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La encrucijada de la sociología: ¿qué hacer? (2)

René Martínez Pineda
Director Escuela de Ciencias Sociales, UES

Alinearse con el capitalismo –incluso escondidos en ropajes nuevos y pulcros (nuevas jerarquías académicas o denominaciones falaces de la teoría social y de la acción) y en un lenguaje revolucionario o popular- se ha convertido en un modo de vida que deja buenos réditos (económicos y de prestigio social), tanto a los políticos como a los sociólogos, alineamiento que tiene formas teóricas y políticas que saben usar el silencio o las palabras complejas y vacías –et universa verba vanae- para evadir eficazmente la memoria histórica: “el candidato presidencial Carlos Calleja, por ejemplo, evade la responsabilidad de clase en los muchos genocidios y en el magnicidio de Monseñor Romero”. Así, las formas políticas y teóricas del modo de vida de los políticos y sociólogos alineados con la burguesía –forma de resolver el camino a tomar en la encrucijada poniendo de excusa a la tecnología, como si esta tuviera vida propia- se traducen en coartadas electorales, personales y hasta epistemológicas que tratan de tapar el hecho de que han vuelto su cara, corazón y cerebro al norte, a la privatización de la vida, a la expropiación de la utopía, a la mutilación de las alas del pensamiento crítico, todo bajo el manto de la llamada pos-verdad científica en oposición a la pre-verdad crítica.

Esa pos-verdad es la que habla de: globalización, para no decir la mala o vetusta palabra “imperialismo”; socialdemocracia liberal (lado derecho del socialismo o lado izquierdo del capitalismo, para perifrasear a Gramsci) para no hablar de revolución; monetarismo como imaginario y símbolo colectivo, para hacer buenos y atractivos, electoralmente, a los políticos de la derecha más reaccionaria que, como plusvalía alegórica, son empresarios del mayoreo que buscan conquistar a las mayorías; centro político como purgatorio insalvable y políticamente inicuo, pues se convierte en cementerio de elefantes y de héroes populares; clase media como falacia de la conciencia de clase, la cual es una tétrica readecuación de la movilidad social licitada por el funcionalismo porque la clase media no está medio de nada; redes sociales como antídoto eficaz de los movimientos sociales y como asesino que convierte a la solidaridad orgánica en su Whitechapel; historiografía newtoniana como némesis del proceso histórico, hasta llegar el límite de ponerle un apellido al socialismo para olvidar su genealogía revolucionaria.

La impaciencia como argumento teórico-político para optar por el camino de la derecha –el más ancho de la encrucijada- es la que motiva a “hablar mal” de la Cuba de Fidel y de la Venezuela de Chávez y Maduro; es la que hace asegurar que Marx está desfasado y que la plusvalía relativa es el futuro inevitable; es la que lleva a mostrar indignación con las limitantes de las opciones populares y a ser benévolos con los masivos fracasos del capitalismo (mil millones de personas viven con menos de dos dólares diarios) y eso hace de la sociología una ciencia obediente, sumisa, cómplice o resignada a la repetición memorística. La otra opción –la del camino de la izquierda- no se deja cooptar ni sodomizar; lucha codo a codo con los pobres para que sean sujetos de estudio, no objetos; resiste, vive intensamente su compromiso; hace de la nostalgia un recurso sociológico, sale a la calle, asume una posición política, es voz ideológica, es crítica de la crítica de los críticos posmodernos, imagina el fin de lo que se presenta como que no tiene fin (el capitalismo); hace que el pasado pase y que el futuro se quede, construye una epistemología sur, tiene una noción relativa del tiempo-espacio, estudia al ser humano como una totalidad cuerpo-sentimientos.

En otras palabras, los problemas a los que se enfrentan los políticos y sociólogos rendidos frente al capital son creer estar en la posición de avanzada científica, no obstante: ser críticos sin dejar de ser sumisos, imaginar una sociedad distinta al capitalismo sin salirse de él, al estilo de Comte; atacar ferozmente al socialismo desde las cifras alegres y promedios impersonales del capitalismo que ocultan la injusta distribución de la riqueza, defender la ciudadanía como un logro de la modernidad sin reparar que esta no existe en la piel de los indigentes, quienes solo se la imaginan desde los reflejos en las vitrinas (eso funciona en ellos y en los que ha sido seducidos por la teoría social reaccionaria); imaginar el socialismo como una política de beneficencia del capitalismo para que se haga realidad el mundo feliz del que habló Huxley que se parece al mundo prometido por los candidatos presidenciales, para quienes el cambio histórico es un simple cambio legal que no se sale de los límites trazados por las instituciones burguesas, con lo cual se desmoviliza a los sujetos, aunque se tomen las calles o viralicen sus rudas denuncias en las redes sociales.

La coexistencia no pacífica de dos opciones para la sociología –que podrían ser tres para la política si se consolida una tercera fuerza- es lo que en la actualidad signa a las universidades. Coexisten, pero son antagónicas en los constructos que las fundamentan y, en el caso de los partidos políticos, muy distintas en los tipos de liderazgos y pactos sociales que buscan hacer con la población. La sociología con perspectiva de clase se ve enfrentada con la etérea sociología transclasista (sociología burguesa con piel de oveja) que propone que todas las clases pueden ganar en la cancha del capitalismo (pero sin ser un empate), lo cual es un absurdo que puede definirse como lo burgués-popular. Ese absurdo busca sustentarse en las transferencias monetarias del Estado hacia los más vulnerables (subsidios) sin resolver el problema de la injusta distribución de la riqueza, por eso no brinda los frutos electorales que se esperan con lo cual se instaura una paradoja.

Más allá de todo lo planteado y debatido en torno a la encrucijada que enfrenta la sociología salvadoreña, los datos nos indican que cualquier pacto social o arreglo temporal es irreal o cuando menos frágil, pues la lucha de clases sigue abierta y mutando continuamente, subsumiendo en el capital todos los tipos –presentes y pasados- de explotación, multiplicando los conflictos y las desilusiones -en la política-, y los absurdos teóricos y falacias -en la sociología-, dejando al pueblo, en ambos casos, en un largo y sinuoso intervalo de legitimación de sus intereses que, por momentos, no parece viable reivindicar. Desde el vórtice de la encrucijada, febrero de 2019 puede ser simbólico y aleccionador, tanto para la sociedad como para la sociología salvadoreña.

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