La Divina Raíz

Julio Enrique Ávila

 Seamos río aunque hayamos de llegar

al mar;

seamos rosa, aunque se goce el viento

en deshojar;

seamos jarro para guardar

el agua del sediento;

y aunque haya de flagelarnos el dolor,

seamos amor…

 

Inerme mansedumbre del cordero

sin garra ni colmillo,

ingenuidad del pordiosero

que floreció en humildad;

dádiva de la madre, santidad

en la miseria de la tierra,

y olvido del “tuyo” y del “mío”,

que será el olivo de paz frente a la guerra.

 

Mas no abrirá el loto su límpido lucero

sobre el cieno,

vía láctea fragante en el estero,

luz en la noche del pecado,

si no fuera el dolor de la raíz, el sereno

dolor de la raíz, que ha transmutado

el lodo en aromada flor…

Así ¡amemos el dolor!

 

Amemos a la espina y al torrente

desbordado,

amemos a la nube que nos roba el fulgor

de la estrella,

amemos al guijarro despiadado

que sella

de ignominia nuestra frente…

¡Amemos el dolor!

 

Fuente de agua salobre

que limpia la conciencia oscura;

pesada cruz sobre

la que el alma crucifica

sus miserias, hasta quedarse pura…

Si el amor glorifica

la ilusión,

el dolor es el divino

camino del perdón!

 

La vida es un dualismo doliente,

inexplicado;

tras el fruto maduro

se esconde la serpiente

y tras el pensamiento puro

atisba el pecado.

Hay en el alma un surco y un sembrador:

¡El amor de la flor,

pero el jardinero es el dolor!

 

El Salvador, 1948

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