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LAS CADENAS NACIONALES DEL DICTADOR BUKELE SON SOPA DE PITOS

Por David Alfaro
4 de mayo de 2026

La expresión “dar sopa de pitos” en El Salvador no tiene nada que ver con lo que suena a primera vista. Es un modismo popular que se usa para decir: “engañar”, o “verle la cara a alguien”. El árbol de pito pertenece al género Erythrina, cuyas especies contienen alcaloides naturales (sustancias químicas) que tienen efectos sobre el sistema nervioso provocando somnolencia.

Las cadenas nacionales en El Salvador se han convertido en un instrumento recurrente del dictador Bukele para construir una narrativa política que se repite con notable consistencia. El formato es conocido: asustar con mensajes de urgencia, culpar a los gobiernos pasados y una serie de falsas promesas que apelan a las necesidades más sentidas de la población.

Sin embargo, el problema no es la existencia de la cadena nacional en sí, sino su contenido y su efecto real. Mientras el discurso insiste en que se están resolviendo los grandes problemas del país, muchas familias siguen enfrentando dificultades básicas: acceso a salud, educación digna, empleo estable y servicios esenciales como el agua. La brecha entre lo que se anuncia y lo que se vive en el día a día es cada vez más evidente.

En estas intervenciones, el señalamiento constante hacia ARENA y el FMLN funciona como un recurso político para mantener una confrontación que moviliza emociones, pero que no necesariamente ofrece soluciones concretas. Es una estrategia que desplaza el enfoque del presente hacia el pasado, evitando una rendición de cuentas sobre los resultados actuales.

El énfasis reciente en el tema educativo refleja otra dimensión de este patrón. Se anuncian mejoras, inversiones o transformaciones, pero persiste la duda legítima: ¿están llegando realmente estos cambios a las comunidades más vulnerables? ¿O se quedan en el plano discursivo, reforzado por la amplia difusión que garantiza una cadena nacional?

El mensaje que se desprende del contraste es claro. Cuando la comunicación gubernamental se convierte en repetición, pierde fuerza como herramienta de cambio. Las cadenas hablan, sí, pero no sustituyen políticas públicas efectivas ni resultados medibles en la vida de la gente.

El país no necesita más relatos bien estructurados. Necesita respuestas verificables. Porque cuando derechos fundamentales como la salud, la educación o el acceso al agua siguen sintiéndose como privilegios, el discurso deja de ser una promesa y empieza a percibirse como una deuda pendiente.

Y esa deuda, tarde o temprano, se vuelve imposible de maquillar con más tiempo al aire.

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