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Escritor Dagoberto Napoleón Segovia

LOS DIABLOS MÁS OBSCENOS DE LOS INFIERNOS

Álvaro Darío Lara

En una larga carta dirigida al Taller Literario Xibalbá, fechada el 9 de junio de 1991, en Lille, Francia, un joven narrador coterráneo nuestro, y por aquellos tiempos exiliado, Dagoberto Segovia (1962-2006) firmada al final con el epíteto de “el diablo más obsceno de los infiernos”, en alusión, sin duda, a su prosa irreverente, satírica y marcadamente dominada por la permanente subversión a la moral tradicional mojigata y al concepto del cultismo literario. De igual manera, a su filiación al inframundo poético, en el sentido más amplio, de la agitada actividad de nuestro círculo literario tan contaminado de pasión por las letras y por las urgencias políticas de esos momentos.

Ese calificativo del “diablo más obsceno del infierno” es totalmente válido para su hermano de sangre, y hermano nuestro de palabra, el también narrador Valdemar Segovia (1964-2004), asimismo habitante ya de otras regiones más luminosas.

Conocí primero a Dagoberto, Dago, como lo llamábamos, en las reuniones de Xibalbá, que sosteníamos sabatinamente en el campus de la Universidad de El Salvador. Un muchacho delgado, usuluteco, trigueño, de cabello muy liso, y sonrisa frecuente, que de cuando en cuando se unía a la mayoría de los poetas, leyendo sus piezas narrativas, cargadas de salvadoreñidad, juguetonas, pícaras, como era su autor. Pródigas de ese doble sentido de connotación sexual, tan propio del humor nacional.

Sus personajes eran mujeres y hombres del pueblo, con toda la flor y nata de su expresión, donde el humor es tabla de salvación, frente a una realidad dolorosa, adversa. Y ahí estaba el ojo y el oído, de Dago, registrando el habla, el ritmo de ese universo coloquial lleno de imágenes y de metáforas.

Dago se iba haciendo escritor. Quizás unos metros detrás de él, pero con gran entusiasmo y con idéntica picardía, iba su hermano Valdemar, estudiante y obrero, de tez morena, de negrísimo y brillante cabello, y también de amplia sonrisa. Sus personajes literarios venían de ese mismo mundo, eran las voces del pueblo. De la picaresca.

Escuchándolos y leyéndolos a ambos, siempre pensé en los buscones de Quevedo; en los curas y barberos de Cervantes, en los mesteres de juglaría, donde todo es posible, donde el momento de placer, de vino abundante, luego es ensombrecido por la sorpresiva muerte, que nos encuentra en la esquina precisa, en el callejón previamente señalado.

Pero por aquellos años, años de compromiso revolucionario de los hermanos Segovia, y de tantos, la vida también asomaba su rostro bohemio, su momento de solaz.

En su correspondencia del 9 de junio del 91, existe una breve carta personal, donde da respuesta a una postal que le había enviado. Era una imagen del volcán de San Salvador y de unos maizales. Dago me decía en un fragmento inicial: “Álvaro, recibí tu postal abrelatas, bueno, la llamo así porque en realidad liberó mis recuerdos al ver aquellos maizales con el fondo del volcán, que tenía rezagados desde que me hace tanto daño recordar mi país. Y me hace daño no porque me esté afranchutando o, porque ya, ame, el paisaje europeo, no, lo que pasa es que la nostalgia, a tantos miles de kilómetros jode tanto que casi mata, y yo quiero vivir para volver a ver eso. Así fue como decidí meter todo en una lata que no se pudiera abrir tan fácilmente. Pero bien, me he dado cuenta que los recuerdos también transportan, y reconfortan”.

Y hablando del oficio del escritor, Dagoberto, nos expresaba en un apartado de la carta colectiva: “Yo considero que el escritor debe crear (la poesía también entra en cuenta), crear otros mundos, otras realidades, mas sin abandonar lo verosímil. Para mí que aquí es necesaria la locura, e imprescindible estar loco para crear ese otro universo. En la locura la verdad es más palpitante. No niego que la realidad da el material, eso es definitivo, pero es necesario que ese material se pase por el filtro de la chifladura, para quitarle seriedad a lo solemne y hacer mierda mitos, tabúes y prejuicios de la sociedad burguesa y sus engendros: los miserables y los ignorantes”.

Dagoberto y Valdemar, me atrevo a pluralizar, tenían una vocación indiscutible, y en esa ruta estaban por aquella época de juventud. Sin embargo, la vida, fue llevándolos en otras direcciones, no es fácil para el creador, ni en ésta ni en cualquier latitud. La personalidad del escritor es compleja. Ambos dejaron una obra dispersa en revistas y boletines, y en cuadernos inéditos. Sería justo que se compilara y editara su prosa narrativa.

Cierro estas páginas, ahora que los sobrevivientes ya peinamos canas, manifestando mi agradecimiento a la vida, por haberme posibilitado compartir tanta juventud, bohemia y poesía, con tantos y tantos amigos del pasado, cuyo trabajo valioso debemos sustraerle al tiempo que todo pretende llevárselo para siempre.

Quede para ellos mi recuerdo cuando reían, infinitamente, al leer sus propios textos, rodeados de todos aquellos jóvenes del ayer, que, en esa fotografía sepia, también aparecemos riendo, en esas tardes tan luminosas y vitales.

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