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La suciedad de la letra El shuco poético de Abigail Guerrero

Rafael Lara-Martínez 

New Mexico Tech, treat  

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Desde Comala siempre…

 

Muy pocos visitantes merodean por estos lugares.  Polvosos y alejados del mundo citadino donde yazgo muerto.  Tan muerto que todos los colores del arco iris de mi vida se vuelven letra negra sobre blanco al simple chasquido del teclado.  El oficio de pintor me está vedado por sus matices.  Mi muerte en vida perdura en una larga noche sin suplicio de estrella.

“¡Oh amigo, no hay amigos!  ¡Oh amigos, hay tan pocos amigos”.  Ya sé que “hablar con un cadáver” como el mío se vuelve “difícil”.   Se teme el contagio a la chuquía que despido al descomponerme.  Al hacerme humus, antes de retoñar, despido un halo sucio que me recubre de una pátina vaporosa.

Repelente en mi olor para los humanos, todos rehúyen de mí.  Me segregan a este sitio distante en el cual permaneceré todo el otoño e invierno de mi muerte.  No los incrimino; quizás yo haría lo mismo.   O, sin inculpar a nadie, quizás sea mi propio auto-exilio —mi decisión personal— la que me confina y aparta de los demás.  A ciencia cierta, no lo sé.

Ignoro la duración de esta condena en el destierro.  Pero mientras no me afecte una nueva primavera que me permita renacer en planta.  Mientras no florezca y produzca una fronda  verde y atractiva, seguiré en esta fosa todas las noches del mundo.  La habitaré desdeñado y sin más apetito que por una “semilla”.  Por una pepitoria que  germine en mí tan frondosa como al abrigo de una “piedra”.

Al principio me aterraba la idea de un sepulcro.  Como todos los vivientes, lo percibía como un fin.  Ahora sé que no es un acabose.  Pero se trata de una cuestión de perspectiva de la vivencia mortuoria.  Desconozco por qué razón no existe la palabra mortuencia, mortencia, que equivaldría a la vivencia.   El aprendizaje de la muerte es quizás más arduo y duradero que la experiencia de una vida.

Ahora observo que estar muerto es un simple “cambio de domicilio”.  Sin arbitrio al nacer, antes residía en un cuerpo humano.  En un cascarón que los Dioses me concedieron al azar en el instante mismo de reencarnarme.  Hoy esa cáscara se deteriora.  Se diluye a pausa lenta hacia la tierra reseca que me recubre como un traje marrón recién planchado, sin falta de medida.

Es obvio que me resulta incómodo despojarme de toda frontera.  Pero ya me acostumbro a disolver esta simple coraza en un abono vegetal.  La práctica que antes me causaba horror, desprenderme del cuerpo, la considero ya de un egoísmo sin par.  Debo aprender a mudar de organismo físico como a diario lo hacía de ropa.

Hasta el sabor del polvo —el gusto de las lombrices que me carcomen— comienzo a hacerlo mío.  Comienzo a saborearlo con deleite y lo aplaudo con goce.   En el escozor de la carne que se me descompone, me crece la esperanza de ser árbol.  Ya vislumbro las primeras raíces remordiéndome en cosquilleo los huesos desnudos.  Me imagino rama doblegada al fruto que una mano alcanza para el júbilo de su apetito.  Y la boca que a mordisco besará mis primicias vegetales.

II

Hacia estos pensamientos que se me arremolinan en la médula ahuecada, llega el libro Cuentos para beber con un huacal de shuco de Abigail Guerrero.  Consta de siete relatos que evocan mi condición de cadáver descompuesto y en transmigración natural.  Que convocan mi perfume de chuquía en la sustancia líquida que los unifica y se imprime como tinta indeleble en el papel.

Los relatos se llaman “Gris”, “María Iguana”, “Cerdorex”, “La inundación”, “Cabronilo”, “La semilla” y “Ciudad Nópticon”.  Hay una intuición que permanece en constante simbólica de todos los cuentos.  El título del libro agrupa los relatos alrededor de una bebida, el shuco, un líquido espeso hecho de maíz negrito fermentado al cual se le agrega alhuashte, una variante salvadoreña del mole verde mexicano, chile y frijoles.

La clave la proporciona la pepita de calabaza o ayote.  La semilla es el hueso de la fruta, la materia rígida y perdurable.  Por su firmeza pervive, como de los muertos queda un elemento pétreo que jamás se desintegra en la tierra: la osamenta.   El polvo de alguashte se prepara de “semillas de ayote tostadas”; así se  me calcinan los huesos sumidos en la sequía del desierto.  Morir es “hacerse pinol”, harina de pepitoria.  Eso soy yo ahora en mi caverna terrosa.

De este núcleo duro nace la generación por venir, al igual que la regeneración y la esperanza de vida del grupo social en su conjunto.  Pese a la represión, a la guerra y a la pobreza, de la semilla vegetal, de los huesos animales y de las piedras naturales, brota la utopía y la vida futura.   De ellos renace una escritura viva cada primavera.

En armonía al ciclo biológico, se bebe el atol shuco, la semilla de ayote molida, como se absorben los huesos triturados de los ancestros.   Ambos, alhuashte y osamenta, se espolvorean sobre la comida para que, al salpicarla con un color de suciedad, le recuerde al comensal su destino de humus.  Su sino de letra negra y de simiente.

Hay que saborear —inscribir en el saber del sabor— la herencia ancestral que uno recibe por un acto de depredación, al presente, despojado de toda unión mística.  Hay que adorar con el sentido del gusto la historia que a uno lo engendra en su propia identidad.

III

“Gris” narra la experiencia de una pareja de jóvenes enamorados.   Surgen del pantano para “efectuar la profecía” del éxodo.  La muchacha se teje el pelo como si de sus hebras brotaran “tela y hamacas”, los textos mismos de Guerrero.  Su hado no podría ser más contemporáneo; se trata de la migración y del exilio en boga que dan luz a lo nuevo.  Hay que escribir con las partes removibles del cuerpo para que, de sus desechos, surja la palabra.

“María Iguana” relata la simbiosis entre un pintor frustrado, Alberto Paniagua, y una planta que siembra en su casa.  Como en mi caso personal, las fronteras entre el ser humano y el mundo se diluyen.  Se disuelven hasta tal punto que ya no se sabe si el individuo y la sociedad humana en general son un simple apéndice de lo natural.  Somos el sueño (al)químico de la naturaleza.  Las letras que se tatúan, en el cuerpo y en la página, son el “ensueño” de la planta” que nos carcome al morir.   La planta en que se renace.

“Cerdorex”  cuenta le experiencia de Anselmo Cruz, un carnicero pueblerino y borracho, quien busca un cerdo mítico entre los miles de animales sacrificados en el rastro para celebrar la Navidad.  El nombre legendario del animal le otorga el título al relato, el cual Cruz imagina como el eslabón perdido de quien desciende la humanidad entera.  Durante la búsqueda redentora de Cerdorex, se encuentra con El Salmuerita, un criminal psicópata.  Ambos personajes comparten la idea mesiánica que sólo un redentor salvaría a los cerdos de su horrible matanza inhumana.  En la carnicería, el cuerpo descuartizado de Cruz se confunde con la carne porcina colgada para la venta.  Esta misma carne la consume su familia en un acto caníbal ignorado, sin ningún misticismo primitivo.

“La inundación” retoma el mito de la Leyenda de los Soles o Génesis  indígena.  Según esta narración clásica, la ciudad capital de San Salvador estaría condenada a sumergirse en el agua debido a un nuevo diluvio.  Las letras-semillas serían las lanchas salvavidas para que al cuerpo no lo ahogue un nuevo mar de violencia sinsentido.

“Cabronilo” narra una experiencia infantil que humaniza a un pollo, la mascota familiar, hasta que la despreocupación de los niños por el aseo la convierte en apetitoso plato de cena.  Hacer de un ser querido un alimento sería la moraleja ingenua que pocos adultos aceptarían como válida.   La letra sería el regocijo caníbal que absorbe al antiguo pariente para que la memoria sincera declare su satisfacción sin remordimiento.   De nuevo, como en “Cerdorex”, todo antiguo enlace religioso del comensal con la víctima lo disuelve el goce antropófago del consumo.

“La semilla” cuenta la historia de vida de un curandero embaucador y prestamista que utiliza las dotes de una niña para enriquecerse y engañar a un pueblo.  La “esencia especial” de la sociedad humana la expresa el “talento natural para el teatro”.  No importa que alguien sea un “hombre santo entregado al servicio de Dios” como el padre Francisco Xavier.  Siempre habrá otros que lo consideren “un traidor”.  Interesa el espectáculo monetario que se organiza para “el asombro de eventos insólitos”, los cuales se inscriben en la memoria pueblerina.  Y luego del pasmo, sucede lo de siempre.  La migración y el exilio, esta vez holgados y secretos, como los vaticina el “hechizo” de la riqueza.

“Ciudad Nópticon” es casi una novela en sí.  Narra la experiencia de Leónidas Potosme quien emigra luego de “transgredir las normas panópticas del sistema”.  En espejeo borgeano, su vida se desdobla en un clon cibernético, como se despliega también en “desfile de fantasmas” la existencia de todos aquellos “ensombrecidos seres” sometidos al mismo dictamen del sistema.

Hay dos mundos, “los dominios del Ordenador Único” y la “Ciudad Espectral”.  Vaticinaría que se trata de lo social y de lo individual, del dictado de la sociedad y del sueño personal.  Al huir hacia el ensueño, el individuo se duerme “en una ataúd” y, de su apariencia social, sólo queda un espectro ralo como el mío.

Esta dualidad de lo individual y lo social sería la esperada; pero me equivoco ya que la “Ciudad Espectral” desconcierta.  Me perturba en el momento en que el verdadero espectro resulta de un código de “símbolos ortográficos” tal cual las letras que escribo.  Al recibir un sino social por la escritura, el ser humano se vuelve un simple “holograma”, un clon o ente que se enmarca en un sistema de poder.  Los amos son quienes, tras el “Ordenador obicuo”, controlan el arbitrio de los clones, de los hologramas y de los seres humanos normales.  No hay escapatoria de la letra, ni vida verdaderamente humana fuera de la palabra que dictamina y otorga un rango.

IV

Este ramillete de siete cuentos se proyecta hacia mi yo-muerto, despedazado, como pocos humanos se acercan a mí.  Y me confirma que mi esperanza no es vana.  Soy harina de pinol que se espolvorea en el atol de shuco de una ciudad remota.  De una ciudad distante que me guarda en el olvido de la muerte.

Soy polvillo chuco.  Al disolverme en las primeras lluvias del invierno ensombrezco y mancho la página en blanco de un escrito.  Lo único que queda de mi breve paso por el mundo humano es la letra grabada en el árbol que en lápida me arropa.

Soy la suciedad de la letra que al instante se inscribe por un designio extraño a mi arbitrio.  Eso y otras máculas más de lo que soy me enseña la lectura de Abigail Guerrero.

El siglo XXI carece de todo sentido de lo sagrado.  Del sentimiento primitivo de lo sacro, sólo perdura el consumo voraz que se regodea en la satisfacción depredadora y antropófaga.  Que se deleita en la obtención justa de recursos naturales y humanos cada vez más escasos.

Pero ahí reside mi esperanza.  En breve, alguien me absorberá molido en alguashte para reiniciar, en sus labios untados con la harina de mi carne, el ciclo de las ascensiones biológicas.  O quizás tal retorno sería una condena para quien, desde lo hondo de la tierra, declama la liberación de todo ser como la única posible.  ¿Será posible?

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