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Las ranas y el andamio

Álvaro Darío Lara

Escritor y docente

 

Fechas atrás se celebró  el “Día Internacional del Libro”, acontecimiento propicio para revisar nuestros índices de lectura y nuestra política de fomento, de la más maravillosa invención de la humanidad, sea ésta digital, o bellamente impresa. Sin embargo, salvo alguna que otra actividad, tanto pública como privada, aún carecemos de una auténtica política.

Para muchos de nosotros, niños de ayer, nada era más agradable que la lectura de las fábulas, esos textos que se leían con intensidad en las escuelas y colegios, y que muchas veces aprendíamos de memoria.  El efecto moralizador de la fábula perdura en el tiempo.

Un popularísimo fabulista, ha sido el español Félix María Samaniego (1745-1801). De él, esta aleccionadora perla, titulada “Las ranas pidiendo al rey”: “Sin Rey, vivía, libre, independiente, /el pueblo de las Ranas felizmente./La amable libertad sólo reinaba/en la inmensa laguna que habitaba;/mas las Ranas al fin un Rey quisieron:/A Júpiter excelso lo pidieron;/conoce el dios la súplica importuna,/y arroja un Rey de palo a la laguna:/Debió ser sin duda buen pedazo,/pues dio su majestad tan gran porrazo,/que el ruido atemoriza al reino todo;/cada cual se zambulle en agua o lodo,/ y quedan en silencio tan profundo/cual si no hubiese ranas en el mundo./Una de ellas asoma la cabeza,/ y viendo a la real pieza,/publica que el monarca es un zoquete./ Congrégase la turba, y por juguete/lo desprecian, lo ensucian con el cieno,/ y piden otro Rey, que aquél no es bueno./El padre de los dioses, irritado,/envía a un culebrón, que a diente airado/muerde, traga, castiga,/ y a la mísera grey al punto obliga/ a recurrir al dios humildemente./ `Padeced, les responde, eternamente;/ que así castigo a aquel que no examina/ si su solicitud será su ruina´”.

Valiosa moraleja para el pretérito y contemporáneo soberano, en la delicada responsabilidad de ser no sólo elector, sino vigilante y activo ejecutor de su propio bienestar.

En un sentido similar, el también hispano, don Ramón de Campoamor (1817-1901), refiriéndose a la institucionalidad inoperante, que no tiene ni color ni sabor ni tiempo, dijo muy bien, en su fábula “El arquitecto y el andamio”: “Quitó el andamio Simón/después que una casa hubo hecho,/y el andamio, con despecho,/ exclamó: ´¡Qué ingrata acción´!/ A tan necia exclamación,/dijo Simón muy formal:/ ´Quitarte antes, animal,/ fuera imprudencia no escasa;/mas, después de hecha la casa,/¿hay cosa más natural`?”.

Por ello no extraña, el genial retrato, que nos dejó Darío de Campoamor: “Cuando se tiene en la mano/ un libro de tal varón, /abeja es cada expresión/que, volando del papel, /deja en los labios la miel/ y pica en el corazón”.

Apartar todo aquello que es piedra de tropiezo, que ya tuvo su tiempo, pero que se obstina contra sí mismo y contra todos, en continuar su vocación de obstáculo, es urgente.  Hay que desmontar  los andamiajes de doña Politiquería, y de su infaltable comparsa, don Latrocinio. Como los antiguos augures, debemos saber leer los reveladores signos de estos tiempos.

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