero en cierto modo no la esperaba. Probablemente el contacto constante con esa otra realidad le había hecho olvidar, en su interior, el porqué de su estadía en esa casa, al otro lado de la muerte.

Recordó las palabras de Annah en la taberna penumbrosa:

—Kant —decía con los ojos iluminados por agujas exactas— ha reencarnado en niño al otro lado de la muerte. Le rodea una familia que procura mantenerlo en su estadio intelectual. Y sólo cuando lo supere podrá continuar su evolución.

Al decirlo, movía en la penumbra sus grandes manos blancas, como un absurdo vuelo de alas de trapo.

Él había decidido ayudar al filósofo. Por eso había pasado a escondidas la barrera de la muerte. Por eso estaba ahí.

El niño, con los ojos fijos, le observaba. El preceptor le golpeó el hombro, no dijo nada y se marchó.

Durante las noches que siguieron, el preceptor abandonó la linterna mágica. Comenzó a hacer títeres con sus calcetines. Los niños daban tímidas muestras de divertirse. Los títeres eran seres irrespetuosos, que no vacilaban en burlarse de Horacio.

Pero lo que ni ellos ni los títeres advertían eran las blancas pupilas de la criada vigilándoles desde las cerraduras.

Un día los niños desembocaron en la risa. Descaradamente, en el jardín, se quitaron sus propios calcetines para hacer toscos títeres. La criada se apresuró a avisar a la señora. La señora mandó a llamar al preceptor. Lo ataron de pies y manos y lo montaron sobre una carretilla. La criada llevaba la carretilla a través de los verdes prados, acompañada de la señora. Desde la colina, los niños agitaron sus calcetines en señal de despedida. Llegaron al barranco.

El preceptor sintió confusamente la caída, y perdió la conciencia. Cuando revivió, caminaba por una callecita parisina. “Rue de L’Huchette” leyó. Tomó hacia el Boulevard St. Michel. En una esquina tocaban acordeón.

XXX. Dirección de Publicaciones de El Salvador, San Salvador, 1968.

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