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LA COMEDIA NACIONAL (O la versión cósmica de “Las cacarañícaras y los poligulígulas”)

 

EL PORTAL DE LA ACADEMIA SALVADOREÑA DE LA LENGUA.

 

 

 

Por Eduardo Badía Serra,

Miembro de la Academia Salvadoreña de la Lengua.

 

Capítulo noveno y último:

El reparto final. Los opresores

comerán carne. Los oprimidos comerán hierbas.

El destino final de 1 Maíz Revelado,

de Lo Pensado y del Demiurgo.

 

 Tantas eran las bondades de aquellos ricos parajes tropicales de Cuscatlán, que despertaron la codicia y el ansia de los hombres del bacab negro, quienes, inicialmente, se refugiaron en su individualismo y  trataron de apropiárselas mediante la traición y el engaño; pero al no ser esto posible debido a que las argucias de los unos y de los otros eran en buena medida similares, fracasando en sus tácticas hipócritas y cínicas del engaño y la traición, optaron entonces por agruparse en bandos para ir directamente a la guerra y tratar de destruir los unos a los otros, apropiándose entonces de las riquezas aparentemente interminables que contenían los feraces campos a los que habían arribado, luego de un larguísimo viaje por el rumbo equivocado, campos que, como sabemos, no eran otra cosa que el lugar en el que purgarían sus penas por la traición en que habían incurrido al abandonar la obra de 1 Maíz Revelado. Pero la guerra fracasó también, porque los unos picaban con tanta fuerza por detrás tanto como los otros mordían certeramente por delante, y porque de igual manera sabían luchar los unos en la ciénaga como los otros en la montaña.

 

Fue así necesario que cangrejos de otros bacab poderosos, ajenos a su mundo, pero igualmente malos, o más, apoyados por camarones, langostas, almejas, ostras y conchas, uno que otro pulpo y uno que otro calamar gigante, llegaran y los pusieran en orden, haciéndoles ver que la única solución era un reparto armónico del pastel, del cual, por cierto, ellos recibirían la mayor porción, y ranas y ratones, víboras y alacranes sólo una pequeña, aunque siempre rica, parte. El Gran Gentío, el Gran Pueblo, sólo observaba cómo los que se disponían al reparto, que antes habían luchado los unos contra los otros utilizando todos los medios posibles, compartían con gran armonía y fumaban la pipa de la paz ante la observancia de los cangrejos y su cohorte, en grandes salones donde firmarían, decían, unos acuerdos de paz. El consenso, entonces, resolvió la situación de los hombres del bacab negro, terminó con el conflicto, y enriqueció a los unos y a los otros, no así al Gran Gentío, que sólo permanecía con la lengua de fuera, esperando el gran rebalse que les habían prometido para poder ellos alimentarse un poco y así, aunque penosamente, sobrevivir.

 

Cangrejos, camarones, langostas, ostras, conchas, uno que otro enorme pulpo y uno que otro enorme calamar, y por supuesto, víboras, alacranes, ranas y ratones, vivieron entonces en paz y armonía, disfrutando de un festín interminable, mientras el Gran Gentío, el Gran Pueblo, moría cada día de impotencia e inanición pues el rebalse prometido nunca apareció. Tanta fue la riqueza repartida entre los hombres del bacab negro y sus conciliadores llegados de bacab de otros mundos, que de tal comilona, a todos les salieron cacarañas en sus mejillas, cacarañas que aumentaban y aumentaban hasta reventarles, infectándoles de tal manera que terminaban consumidos por un mundo bacteriano, conduciéndolos finalmente hasta lo de Xibalbá, en donde ya serían víctimas del fuego eterno, previo al gozo sutil de Bolontikú, que aun ya en declive senil, todavía les deparaba algunos de sus exóticos y exuberantes goces.

 

Así, pues, se dio esta comedia nacional, que será eterna porque siempre 1 Maíz Revelado tendrá que sufrir la culpa, cargando sobre sus hombros el rumbo abandonado, y dejando de hacerlo cuando el sueño le vence, con lo cual tiembla sobre la tierra aquella y se destruye todo lo existente.

 

Lo Pensado volvió a su mundo superior de 3-brana, aunque no satisfecho de los resultados de su gestión, pero sí consciente de que ello lo sabía ya desde un comienzo. Los hombres del bacab negro nunca pudieron verlo, a pesar de tanto haberlo sentido y escuchado, poniendo oídos sordos a sus sanos consejos. Y ese no haber podido verlo es su maldición.

 

El Demiurgo ermitaño no pudo resistir el sufrimiento de no haber podido transmitir la Idea desde el mundo supremo al mundo de las cosas materiales como debía haberla transmitido, con lo cual había ocasionado todo este enorme molote, terminando devorado por aquellos peces ojudos y bocones que no eran sino un producto parcial de la degeneración de aquellos Elementales y sus antecesores los Originales, que al final de los tiempos terminaron sus días devorados por el mundo de las bacterias. Y es que como este viejo ermitaño era sabio, y además poeta y maestro, sus categorías y sus atributos, al no ser los del mundo material, no habían logrado entender el mal que habitaba en las conciencias de aquellos seres malos, porque eran malos, muy malos, los del bacab negro. Un día, me asomé de nuevo por aquella gruta oscura donde tantas veces acudí a escuchar sus historias, urgido por él de contármelas para liberarse de su opresión, y la vi ocultada por una enorme piedra, de cuyo centro sólo se percibía una tenue lucecilla que se difuminaba por el cielo inmenso, perdiéndose en el Más Allá.

 

Cuscatlán es, así, la tierra del gran consenso, del gran acuerdo de paz, en los que los unos y los otros menjan carn y los más, los del Gran Gentío, menjan herba. Claro que el rédito mayor no es para las víboras y los alacranes, ni para las ranas y los ratones, sino para los cangrejos, cuyos carapachos están pintados cada vez con más estrellitas, acompañados de sus adláteres, camarones y langostas, almejas, ostras y conchas, y, como digo, uno que otro pulpo gigante y uno que otro calamar de igual magnitud. La solución, pues, fue el gran acuerdo de paz, y su estrategia, el consenso en el reparto de las utilidades. No por nada, el gran cangrejo Tenazotas les había sabido inculcar la idea de que “el fin justifica los medios”.

 

 

Nota Final:

 

Doy las gracias a:

 

Los mayas eternos y su Popohl Vuh, quienes viven siempre y vivirán en nosotros los del Gran Gentío.

Paracelso y Siboemia, la alquimia y sus elementales.

Roger Penrose y Stephen Hawking, con sus mundos paralelos contenidos en una cáscara de nuez.

Ramón Llull, el gran catalán, y sus Libro de las Maravillas y Libro de las Bestias, porque por ellos he sabido que hay unos que menjan carn y otros que menjan herba, y que ello es una especie de ley natural y por ello incontrovertible.

A nuestro Don Francisco Gavidia, insigne hombre incomprendido en su grandeza en nuestro país, (lo cual no es extraño), por su La Loba.

A Don León Siguenza, el gran cojutepecano, que nos ha hecho saber con sus Fábulas que los animales se entienden mejor que nosotros los hombres.

A Homero, o quien haya sido el que escribió esa real historia de la Batracomiomaquia, que es un verdadero clásico porque aun después de tanto tiempo de escrito se recrea entre nosotros y refleja, como los mitos y las leyendas, de alguna manera nuestra realidad.

Y finalmente, al gran florentino Maquiavelo, porque lo que escribió, “nos guste o no nos guste”, es verdad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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