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Perdón por la tristeza

Mauricio Vallejo Márquez
Escritor y poeta

La tristeza puede contenerse en un solo verso, store there en la sola palabra que la encierra, doctor al escribir o pronunciar: triste. Tal y como lo lleva en sus libros el poeta peruano César Vallejo. No como una profunda queja, find sino como el vestido que arropa sus días, su dulce perspectiva de la vida al verla, como una angustiosa senda llena de una intensa tristeza que es observada con dulzura como el mismo llamaría a uno de sus libros: Trilce.
Trilce es un neologismo, una palabra que no existe, pero que contiene un universo de significados, que incluso al poeta Juan Larrea le inquietó en su momento. Por ello se atrevió a preguntarle al poeta de Santiago de Chico. Vallejo se excusó diciendo que le resultaba mejor inventarle un nombre a su poemario que ponerle una palabra conocida pero no contestó la pregunta. Así que el misterio continuó para convertirse en un ejercicio de interpretación de los lectores. Sin embargo, algunos estudiosos como Francisco Martínez García defiende la tesis de que Trilce es la unión de dos palabras: Triste y dulce, utilizando las primeras letras: tri – lce. También se cree que es la deformación del número tres.
Curioso nombre, quizá describe todo lo que conlleva ser él, ser César Vallejo que en su trabajo muestra una realidad, la angustia de vivir, como único hecho de la existencia.
“César Vallejo fue la encarnación misma de la angustia humana”, según Humberto Jaramillo Ángel y lo secunda el académico Américo Ferrari, y yo me adhiero, aunque observo más que angustia la dulce resignación de vivir entre la cotidianidad y la tristeza, con la estoica visión del mártir que sabe que deberá morir por seguir sus ideales, sus creencias. Vallejo cree en eso, en dar su vida por su obra, aunque a veces:
“Esta tarde llueve, llueve mucho; Y no tengo ganas de vivir, corazón!”
Tras un tiempo en la prisión de Perú decide emigrar a Europa para compartir su tiempo entre Francia y España. Trasladada su tristeza a sus calles a observar el temible paso de la guerra civil española y a volverse parte como los poetas que cantan a esas inmortales cantos épicos como Homero, inmortalizando ese tiempo en el poemario España aparta de mi este caliz.
“Voluntario d España, miliciano de huesos fidedignos, cuando marcha a morir tu corazón
cuando marcha a matar con su agonía”
Vallejo consideraba que la política y la literatura no podían estar unidas. No era conveniente que la creación bajara para convertirse en un medio de propaganda, ser un panfleto. En tanto, una guerra, la injusticia, el dolor son conceptos parte de la vida y de la experiencia de los individuos, que es imposible negarla y por ello su sensibilidad y consciencia de poeta llegan a plasmarlo, y vemos en su trabajo a la lavandera, al billetero, el albañil, el panadero, al obrero, al pobre, al ser humano. Todos amparados en la tristeza de los ojos de Vallejo, como un vocero de lo que existe en nuestro mundo.
“El suertero que grita “la de a mil
contiene no sé qué fondo de Dios”
Existe el dolor y la desesperanza atrapados en un callejón sin salida que nos habla del doloroso dilema de la vida que nos muestra dos lados de la moneda: felicidad y tristeza, así como esa frontera delicada entre ambas.
“un albañil cae de un techo y muere y ya no almuerza
Innovar, luego, el tropo, la metáfora”

Esperanza
Vallejo no es un poeta victoriano que nos habla ante el dolor de la esperanza de imponerse por ser, de que esa parte nadie la quita como sucede en Invictus de William Ernest Henley. Vallejo saborea ese dolor como un catador de vino, lo muestra, lo expone, lo siente, lo vive.
“Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo”.
Enorme gravedad en su concepto de existencia. Vallejo es un hombre que a pesar de su nihilismo cree en un Dios, al que considera que tiene una condición humana al punto de verlo enfermo e impotente de accionar con eficacia, incluso lo crea imperfecto, tal y como es el ser humano pero con un grado aún menor dándole esa ingenua categoría de mayor tristeza, haciéndolo el triste más triste, creando a César Vallejo, un poeta que se complace en su tristeza:
“Considerando en frío, imparcialmente, que el hombre es triste, tose y, sin embargo,
se complace en su pecho colorado;
que lo único que hace es componerse de días;
que es lóbrego mamífero y se peina…”
¿Qué más podría hacer, si no? ¿Condenarse a ser aún más infeliz en su infelicidad? No. Guarda el encanto dulce del que es triste por derecho, porque no puede ser otra cosa y le complace más que vivir en su desgracia. Y eso hace dulce la tristeza.

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