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La democracia ha sido un espejismo. El pueblo ha estado ausente de ella.

EL PORTAL DE LA ACADEMIA SALVADOREÑA DE LA LENGUA

LA DEMOCRACIA HA SIDO UN ESPEJISMO. EL PUEBLO HA ESTADO AUSENTE DE ELLA.

Por Eduardo Badía Serra,

Miembro de la Academia Salvadoreña de la Lengua.

Todo sistema político debe tener como objetivo

el lograr una auténtica realización del hombre

dentro de la sociedad, que le permita arribar a

un estado de plena felicidad.

Juan Pablo II, Diálogo entre las Culturas.

Pero veamos. Es necesario dar un salto en el tiempo y en el espacio. De otra manera, no terminaríamos nunca de expresar la idea, que, claramente la repito: “No digo que el país no pueda ni deba vivir en democracia. Más bien, digo que debe verse la democracia como una de las formas de gobierno posibles, importante, por cierto, hay que decirlo. El asunto es que El Salvador no está listo para la democracia; ni tiene las condiciones para su desarrollo real, ni los elementos necesarios para sostenerla cuando llegue”. Primero, hay que poner en orden el país, orden y libertad, como he dicho, y luego podrá verse con más claridad cuál es el sistema político que le conviene, la democracia, uno de ellos, y no sólo, dogmáticamente, como se pretende, el único. Esta visión es precisamente la que ha llevado al desorden y convertido esa nuestra democracia en un sistema de fachada, en una democracia sólo formal. En ello, el abuso del Derecho y las leyes como paradigma de vida ha tenido una gran responsabilidad. Los que defienden el derecho y las leyes lo hacen obtusamente, probablemente presionados por su misma condición de abogados, sin comprender que también hay vida fuera de ese pequeño mundo, y que hay visiones diferentes a las de ellos que deberían respetarse y considerarse. Un claro ejemplo es la justicia, que debe prevalecer sobre lo legal, recogiendo aquél hermoso y profundo sentido moral que le impregnó Kant en su Crítica de la Razón Práctica, cuando hace la radical diferencia entre lo legítimo y lo legal, siendo lo primero aquello con lo cual puede lograrse la realización de su famoso Imperativo Categórico, y no lo otro. Lo legítimo, recordemos, es necesariamente moral; lo legal, no. Es esta excesiva predisposición a la defensa del derecho y de las leyes, sin considerar nada de lo que sucede en el entorno, lo que limita, parcializa, sesga, y hace insuficiente el análisis de la realidad, y con ello, enmascara sus posibles reales soluciones.

Demos un salto, pues, desde el ”tiempo guía” hasta Montesquieu. Nada se pierde con ello. A Montesquieu se le cita con harta frecuencia cuando se habla de la famosa separación de los poderes. Esta separación es sagrada para nuestra Constitución y nuestras leyes. Pero quienes aluden a Montesquieu se olvidan de interpretarlo y conocerlo holísticamente. Montesquieu dijo otras muchas cosas interesantes. Él, efectivamente, reconoce tres clases de gobierno: República, Monarquía y Despotismo. Pero Montesquieu, contrario a lo que común y ligeramente se dice, no creía en la República, y ello simple y sencillamente porque “el tiempo de las repúblicas ha pasado…..las repúblicas sólo se mantienen en la mediocridad general, y los ciudadanos de las repúblicas se contentan con poco para ser felices…..la República retrocede a la lejanía de la historia: Grecia y Roma”. Para el francés, esa síntesis ideal y armónica entre gobernantes y gobernados tiene poca probabilidad en la realidad, y se limita demasiado en su práctica. Y señala una exigencia ineludible para que la democracia y la República funcionen en la realidad de acuerdo con su doctrina: La educación, que en ellas “tiene un puesto privilegiado”. ¿Podemos pensar nosotros acaso en que disponemos de esa exigencia ineludible de la democracia que se llama educación? Montesquieu ama, pues, la democracia, pero la sacude. Exige la conversión moral de los hombres que la ejercitan; la iluminación del bajo pueblo por sus principales para evitar que el poder llegue a las masas insensatas y pasionistas; y educación, una educación que haga de la vida, de la escuela y de la familia una sola cosa. Así hablaba Montesquieu. No sólo hablaba de los tres poderes. Hablaba más globalmente, más íntegramente. Preguntémonos, estimados lectores, si nuestro país, en su aquí y ahora de desorden, caos y corrupción, de su “sálvese quien pueda”, de su precariedad cultural, etc., etc., etc., está listo para la democracia; porque, como ya he dicho, hay que hacerse preguntas, hay que preguntarse.

Hablemos ahora de Latinoamérica. Gabriela Mistral, la dulce chilena, llamó a este subcontinente, “el continente calco”. Coloquemos una primera premisa de entrada: Latinoamérica no es Asia, ni África, ni Oceanía, e incluso, no es Europa. Pero trata, sin lograrlo, por supuesto, de serlo. De allí la frase de la dulce poeta. En América Latina, dos siglos de experimentos democráticos no han logrado cuajar. “Hay en ella capitales hermosas y bellas urbanizaciones, junto a poblaciones que surgen como los hongos, hechas con pedazos de latas, tablas viejas, y otros materiales surrealistas. En suma, hay gentes paupérrimas y un descontento general, a veces furioso”, decía el chileno Antonio de Undurraga ya en 1961. ¿Ha cambiado algo? No lo parece. Antes bien, creo que las condiciones que señala Undurraga se han extremado. Entonces, ¿Para qué ha servido la democracia, con sus constituciones llenas de cláusulas pétreas, con sus tantísimas leyes, con sus tres poderes separados, con sus pretensiosas instituciones, con sus pesos y contrapesos, con sus……..? Undurraga señala una característica de nuestras democracias que es muy real. Habla de lo que él llama “Operación Cuchara” como una de sus principales características, esto es, de depredar el Estado teniendo una “cuchara” para participar en la olla de los dineros fiscales. Este es, ni más ni menos, el subdesarrollo económico disfrazado de “juego democrático”.

Un gran intelectual argentino, José Ingenieros, hace, en los comienzos del siglo XX, un menudo retrato de las democracias en Latinoamérica. Para él, el mayor enemigo de la democracia es la mediocridad, y lo único que puede salvarla es una “aristocracia del mérito”, pero esta “aristocracia del mérito” no es producto de los linajes y de las conveniencias políticas, sino una condición que se va conformando por “nobleza natural evolutiva”. No es cuestión de privilegios de sangre, de clase, de linaje, compadrazgo o dinero; es, simplemente, cuestión del mérito. La democracia, dice este ilustre argentino, sabe rechazar soberanos, genios, hombres extraordinarios que piensen por todos los demás, hombres providenciales. La democracia no necesita de ellos, y, en la medida en que se difunde el régimen democrático, se restringe la función de los hombres superiores. En su demoledora crítica de la democracia, lo cual no quita que sea real, dice Ingenieros que “En las horas solemnes, los pueblos todo lo esperan de los grandes hombres; en las épocas decadentes bastan los vulgares. Hay un clima que excluye al genio y busca al fatuo. En la achatura crepuscular, mientras las academias se pueblan de miopes y de funcionarios, gobiernan el Estado los charlatanes y los polipavos”. Con este marco conceptual, no es de extrañar la afirmación de este gran luchador universitario, propulsor de la Reforma de Córdova, de que “…..la democracia es prácticamente una ficción, al menos por ahora……las pretendidas democracias de todos los tiempos han sido confabulaciones de profesionales para aprovecharse de las masas y excluir a los hombres eminentes. Han sido siempre, mediocracias…..”. Para Ingenieros, la democracia ha sido un espejismo; el pueblo ha estado ausente de ella.

Decía Kant, a quien ya he citado en ocasión de expresar la diferencia entre lo legal y lo legítimo, señalando la preminencia de este último sobre el primero, su primariedad esencial, que “Hay que actuar según la utopía, pero no para la utopía”. Cierto lo que afirma el gran filósofo de Koenigsberg, creador de la Filosofía Crítica. Esto ha pasado con las democracias: los pueblos han actuado para ellas, y no según ellas. Por eso, ha sido una utopía inalcanzable. Y actuando para ellas, el excesivo uso del Derecho y de las leyes, a grado tal que se ha hecho del hombre un hombre para las leyes y no de las leyes unas leyes para el hombre, la ha llevado a su casi total degeneración. ¡Hay que cumplir la ley, aunque esta sea injusta! ¿Es eso el orden? ¿Es eso el orden en libertad? ¿O más bien no es eso un orden autoritario, arbitrario, esclavista? Los griegos y los romanos no trataban así a sus esclavos. Estos eran hombres más libres que lo que somos nosotros ahora, respetados y queridos por sus dueños. De sus filas surgieron grandes personajes incluso. La bella Aspasia, a quien he citado en mi columna anterior, era una “dama de compañía” con una educación y una cultura de altísimo nivel y a quien los griegos respetaban y tenían en muy alta estima, a grado tal que el mismo Pericles le consultaba sus futuras decisiones, además de que la amaba.

Bien decía el Papa Juan Pablo II en su “Diálogo entre las culturas”, que lo que interesa es un sistema político que le permita al hombre arribar a su plena felicidad. ¿Ha logrado eso la democracia? ¿Necesita dos o más siglos más para seguir experimentando, mientras la gente no puede cubrir sus necesidades esenciales, es reprimida, y se obliga a una existencia de seres-para-la-muerte, seres-arrojados-ahí, pasiones-inútiles? Y ello sólo porque insistimos, neciamente, en mantener la pétrea estructura de un sistema constitucionalista que sumerge al hombre en un ambiente de explotación y de miseria, con todo y sus leyes, y su separación de poderes, y sus pesos y contrapesos, y su gobernabilidad, y su estado de derecho, y sus elecciones, y sus partidos políticos, y su letanía interminable de muletillas, etc., etc., etc.

Bueno, pues. Creo que una columna más, después de esta, será suficiente con esto de la democracia y su discurso demagógico. Me sugirieron hablara de ello y dejara en paz mi intento de filosofar sobre la soledad, el silencio, la interioridad del hombre, y la búsqueda de un encuentro real entre el Ser y el Yo. Hice caso, respetando a los lectores. Pero luego de la próxima, en la que hablaré un poco de la democracia en El Salvador, continuaré hablando de cosas más sustantivas, como las que he señalado, porque, siguiendo a Schopenhauer, “Lo esencial para la felicidad de la vida es lo que uno tiene en sí mismo”.

Decía Soren Kierkegaard, el gran filósofo de la interioridad, padre del existencialismo, que “La democracia es un estado de idealismo colectivo que desaparece cuando se la lleva a la práctica”. Schopenhauer también tenía sus frases: “Cien necios puestos en un montón no producen un hombre de talento”. ¿A qué tanto remarcar en esto?, podrán objetarme. ¡Es que ha habido y hay tantos hombres de talento, juiciosos, realistas, que no logro entender cómo no los escuchamos en cuanto al caso que comentamos! ¡Esa es la razón! De otra manera, continuaremos con la misma historia del discurso democrático, que pareciera necesario para aquello con que nos alegraban los Churumbeles de España hace ya casi un siglo: “Dale, dale pienso al borriquillo…..dale pa’ que pueda caminar…..”. Así, confirmaremos al Bretón de los Herreros al apuntar que:

“Y lo mismo en la dulce poesía

que en moral, en política o hacienda,

nuestro estado normal es la anarquía….”.

Termino preguntando: ¿En qué mundo estamos? ¿No acaso ya, unos veinte y cinco siglos antes, un griego, de Éfeso, ilustre, llamado Eráclito, nos dijo, “¡Panta rei!”

Todo cambia, menos nosotros.

 

 

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