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Group of smiling people clapping hands in the theater, close up of hands. Dark tone.

Me conmueven los aplausos finales

 

Por Wilfredo Arriola

 

La preparación es la cara oculta del artista. En las artes escénicas como en diferentes ramas de este, hay un tiempo de maduración de la obra, de tenacidad para encontrar la escena perfecta, el giro adecuado, la mirada correcta, la entonación del dialogo preciso, la cargada fundamental… tantos detalles creados en la previa del espectáculo y generalmente esos no se ven, descansan en la formación del ponente, así como también en su gimnasia espiritual.

 

La hora ha llegado y todos corren, algunos con vestuario, otros ultimando el calzado correcto, otros con minuciosidades, pero importantes al fin. El tiempo es corto y siempre asalta la duda de un pendiente, del olvido de algo que sabemos que se necesitará. El ensayo final previo a la participación, la iluminación a su tono, la confirmación de algunos invitados para la presentación, algunos mensajes en el celular sin responder con indicaciones finales: fecha, direcciones, horarios, cortesías, las disculpas de quienes no podrán asistir… El espectáculo amenaza, los nervios se suman, pero el profesionalismo de saber que todo estará bien habla con la mejor de las voces cuando todo es recurrente. Todo saldrá bien, se sabe o por lo menos eso se apuesta a creer.

 

El maquillaje de preparación se dispone, el espejo proyecta el personaje de la actuación de hoy. Todo saldrá bien. Se giran los perfiles en función de la vanidad, se revisa el peinado y esa parte ha terminado a pesar de su gravedad. Se anuncia la primera llamada a lo lejos y hay otro espectáculo de nervios dentro de sí. El mundo corre afuera, cada uno con su propia demanda, con su propia disposición. El escenario está listo, los lugares donde salir, el punto hasta adonde hay que llegar, que señal se debe de hacer… Se recuerda la escena más compleja, es la última se dice así mismo: “Giro derecho, mentón levantado, y la postura seca para su golpe final”. Se lo repite.

 

El bullicio de la expectación, ese sonido que son todas las voces y no representan a ninguna. Los últimos detalles en la dirección, el aviso y recordatorio que la confianza es lo que hace a los grandes artistas. Se lo repiten, se lo creen, lo saben y pronto habrá que mostrarlo. Tercera llamada, el mundo está aquí. Años, meses, lágrimas contadas a nadie, sacrificios, risas, lozanía en la presentación. Es hoy, es cuando el artista debe creerse la consigna de que es un artista. Suena el primer aplauso, el de cortesía, el que es gratis, el que ha sido ganado por estar, se respeta, pero no se disfruta, tensiona.

 

 

Lo sabes, lo haces, vuelve tu confianza en sí, eres tú, son todos los que han hecho tu trabajo contigo en el escenario, también los que han confiado y seguirán confiando en ti, los que te criticaron, los que con su comentario te hicieron madurar, aunque no fue de la manera correcta, eso te impulso. Los tuyos, los que sabes que están en cada una de las butacas no importándole quizá si lo haces bien o mal o con maestría, en ese momento el orgullo no les cabe en el pecho y sabes que en ocasiones lo dicen, otras veces se lo quedan y otras, no tendrán las palabras suficientes para confesártelo, algunos lo traducen en un abrazo, otras más, con lágrimas.  Ha sucedido: “Giro derecho, mentón levantado, y la postura seca para su golpe final”. Todo ha terminado, incluso mejor. Merecido.

 

Siempre me conmueven los aplausos finales. Me conmueven esas emociones encontradas, lucha, entrega, sacrificio, solvencia, tenacidad, orgullo, satisfacción de creer en el arte, ese que salva y que hace que el mundo por lo menos por un momento, uno solo, sea menos doloroso. Ese aplauso diferente, al del inicio, tendido, sincero… que en ocasiones no basta, porque conmueve tanto que es necesario ponerse en pie y en ese punto mirar al artista y darse cuenta de ese destacado instante. Si hay una mirada que vale la pena reparar en ella, es en la del artista que ha dejado de serlo por un tanto solo momento, y se ha convertido en el humano tras el telón. Siempre me conmueven los aplausos finales porque hay algo más que se esconde antes y ahí queda al descubierto, el verdadero sentido de la vida. La disciplina y el esfuerzo.

 

 

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