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El pensamiento de Salarrué: Filosofía y Teosofía

Matías Romero,
Miembro de la Academia Salvadoreña de la Lengua

La mención de los términos teosofía, teosofismo, esoterismo, ocultismo y otros con que frecuentemente nos encontramos en ciertos pensadores, mezclándose conceptos filosóficos con creencias religiosas y con prácticas de mentalismo o de fenómenos parasicológicos, nos obliga a detenernos un poco para consignar el hecho del teosofismo en nuestro país. No se trata de que investiguemos cuándo vino esa corriente ni por donde ni por medio de qué personas entró. Nos interesa más el hecho mismo, la existencia de ese modo de pensar y la sed de conocimiento de personas de mucho talento que se fueron en esa corriente del teosofismo, confiando ciegamente en que esas aguas los conducirían al océano infinito del saber total y de la felicidad.
El fenómeno no es de nuestro país sino mundial y, según sus expositores y críticos, entre los cuales hemos leído a J. J. van der Leeuv, al filósofo español Jesuita P. Dionisio Domínguez, al conferencista Antonio Oldrá, S. J., y a los obispos chilenos Mons. José María Caro y Mons. Miguel Miller, se relaciona con las discutidísimas personalidades de Madame Blavatsksy (Helena Petrovna Hahn, 1831-1891) y Annie Besant, 1847-1933. Otros, sin embargo, le atribuyen a esta tendencia raíces muchos más antiguas y profundas, incluso más allá del siglo XVI (cuando por primera vez aparece el término teosofía, aplicado a los filósofos ocultistas Paracelso, Cornelio Agripa y otros) y hablan de las épocas neopitagórica, grecojudaica, gnóstica y neoplatónica.
La diferencia que existe entre este tipo de saber y la auténtica filosofía es manifiesta. En la filosofía no hay credulidad ni irresponsable precipitación verbal que se deleita en figuras caprichosas creadas por la imaginación. El saber filosófico se caracteriza por su sinceridad y por su sentido del respeto de los límites: límite de la razón humana en cuanto a capacidad de conocer y límite como división entre los saberes científico, filosófico y teológico, el primero basado en la experiencia, el segundo en la razón y el tercero en la fe, bien que relacionados los tres compartimientos como vasos comunicantes. Tampoco existe en filosofía eso que la teosofía mantiene como un culto a los santones, gurúes o mahatmas, cuyas enseñanzas, sin examen crítico, son transmitidas como texto sagrado, a pesar de que en múltiples casos se han descubierto fraudes y patrañas.
Desde luego, esta precavida introducción sobre la diferencia entre filosofía, teología y teosofía no es para incluir a nuestro Salarrué en la masa anónima del teosofismo. Al contrario es para destacar su personalidad como un hombre cuyo entendimiento estaba dotado de poderes extraordinarios y cuyo pensamiento debe colocarse en un compartimiento que no es el de la estricta filosofía ni tampoco el de la simple literatura.
Salarrué, Salvador Salazar Arrué, 1899-1975, es un fenómeno singular en la literatura salvadoreña. Se resiste a la clasificación y su figura se escapa como intemporal y ultraespacial. Su fisonomía de blanco caucásico, sus dulces y suaves ojos azules (¿o verdes?, su alta estatura y su actitud de enorme cordero manso contrastan con los temas tan folclóricos y rurales que tocó, usando sabrosos salvadoreñismos e identificándose con el lenguaje inventado de los cipotes.
Salarrué, un hombre extraordinariamente sencillo, modesto, prudente y humilde, fue uno de esos seres privilegiados de la naturaleza. Como tal, su tesoro interior se lo guardaba para sí y no pretendía convertirlo en instrumento para hacerse imagen y prestigio. Él mismo no sabía a ciencia cierta lo que le pasaba en su vida casi de un místico y era muy cauteloso en la administración de su psiquismo. Hugo Lindo, que logró sacarle importantes confidencias, nos dice lo siguiente:
«Como una constante que otorga unidad a las más dispares producciones del narrador salvadoreño, se encuentra su visión filosófica, de tipo francamente esotérico, con más inclinación a lo teosófico –que busca el conocimiento- que a determinadas formas de la yoga, que persiguen, ya los poderes supranormales, ya la fusión del Yo individual en la infinita realidad de Dios, que ahí equivale a un Yo universal, según unos, o a la aniquilación del todo Yo, según otros».
«¡Bueno!…-medita un instante, ordenando recuerdos-. Eso fue cuando era ya un hombre casado, como de veintidós años… Empecé a tener espontáneamente ciertas experiencias astrales, desconociendo por completo la razón de ellas y asustándome un poco. Incluso consulté médicos para saber qué pasaba. Los médicos no sabían decir nada sobre el asunto. Creían que se trataba de una debilidad nerviosa. Me aconsejaban comer carne. En fin…. Nunca me convencieron….»
«Los médicos no lo convencieron, como él dice. Buscó entonces otro tipo de explicación, que aclarase esos extraños fenómenos: el sentir que se evadía del cuerpo; al ver su propia imagen tendida en la cama mientras un Salarrué semi-gaseoso, de pie la orilla, se encontraba plenamente consciente de su ser y de su estar; el realizar viajes a increíbles velocidades; el conocer colores vivos y formas cambiantes, en un mundo lleno de poesía y a veces azotado por ráfagas de terror».
«Pero en esos días, mi amigo íntimo Alberto Guerra Trigueros, que tenía una buena biblioteca, empezó a leerme unas cuantas obras teosóficas, para que yo me diera cuenta de qué era lo que me sucedía. Los libros ‘me convencían’, porque afirmaban cosas que yo ya sabía de antemano, que estaban dentro de mi propia experiencia. Siempre he considerado que es preferible entrar en esas vivencias a través de una acción espontánea, y no por medio de los libros, que bien pudieran ejercer alguna suerte de sugestión y desnaturalizar la realidad… Y eso me hizo interesarme en la teosofía en general y, por supuesto, en todo lo que es iniciático»…
«Retornamos al tema de lo esotérico o iniciático, que es una de las principales claves de la labor personal de nuestro autor. Le preguntamos si su vida en esos planos continúa siendo activa, y nos responde que sólo de un modo esporádico, pues ha preferido que los fenómenos de esa naturaleza se le presenten de manera espontánea; pero que ya no son tan frecuentes como lo fueron en su juventud. Que no hace actualmente esfuerzo alguno; que antes sí lo hacía y lograba lo que deseaba, más de repente tuvo algunas experiencias desagradables, y eso le indicó que no debía forzarse en excitar semejantes facultades. Desde entonces, dejó de realizar ese tipo de empeños, a fin de dejar los canales de la inspiración libres, a manera de que ese orden de fenómenos se le presentase solo, cuando las circunstancias fueran propicias».
Para terminar, después de las consideraciones que hemos hecho sobre teosofía y esoterismo, a propósito de la personalidad de Salarrué, sacamos las siguientes conclusiones que pueden también interpretarse como recomendaciones, siempre que se trate de estos temas.
La primera recomendación es que deben tenerse siempre claros y respetados los tres planos o grados del saber: el saber teológico (de la teología cristiana revelada, se entiende), el saber filosófico y el saber o los múltiples saberes de las ciencias particulares.
En la cumbre del saber teológico está la esfera de la teología ascética y mística, de las cuales dice Tanquerey: «El uso reservó el nombre de ascética para la parte de la ciencia espiritual que trata de los primeros grados de la perfección hasta llegar a los umbrales de la contemplación, y el nombre de mística para aquella otra que tiene por objeto el estudio de la contemplación y de la vía unitiva», (Compendio de teología ascética y mística, pg. 3). Es evidente, por elemental sentido de respeto y de guardar las distancias, que no deben confundirse los fenómenos parasicológicos con los dones extraordinarios que se dan en la vida de oración de los santos, de lo cual hay abundantes testimonios en la literatura mística.
Es necesario añadir aquí una diferencia fundamental que pone a inconmensurable distancia la comunión intentada por la teosofía con el yo universal o divinidad y la comunicación con Dios de que hablan la ascética y la mística cristianas. La primera es el sumergimiento en una inconsciencia de placidez vacía e impersonal, en el seno de un Dios que nos absorbe y no nos dice nada; mientras que la oración cristiana, desde sus grados más elementales hasta la más encumbrada elevación del éxtasis, es el continuo diálogo con un Dios vivo y personal que conoce a la persona individual humana, la ama y le habla comunicándole el gozo de su divinidad.

El segundo plano, el de la gran estructura metafísica de la razón natural, levantada por la filosofía perenne, es un mundo sometido a reglas estrictas de lógica y no es obra de mentes enardecidas ni de fuentes ocultas y misteriosas. Es una ingeniosa construcción racional que honra al entendimiento humano y que prueba la existencia de un arsenal seguro de conocimientos basados en el sentido común y en el sano razonamiento. No se puede atentar contra esta vertebral articulación del conocimiento humano sin caer en el absurdo y en el sinsentido.

El tercer plano es el de las hoy innumerables ciencias de lo particular, apoyadas en la experiencia y veneradas en esos pequeños templos que son los laboratorios. En estos santuarios de la investigación, empleando artefactos y equipos sofisticados se está incluso intentando, al margen de toda creencia religiosa, abrir un orificio que perfore el muro de misterio que nos separe del más allá. Se esta tratando de experimentar sobre la muerte y sobre lo que sigue inmediatamente después de ella, para que no sean la religión ni la filosofía las que inventen revelaciones o armen un tejido de suposiciones sino que sea la misma ciencia la que demuestre cómo es la condición del espíritu y si es capaz de subsistir por sí mismo fuera el cuerpo. Al respecto y preguntado Salarrué sobre lo que opinaba acerca de los intentos del espiritismo, Hugo Lindo dice lo siguiente: «Nos declara que a él, en lo personal, nunca le atrajo el espiritismo. No niega sus fenómenos; pero encuentra difícil que informen sobre una realidad sustancial». Queda, entonces, la posibilidad de que la ciencia seria nos sorprenda en el futuro con datos que vengan a confirmar lo que la religión, la religión también seria, ha sostenido sobre la inmortalidad del alma y sobre su destino final de unirse con la divinidad.
La segunda recomendación es que se consigne y se tome en cuenta el hecho de que entre el plano teológico y el filosófico es donde se abre esa brecha o se desvía ese atajo de los poderes supranormales o parasicológicos de ciertas personas, como indicándonos posibles órganos psíquicos que están a la espera de un desarrollo evolutivo. Por ahora su capacidad es muy limitada y, sobre todo, no han logrado traducir sus conocimientos al plano del lenguaje filosófico inteligible para todos. El muro del misterio está ahí, insensible ante los rasguños de nuestras manos. Las experiencias astrales o como se las quiera llamar se quedan para el consumo interior del ser privilegiado. Ni él puede expresarlas ni los demás pueden entenderlas. De allí el recurso al ocultismo y al esoterismo.

 

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