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La forma social de la pandemia (2)

René Martínez Pineda
Sociólogo, UES

Si bien es cierto que, bajo el signo de riesgo social, la pandemia ha destruido las expectativas más alegres de inversión social, hay que precisar que la crisis económica que se vive no es generalizada, en el sentido de que hay algunos sectores que incluso están creciendo, sobre todo aquellos que tienen operatividad digital y los que están en el rubro del que llamo capitalismo solitario (el capital que busca producir sin humanos y sin relaciones humanas preeminentes) o constructor de burbujas de producción asociadas, directamente, con la zozobra generada por el riesgo social ya mencionado. Esa misma lógica de zozobra pertinaz implica a las organizaciones de la sociedad civil, las que, en los últimos meses, han visto la recreación de un escenario contradictorio. Sin embargo, la zozobra puede ser una hojarasca positiva porque pueden usarla para construir conciencia social y ampliar la organización popular de modo tal que el pueblo ingrese, realmente, en las instancias de Gobierno.

Viendo la pandemia como una forma social signada por el riesgo (social y político), es evidente que la zozobra -como oportunidad colectiva- se mezcla con la crisis económica y, en medio de ambas, las decisiones políticas juegan un papel crucial. Entonces, la irrupción de una zozobra galopante estará inmersa –para solventarse o para acrecentarse- en coyunturas sui géneris en tanto singularidad sociológica que desembocará en las llamadas “fiestas después de las pestes”. Lo que no está claro es quiénes serán los invitados a la fiesta.

Y es que la historia planetaria nos enseña que todas las pandemias fulminantes –sin excepción- siempre se cierran con una fiesta y, en los últimos cien años, el anfitrión de dichas fiestas ha sido el capital. La del COVID-19 no será la excepción, según parece, y de que así fuera se encargaron los gobiernos mercantilistas que le dieron prioridad a la economía, y no a la salud. No obstante, yo considero que las cosas –públicas y privadas- van a seguir mal por un tiempo. Haber creado múltiples vacunas –en medio del miedo colectivo y en menos de un año, lo cual es un hito indecible- le dio una nueva connotación al término “en tiempo real”. Sin embargo, no hay que olvidar que es necesario producir miles de millones de dosis y, durante ese proceso, “terapear” a la gente y desacreditar todos los mitos para que acceda a ponérsela. No hay que olvidar que para lograr la llamada “inmunidad colectiva de laboratorio” (“inmunidad de rebaño”) al menos la mitad de la población debe estar vacunada. Mientras eso no ocurra, el virus continuará circulando y, sobre todo, mutando.

En ese sentido, no es aventurado ni pesimista afirmar que, en distintos grados de intensidad, estamos predestinados a sufrir, en cara propia, y a vivir, en cárcel aún más propia, una hojarasca extraña –que tendrá de miedo y tendrá de resignación rebelde- atiborrada de mascarillas, alcohol gel y cuarentenas recurrentes al menos todo el 2021. Tan sólo después de esas recurrencias “cuarenténicas” y vacunaciones masivas se podrá imprimir la tarjeta de invitación a “la fiesta del día después de la peste”, la cual llevará el sello de la inmunidad colectiva, no importa si dicha inmunidad se logra derrotando al virus por cansancio (porque ha infectado a la suficiente cantidad de personas como para que deje de ser tan temible y letal) o a través de la vacunación tan sistemática como masiva de la población. La fiesta –ya suponemos quién será el anfitrión- será el aliciente para buscar y proponer mecanismos de recuperación de los nocivos efectos sociales, económicos, políticos y psicológicos. Solo para mencionar los efectos más lamentables con el objetivo de que se tome conciencia de ellos, diremos que en el país: miles de personas están sin empleo y otros miles más tienen medio empleo; miles de pequeños empresarios han cerrado sus negocios sin tener los recursos económicos para volver a abrirlos; miles de niños y jóvenes han puesto en pausa sus estudios porque no tienen los recursos financieros para continuar con las llamadas clases en línea que, por mérito propio, son la nueva forma de exclusión social; miles de personas seguirán siendo espectros silentes en las funerarias sin pan dulce ni café. Superar todos estos resabios escatológicos (en lo económico y humano); minimizar el riesgo social desde las políticas públicas con rostro de pueblo; y hallar soluciones creativas para los problemas generados por una pandemia como forma social no será algo rápido. Puede ser más o menos doloroso –dependiendo de cómo cada país haya afrontado la lucha contra el virus-, pero en todos los casos no será un proceso rápido y expedito.

Y es que si, desde la sociología de la nostalgia, sistematizamos –por su duración, impacto y tenebrosidad- las pandemias planetarias de los últimos mil años, nos daremos cuenta de que el factor común siempre es la lentitud en la superación de los daños sufridos, no importa si el período intermedio de tiempo –antes y después de la peste como peligro inmediato- es exitoso. Siendo así el escenario generalizado, de la pandemia actual se puede afirmar, sin ningún tipo de reparos ni manipulaciones políticas emergentes, que reviviremos las cuarentenas del año 2020 (unos países más que otros) y que la salida del largo túnel (la post-pandemia) está en el año 2023, por lo menos, siempre y cuando las vacunas no se conviertan en un negocio privado en cada país, tal como pretenden los grupos neoliberales locales.

Ese optimismo pesimista –o ese pesimismo optimista- en cuanto a la entrada en la post-pandemia (la cual seguirá teniendo una forma social) se debe a que las pestes no son nuevas para la especie humana (y todas ellas han sido un factor significativo para el crecimiento y renovación de la arquitectura, la medicina, la cultura, la religión, las relaciones sociales, los valores y creencias colectivas, los imaginarios de futuro), pero sí son nuevas para nosotros que, seguramente, no vivimos la pandemia de la gripe española (1918-1920) ni bailamos en la fiesta que organizó en los albores de 1921, sin presentir la enorme crisis económica que se le venía encima al mundo y que provocó, en muchos millones de personas, que el mundo se les viniera encima.

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