C LARABOYA
Álvaro Darío Lara
Quiero agradecer en este día tan especial, en que Carlos Godoy, presenta su libro “Poeta extraviado en la bruma” publicado por CELDAS Ediciones, con portada e ilustraciones del artista Renacho Melgar (1980), la confianza del autor, al depositar en mis manos sus treinta y nueve textos que integran el presente volumen poético. Y desde luego, la hospitalidad de una institución cultural tan importante y respetable como el Museo de la Palabra y de la Imagen (MUPI), al ofrecernos tan apropiado escenario para el lanzamiento del libro.
Este es un libro, donde Carlos Godoy, entusiasta gestor cultural, nos ofrece una palabra que ha sido cuidada y trabajada, a lo largo de los años, bajo los imperativos propios del lenguaje poético, que, ante todo, exige vocación y luego, oficio. Devoción incondicional al ejercicio, a la lectura, a romper muchos versos, para ir cuidando los más logrados, que, por milagro del arte, constituyen la perfecta unidad del poema.
Asistimos a una época donde el facilismo, el autoengaño, el afán de nebuloso protagonismo, pretende vender metales viles por oro.
Hace ya un tiempo escribí que la poesía no es un espectáculo. La poesía obedece a una necesidad íntima, urgente, insoslayable, y se gesta en el silencio, y se trabaja también en el silencio. La poesía no está casada con los masivos recitales, ni es una ruta turística de locación en locación. En esto se pierden muchos.
No ser llamado por la poesía, no debería verse como una tragedia; obstinarse en buscarla sin ser escogido por ella, como ejecutor visible, esto es, poeta, constituye una pérdida de tiempo. Y el tiempo es implacable. Siempre se encarga de situar a todos en el lugar que les corresponde.
Algo similar a lo que ocurre ahora, pasó entre nosotros en los tiempos de la guerra civil, donde parafraseando a Neruda, eran tantos los poetas, que a los lectores había que irlos a buscar al espacio sideral.
Por ello, qué bueno que nuestro autor, Carlos Godoy (Quezaltepeque,1986), se acerque a la poesía con ese reconocimiento y dedicación que revelan sus versos.
Versos sentidos, articulados, ambientados, en el recuerdo imperecedero del poeta y combatiente revolucionario Amílcar Colocho (1965-1990) su pariente querido, y nuestro amigo plenamente resurrecto en su obra, y en la obra de Carlos Godoy.
El primer poema del libro (“Temprano canto en la madrugada”) condensa, en mi opinión, la poética del desaparecido Amílcar, la poética que vuelve suya, Carlos, para sostener su poesía a lo largo del volumen.
Una poesía que no se queda en la recreación; no, se ampara en ella, para dar origen a la propia palabra.
Y la memoria del amigo, se transfigura al encontrarnos con términos, con conceptos que nos devuelven a esa mitad de la década del ochenta: transiciones, tarea, columna, estrella, patria, futuro, fusiles, muerte. Una poesía de las aparentes dualidades: oscuridad/muerte-luz/esperanza.
Los escenarios silvestres, tropicales de El Salvador; la honda presencia de la noche y la madrugada; el volcán, las caminatas interminables, el sigilo, el camuflarse, el mimetizarse.
La filosofía entonces, de las orquídeas, que expresa el poeta Godoy. El engaño de la planta a los insectos machos, fingiendo olores, para atraerlos y volverlos agentes polinizadores.
Las orquídeas que tanto fascinaban a Amílcar.
Y es entonces, cuando me asalta el recuerdo del poeta ausente: en esas reuniones de los sábados en la Universidad de El Salvador, donde Amílcar asistía, no frecuentemente, como los otros, sino siempre bajo ese código orquídea; y donde hablaba sólo su silencio, sus ojos, su sonrisa de lado, su negro y lustroso cabello; rara vez una participación, y si acaso, una frase. Y vuelta al silencio.
Para mi gusto de aquella época, era un compañero extremadamente callado, de fuerte presencia, como si anduviera permanentemente una retenida tormenta interior.
Su antípoda era el poeta Otoniel Guevara (1967), reidor, conversador, burlón, hiperactivo. Amílcar era lo contrario. Y ambos eran muy amigos, amigos desde sus tiempos del bachillerato agrícola.
Tres recuerdos últimos tengo de Amílcar. El primero, cuando varios miembros del Taller Literario Xibalbá, no cabíamos en el auto de David Morales, Amílcar me cargó sobre sus piernas, entre risas y bromas de todos; la segunda vez, cuando nos saludamos en las cercanías de la Embajada Americana, si la memoria no me traiciona, antes de la Ofensiva guerrillera de Noviembre de 1989; y luego el día que me entregó unas revistas que Otoniel me enviaba desde Honduras, donde se había refugiado; esto en los tiempos que Amílcar estudiaba la carrera de filosofía en la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” (UCA). Esa fue la última vez que lo vi.

El extravío es una pérdida del rumbo, una desorientación. La bruma, una niebla muy fina. Extraviarse en la bruma es lo más lógico. Todos nos hemos extraviado en algún momento para encontrarnos, para dar con el verdadero camino, probablemente el extravío se vuelve necesario para posibilitar el desarrollo y la madurez. Muchas veces sólo perdiéndonos nos encontramos.
En una ocasión nuestro querido dramaturgo y narrador Álvaro Menéndez Leal (1931-2000) me dijo que nadie sabía lo que se encontraba detrás de un verso, de un poema, todo lo que su autor tuvo que vivir para llegar a él.
En ocasiones la vida se vuelve como un laberinto o como un cuarto de espejos, donde al final no nos reconocemos, ni damos con la salida.
Toda esa generación que se entregó por la utopía social tenía o tuvimos algo de extraviada. Había mucha bruma interior y exterior. Muchos espejismos, era difícil distinguir entre lo real y lo ficticio. Muchos monstruos, muchas agitadas aguas, nos asediaban.
Sin embargo, al final, sobrevivió el testimonio y la palabra. La palabra poética que este día nos ocupa, la palabra de Amílcar, una voz joven, que estaba construyéndose apenas, pero que fue capaz de ofrecernos su códice más auténtico.
Qué gran privilegio, celebrar, entonces, otro código, y otra palabra, la de Carlos Godoy en este nuevo libro de mucha memoria, pero también pletórico, de mucha prometedora luz.
(*) Palabras de Álvaro Darío Lara el 18 de julio en el MUPI, con motivo de la presentación del libro “Poeta extraviado en la bruma” de Carlos Godoy.
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