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La tiranía del espejo

Por Zoraya Urbina*

¿Cuántas veces nos hemos mirado al espejo y nos hemos criticado, minimizado o juzgado, sin lograr reconocer la belleza que es inherente a cada ser humano, a cada ser vivo? Esto ocurre porque los estándares de belleza que cargamos, en la mayoría de las ocasiones, son impuestos desde fuera y no decididos conscientemente. Nos dictan qué es bello, qué es adecuado, qué es aceptable y qué no.

Actualmente, vivimos bajo el imperio de una tiranía estética que nos impone cómo debemos lucir, qué debemos vestir, comer para estar en línea con el entorno, ignorando que esos cánones de belleza supuestamente “perfectos” son, en realidad, trampas de consumo inalcanzables, diseñadas para mantenernos en una insatisfacción constante.

Se impone, veladamente, que el cuerpo es como un traje que compramos en una tienda y que debe mantenerse intacto con el paso del tiempo, porque las arrugas, las canas o las líneas de expresión no están bien vistas. Y con esto no digo que esté mal que cada quien decida lo que le viene mejor de manera individual, siempre y cuando esto no afecte su autoestima o su salud.

Quienes recetan “la perfección” olvidan que el cuerpo es nuestra casa común individual, el vehículo que nos transporta temporalmente, si consideramos que somos seres espirituales habitando corporalidades pasajeras. Sin embargo, pasamos gran parte de la vida peleando con él, intentando encajar su diversidad en moldes estrechos y ajenos que ignoran nuestra propia naturaleza humana, la cual es rica, justamente, gracias a la diversidad de personas, cuerpos y cosmovisiones.

En esta imposición de lo que es perfecto o correcto es, sobre todo, a las mujeres, a quienes se nos ha impuesto históricamente una doble carga: no solo debemos cumplir con los comportamientos y roles socialmente esperados de nosotras, sino que además debemos moldear nuestra corporalidad para complacer la mirada externa.

Rebelarse ante el dictado del “cuerpo perfecto” es, hoy más que nunca, un acto de justicia y de salud mental. No podemos permitir que el mercado decida cómo queremos vernos. Y no hablo de justificar el descuido del cuerpo, sino de defender que el amor propio, la estima y la valía interna no deberían ser permeados por intereses comerciales ni por imposiciones sociales que solo buscan imponer patrones, crear consumidores y mantener a la gente manipulada; personas incapaces de expresar lo que sienten o quieren, dedicadas únicamente a consumir y a tratar de encajar en moldes que no son reales.

¿Quién no ha leído noticias de que las “súper modelos” son, en realidad, personas que dejan de comer por días, que horas antes de los desfiles no prueban una gota de agua y que, si suben un par de centímetros, son sometidas a dietas poco saludables, a miradas de juicio, reprimendas y hasta expulsiones? ¿Quién no ha visto a esas “súper influencers” que graban videos en la playa para contarnos lo lindo que es el mar, el clima o la piscina, pero que son incapaces de darse un chapuzón porque no quieren “arruinarse” el alisado?

La vida es más simple que eso. Es más sencilla. La vida, considero, se trata de amar el cuerpo que tenemos, de cuidarlo, de alimentarlo bien y de mimarlo (lo que pasa por comer saludable, pero también por darse un antojo de vez en cuando).

Se trata de moverse, de disfrutar, de sentir, de respirar, de hacernos uno con el entorno, de mojarse, de sudar, de no ser perfectas. Se trata, al final de cuentas, de ser humanos: seres hermosos en nuestras diferencias y perfectos en nuestras imperfecciones.

*Puedes encontrar material de la autora sobre mujeres, resiliencia y bienestar en: https://www.youtube.com/@ZorayaUrbina

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