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Los almanaques de Tonaca

Mauricio Vallejo Márquez

Escritor y Editor suplemento Tres mil

 

Soportaba como un estoico la polvazón de la Troncal del Norte por horas, sabía que al llegar comenzaba la diversión. En esos años reparaban la ruta que nos convenía mas de la Santa Clara hasta Tonaca. Íbamos en el asiento trasera preguntando a cada rato si ya estábamos cerca, haciendo de cuentas que no conocíamos la ruta de cada viernes al mediodía. Y es que Tonacatepeque para mí era una aventura, una aventura bella al lado de mi mamá Yuly y de mi papá Tony (mis abuelos paternos), así como de mi eterno amigo Jaime Escobar.

Claro que antes de hacer lo que más nos gustaba, debíamos de quitar toda la tierra de la entrada de la casa, sobre todo en tiempos de lluvia; y de prisa, antes de que atardeciera debíamos estar listos para la cena. La calle era de tierra, así que el agua y la tierra se proponían a tenernos entretenidos con el azadón y la pala. Debo confesar que llegué a disfrutarlo mucho y con solo recordarlo surge una sonrisa —me hacía sentir útil—.

Después la cosa era comer por tres días todas las delicias del pueblo: atoles, nuegados, pupusas, riguas, elotes asados, tamales… de todo.

Y por la noche comenzaba el esperado momento de revisar los almanaques, ir descubriendo los minerales, las monedas del mundo, sus banderas y mapas. Eran tantos que nunca logramos ojear su totalidad. Con Jaime jugábamos a aprendernos los países y sus capitales. Era como viajar. En una casa de Tonacatepeque emprendíamos el vuelo por todo el planeta. Nos imaginamos los climas y geografía a partir de las descripciones que había en los almanaques y revistas, en esos dorados tiempos en que conseguir la información tenía mucho de azar y esfuerzo. Tan diferente al hoy, cuando todo está a un click si tienes acceso al wifi o a los datos.

Sin dudas, ahora tenemos bibliotecas inmensas a la mano, además de conocimiento sin límites.

Santiago, mi hijo, me mostró hace un par de días una aplicación para celular que va mostrando la geografía del mundo. Cuestiona el nombre de cada país en el continente y uno debe adivinar, pero de tanto fallar uno se los aprende. Igual que una lección de Geografía en Ciencias Sociales. A mi hijo le agrada descubrir países, y sin pretenderlo me hace viajar en la maquinita del tiempo para recordar esas noches entre los viejos almanaques cuyas páginas amarillas cafesosas tenían un  olor tan parecido  a la vainilla.

¿Cuántas cosas compartimos?, me pregunto. E Imagino que mi papá también se emocionaba con lo mismo, como todo infante curioso. Ahora vuelvo a ser un niño redescubriendo América insular y el resto de continentes, y seguimos aprendiendo en este nuevo milenio. Mi hijo se divierte observando que me emociono, y me figuro que quizá lo hace de la misma forma en que me vieron mis abuelos, cuando a la luz de un candil recorrimos páginas y páginas de los almanaques polvosos y viejos antes de la hora fijada en que se consumía  la llama que iluminaba toda la casa.

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