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Internas cargan una cruz de madera en Centro Penitenciario San Joaquín, preparando la visita del Papa Francisco en próximo 16 de enero. [Foto Diario Co Latino/Martín Bernetti/AFP]

“Pobres entre las pobres”, reclusas chilenas recibirán al Papa

Santiago/AFP

Giovanna Fleitas

Celebran ser “las elegidas” y preparan entre risas y lágrimas la recepción que darán al papa Francisco en enero cuando visite la cárcel de Santiago donde están recluidas, convencidas de que el pontífice argentino les transmitirá la paz que necesitan para aplacar sus tormentos.

El Centro Penitenciario Femenino de San Joaquín, donde cumplen condena 620 reclusas, será la primera cárcel femenina que visite el papa Francisco.

En las cárceles de Chile y el mundo están “las mujeres más pobres, las que han sido excluidas de familia, educación, salud. Ellas llegan a las cárceles porque las que tienen un buen abogado no van presas”, por eso es tan reconfortante que Francisco las visite, dice a la AFP la madre Nelly León, que desde hace 13 años está al frente de la coordinación de la actividad pastoral en esta prisión.

Privadas de libertad están “las pobres entre las pobres”, agrega la religiosa, que reconoce que durante sus años de trabajo en el penal femenino de Santiago ha escuchado “miles de historia de dolor, de angustia, de desesperanza”.

En este lugar, alrededor de un pesebre a medio armar sobre el altar de la capilla levantada en el interior de esta penitenciaría -cuyos muros albergaron un centro religioso en el pasado- se concentra la mayor parte de los preparativos para la ilustre visita.

“Mirar su mirada, que te dé esa paz. Estoy orgullosa, contenta, ansiosa y sé que vamos a llorar todas cuando veamos al Papa”, dice a la AFP Viviana Berríos, mientras prepara junto a otras compañeras pulseras que serán bendecidas por Francisco.

Con la ayuda de las religiosas, reclusas con buena conducta preparan desde hace meses la visita. Elaboran cruces y las pequeñas pulseras de colores que ya bendecidas serán repartidas en todas las cárceles de mujeres del país a unas 3.900 reclusas.

Francisco llegará a Santiago el próximo 15 de enero y tras visitar varios puntos de la capital chilena y las ciudades de Temuco (sur) e Iquique (norte), partirá a Perú, donde concluirá una nueva gira por Latinoamérica, evitando una vez más a su natal Argentina.

Primera visita a reclusas

Parricidios, asesinatos, robos y sobre todo narcotráfico son las causas por las que 620 mujeres cumplen su pena en este centro.

Viviana cumplió diez años de condena por un delito que prefiere no revelar, salió en libertad condicional pero volvió tras las rejas. Con voz entrecortada cuenta cómo el asesinato de uno de sus hijos la sumió en la depresión y la devolvió a la cárcel.

“Es muy lindo lo que se viene, va a marcar harto (mucho) mi vida”, dice convencida Stefanie Salas, una joven de 24 años, recluida por narcotráfico.

Stefanie -atenta a que su look juvenil y su maquillaje sean retratados por las cámaras de la AFP- valora sus logros dentro de la cárcel, como haber finalizado sus estudios secundarios, pero reconoce el dolor que le provoca la falta de libertad.

La cara buena del penal muestra amplios espacios comunes y una larga lista de talleres donde reclusas trabajan para empresas a cambio de un salario mínimo.

En estas áreas transitan sin uniformes quienes acreditan “buena conducta”. Música latina y risas estridentes son la banda sonora de estos pasillos, un clima festivo que solo es perturbado por guardias que vigilan el perímetro e interminables pasillos delimitados por rejas y tejidos que conducen a sectores sin acceso a visitas, donde están las presas más conflictivas.

“Carita feliz”

A metros de la parroquia, la panadería de la cárcel reúne a otro grupo de reclusas que transformaron la cocina en un oasis. Allí Ana Herrera, que a sus 47 años cumple su segunda condena por narcotráfico, reconoce estar “feliz de que él haya elegido este lugar”.

Francisco “me produce una alegría, tiene una carita feliz, no como el Juan Pablo II que tenía una tristeza en su cara. ¡Los argentinos son así, alegres!”, dice.

Delgada y con vistosos tatuajes, Ana recuerda que a sus 17 años vio a Juan Pablo II cuando el Pontífice visitó Chile en 1987, en medio de la cruenta dictadura de Augusto Pinochet. Desde ese momento sueña con que un papa la bendiga.

“Desde que estoy en este lugar perdí a mi mamá y hace dos meses perdí a mi hijo y sé que él me va a dar su paz y mi corazón va a descansar tranquilo”.

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