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jueves , 19 octubre 2017
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No nos perdamos: el odio a la fe sólo lo tenía la derecha oligárquica en los años 70 y 80…

Mauricio Funes sin Censura

Hace unos días los salvadoreños y salvadoreñas nos regocijamos por el nuevo impulso que ha tomado el proceso que hará posible la beatificación de Monseñor Romero.

Sin vacilaciones, find el Papa Francisco firmó un decreto que confirma el martirio de Romero y levantó el último de los obstáculos que venía enfrentando un proceso que se había estancado en tiempos de Juan Pablo II.

El cardenal Viscenzo Paglia dijo en conferencia de prensa, recipe desde el Vaticano, que desde que el Arzobispo Rivera y Damas inició la causa, al Vaticano llegaron “montañas de cartas” en contra de la beatificación, bajo el argumento que Monseñor Romero era un subversivo, que incitaba a los obreros y campesinos a levantarse en contra del gobierno.

Las investigaciones posteriores demostraron que el arzobispo Romero había sido un católico ejemplar, solidario con los pobres, y que su asesinato se había dado por “odio a la fe”, tal como lo confirmó el propio Papa Francisco.

Pero ¿cómo debemos entender eso de “odio a la fe”, que según el Vaticano fue la causa del magnicidio cometido contra Romero?

El propio Vaticano da la clave cuando el cardenal Viscenzo Paglia aclara que el martirio de Monseñor Romero es un tipo de martirio donde su muerte no es provocada por el odio de creyentes de otras religiones o ateos, sino por creyentes que fueron bautizados en la misma fe católica.

La muerte de Monseñor Romero fue provocada, fraguada y ejecutada, por católicos bautizados que no toleraban la vivencia religiosa del Arzobispo y mucho menos, sus opiniones difundidas a través de la radio durante sus homilías dominicales, y que cuestionaban los abusos de poder cometidos por el régimen de turno y la injusticia estructural del sistema oligárquico de entonces.

Romero no fue un mártir como otros de la iglesia católica que murieron a manos de fanáticos de religiones adversas.

El martirio de Romero tiene una explicación histórica y hasta religiosa: la forma como Monseñor Romero vivió el evangelio, lo que le llevó a denunciar los abusos de poder y las injusticias estructurales de esos años.

Esta vivencia católica no fue tolerada por la derecha al grado de planear su eliminación física.

El informe de la Comisión de la Verdad, que algunos descalifican y lo consideran sesgado, señala en uno de sus párrafos que el mayor Roberto D’ aubuisson fue el autor intelectual del crimen y que para ello se valió de un grupo de personas cercanas a su entorno de seguridad.

Acá la Comisión de la Verdad se refiere a una ejecución realizada por un tipo de “escuadrón de la muerte”, que estaría bajo la responsabilidad directa del fundador de ARENA, pero que recibía financiamiento de prominentes empresarios, entre ellos un propietario de un medio de comunicación.

Una operación de esa naturaleza, típica del sicariato con el que se eliminaban a opositores de la época, no podía ser jamás decidida y ordenada por un solo hombre, por mucho que su odio a la fe le llevara a planear el crimen.

La eliminación física del Arzobispo de San Salvador, quién a esas alturas se había convertido en un verdadero líder religioso de renombre internacional, debía contar con el respaldo económico y político de quiénes a finales de los 70 y principios de los 80 detentaban el poder.

La campaña mediática, tanto antes de su muerte como después, que debió enfrentar el arzobispo Romero, formó parte de una conspiración que buscaba eliminar a opositores al sistema de dominación oligárquica.

Por esos mismo años, fueron asesinados también dirigentes sindicales, defensores de los derechos humanos, dirigentes políticos y otros sacerdotes, como el Padre Rutilio Grande, quién probablemente seguirá un proceso de beatificación similar al de Romero, tal como lo ha anunciado el propio Vaticano.

Muchos otros religiosos, quizás menos relevantes que Monseñor Romero, fueron asesinados también por un “odio a la fe”, por un rechazo a su labor pastoral, inspirada en la Teología de la Liberación.

Cuando el Papa Francisco confirma la razón del asesinato de Romero, no sólo asegura la universalización del pensamiento del Obispo Mártir, no sólo reivindica ante los ojos del mundo su lucha por los desposeídos y los “sin voz”, como él llamaba a los excluídos y marginados, sino que también, pone el acento sobre la irracionalidad de un sistema de dominación generador de pobreza y concentrador de riqueza, que no puede seguir existiendo en nuestro país o en cualquier otra parte del planeta.

A 35 años de su muerte, este sistema de dominación aún existe en El Salvador y aún mantiene un odio acérrimo a la fe.

Quizás este odio no es suficiente como para llegar al extremo de eliminar físicamente a sus opositores, pero si puede provocar, y de hecho lo está haciendo, la “muerte civil” de quiénes continúan denunciando los excesos del poder, de quiénes legislan y gobiernan contra sus intereses, y de quiénes amenazan su existencia como sistema de dominación en nuestro país.

Ahora la acusación de comunista ya no constituye un sello de muerte, como en el pasado. Pero si es expresión de intolerancia y de actitudes antidemocráticas que socaban a las instituciones y evitan la modernización de nuestro país.

No es casualidad que el partido que nació y continúa siendo instrumento de poder de la derecha oligárquica, mantiene una estrofa en su himno que es una verdadera apología de la muerte.

“El Salvador será la tumba donde los rojos terminarán” sigue siendo el anticipo de una guerra abierta, valiéndose de cualquier medio a su alcance, para evitar que la derecha oligárquica sea derrotada en sus intenciones de asaltar el poder del Estado.

Por más “rostros nuevos” que exhiban, por más declaraciones públicas que hagan de que no representan a los “políticos tradicionales”, el hecho que continúen recurriendo a prácticas viejas, y que su partido y su dirigencia mantengan el cordón umbilical que los une a una oligarquía que odia la fe, basta para no dar crédito a los cantos de una supuesta renovación partidaria.

El día que el odio a la fe ya no sea más el motor de sus acciones y decisiones políticas y que sus dirigentes y candidatos acompañen el martirio de Monseñor Romero, entonces los salvadoreños y salvadoreñas quizás podamos perdonarlos, confiar en ellos y hasta darles el voto.

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