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martes , 17 octubre 2017
LUCIÉRNAGAS

LUCIÉRNAGAS

Alberto Pocasangre,
cuentista
Mercedes lloró anoche.
Nunca había llorado pero anoche lo hizo: tan bajo y tan íntimo que creí, mientras miraba la oscuridad de nuestro cuarto, que algún animalillo misterioso había entrado – junto al aroma de las veraneras y rosales – por la ventana abierta. Pero era Mercedes quien lloraba, no un animalito fantástico y desconocido que hiciera ese gimoteo débil, entrecortado y suave como si una lluvia fina o una bruma tenue se deslizara en su interior.
Mercedes lloró anoche. Nunca había llorado. No es que nunca haya llorado, es decir, sí lo ha hecho con las cosas que a todos nos hacen o hicieron llorar alguna vez: dolores, recuerdos, películas tristes, canciones, poemas de Lorca… pero ella lloró después que hicimos el amor. Y nunca había llorado en ese caso. No niego que me asusté cuando comprendí que era ella quien producía esos sonidos, pero como se supone que yo dormía desde hacía un buen rato, me quedé a la expectativa, pensando… pensando por qué lloraba ¿estaba triste? ¿alegre? ¿sufría? ¿temía? Con las mujeres jamás se sabe; sus lágrimas son variadas e infinitas en intenciones y causas. ¿Tan malo había sido mi desempeño? Estoy seguro que no, porque conozco el temblor, las manos estremecidas, los susurros y la explosión de luz en sus ojos cuando llega ese tsunami cósmico a nosotros. ¿Por qué entonces?
Media hora antes, cuando el tsunami había pasado, comprobé que Mercedes dormía y fui en silencio al baño, tratando de no despertarla. La luz del pequeño cuarto me cegó por un momento y entonces me acordé, así que fui al final de la casa, abrí a oscuras la puerta del patio y salí. Afuera hacía un viento tibio y las estrellas daban vueltas alocadas por encima de las macetas de veraneras y las canastas con rosas. Aspiré hondo y busqué en el suelo: ahí estaba, como las otras veces, una luciérnaga. Pequeña, tímida y sin hacer nada más que estarse quieta, esperándome. Yo sé que está ahí sabedora que yo saldré al patio y la tomaré con ambas manos, y que con tierno cuidado la llevaré dentro en donde se reunirá a las otras que han aparecido cada vez que Mercedes y yo hacemos el amor.
Fue algo que descubrí por casualidad la noche aquella hace dos años en que Mercedes me dijo que quería ser madre. Una idea fatal, pensé yo y sin responderle, salí al patio. Estaba desnudo del cuerpo y del alma. Esa noche encontré mi primera luciérnaga, la llevé al cuarto y sin contarle a Mercedes – quien se había dormido triste ante mi silencio – la guardé dentro de la gaveta donde guardo pañuelos y calcetines, la menos usada de nuestra cómoda de seis gavetas de las que Mercedes usa cuatro y yo dos, con el convenio que esas dos gavetas nada más las abro y cierro yo. A Mercedes le da igual, pues conoce mis manías y confía en mí como yo en ella: a ciegas.
Y cada vez que Mercedes y yo terminábamos un encuentro amoroso, yo salía al patio y colectaba una nueva luciérnaga que se iba uniendo felizmente a las otras dentro del cajón. Y digo felizmente porque nunca han querido irse. Varias noches he sacado la gaveta al patio y las he querido liberar. No quieren, se aferran al fondo del cajón, se esconden entre mis calcetines donde se alimentan quizá de las motas de tela. No sé. Sólo sé que aparecen cada noche en el patio después que Mercedes y yo nos amamos y que en esas otras noches en que nada pasa, en el patio no hay luciérnaga. Sólo eso sé. Y que cuando sí hay luciérnaga, la llevo amorosamente hasta la gaveta y la pongo al lado de sus hermanas, en silencio, para no despertar a Mercedes. Entonces brillan, brillan como cientos de soles que duermen entre mis calcetines y pañuelos. Brillan con tanta fuerza, que mi cuarto se ilumina: las paredes, la ventana, el armario y el rostro dulce de Mercedes, quien duerme hermosa.
En alguna ocasión he logrado sacar unas cuantas y las he puesto alrededor de la cabeza de Mercedes – quien duerme inocente – como una corona de brillantes. Es el espectáculo más bello que se pueda imaginar. Y entonces he tratado de ahuyentarlas, de espantarlas y que escapen por la ventana abierta. Nada más revolotean brillando por toda la habitación y regresan a la gaveta. Si está cerrada, se quedan encima de la cómoda hasta que me causan lástima y les permito entrar de nuevo. Son decenas en mi gaveta. Las contemplo con cariño y parece que ellas lo entienden. Por eso he dejado de lado la idea descabellada, inhumana, de liberarlas. Ellas no quieren. Quieren estar acá, como un fiel testimonio del pequeño amor que agita sus alas en esta casa y ¿quién soy yo para contrariarlas? Las veo y me ven. Es mi secreto, el único que tengo, aunque no sé por qué no le he contado a Mercedes, tal vez lo haga un día pero no sabría cómo explicarle, cómo justificar las más de doscientas lucecitas que viven en mi cajón. Ser dueño de este secreto no me hace especial, simplemente existe y trato de quitarme la culpa pensando que es un secreto que Mercedes ignora por voluntad propia porque jamás dejo con llave mis cajones.
Y así, cada noche, después de fundirme en uno con Mercedes, voy al patio y recojo una luciérnaga. Y me lo callo porque creo que Mercedes no lo entendería… está, desde hace tiempo, tan pensativa a veces. Y no puedo evitar ver como una sombra que cruza por sus pupilas. En ocasiones reprime la sonrisa, como si se acordara de algo o me mira de manera profunda, tan profunda que me hace temer que Mercedes puede ver mi interior y desnudar mi ser completo con una mirada. Está triste quizá. Y sospecho que le pasa desde la noche aquella de hace dos años en que me anunció, me rogó, me suplicó ser madre.
Esa noche nada dije y nada he dicho al respecto, nada más fui al patio a tomar aire y regresé con un secreto luminoso en la palma de mi mano. Y así desde entonces.
Anoche fue igual. Lo único diferente fue que Mercedes lloró de esa forma tan inesperada. Yo sabía que ya dormía y por eso me levanté al baño y a recoger la luciérnaga, la llevé al cajón y contemplé el brillo maravilloso como si pudiera – al asomarme a mi gaveta – asomarme al universo entero. Me acosté ilusionado, acariciando mi secreto y mirando hacia el techo sin ver nada. A la media hora empezaron los ruidos que creí primero ser de algún animalillo extraño y luego supe sollozos de Mercedes. No quise intervenir. ¿Qué pude hacer? ¿Qué decir? ¿Las palabras tontas de esas que decimos cuando no sabemos cuáles decir? ¿Quién soy yo para contrariar el llanto enigmático de la mujer que amo? Y, quizá, si hubiese intervenido, ni ella misma hubiera podido darme razones de sus lágrimas. ¡Cuántas veces sentimos cosas inexplicables que preferimos cargar a solas!

Anoche, Mercedes lloró.
Hoy, cuando regresé del trabajo, la encontré más contenta que de costumbre y tenía una chispa de pícara emoción en la mirada. Mis ojos me delataron como siempre y ella, riendo y segura de que yo sospechaba que algo había pasado, me contó como quien narra una broma estupenda:
– Hoy tarde decidí arreglar tus calcetines y pañuelos – y sin darme tiempo de respuesta siguió – me encontré con muchas, muchas luciérnagas en la gaveta. Las saqué al patio y las sacudí sobre las plantas: todas se fueron volando y brillando. ¡Parecían estrellas! ¡Dieron vueltas y vueltas a mi alrededor como pequeños cometas que querían besarme y se fueron! ¡Me dieron unas ganas locas de reír, de llorar, de saltar! ¡Me sentí tan feliz! ¡Como si toda la maldad del mundo se hubiera acallado! ¡Fue tan hermoso!
Mercedes me abraza con ternura. Un abrazo dulce y largo. Me suelta y me mira, sonriente. Toma aire y antes de que hable yo ya sé lo que va a decir, pues he comprendido por qué lloraba anoche y por qué las luciérnagas han marchado. Los ojos le brillan cuando dice:

– Vamos a tener un hijo.

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