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LA CIENCIA ACTUAL: ¿UNA CIENCIA DE INCOMPLETUDES?

 

EL PORTAL DE LA ACADEMIA SALVADOREÑA DE LA LENGUA

 

 

 

 

Por Eduardo Badía Serra,

Miembro de la Academia Salvadoreña de la Lengua.

 

 

Cuando me hablan del “Gato de Schrodinger”,

me dan ganas de ir a traer la escopeta.

Stephen Hawking.

 

Hasta hace muy poco tiempo, la ciencia era considerada como la expresión de la realidad objetiva. Se daba por establecida la absoluta correspondencia entre esta realidad objetiva y la idea que expresa, la coincidencia entre la teoría y la práctica. Pero esta realidad objetiva tiene límites, y el investigador necesita conocer tales límites. Decía Werner Heisemberg, el autor del Principio de Indeterminación, que la ciencia debe ser consciente de sus límites, que la ciencia debe tratar de lograr esa coincidencia entre la teoría y la práctica, y establecía tres criterios para decidir si una descripción de la naturaleza es adecuada: Debe ser admisible, es decir, conforme a las leyes del pensamiento; debe ser correcta, estar, pues, de acuerdo con la experiencia; y debe ser relevante, contener el máximo de las relaciones esenciales y el mínimo de las superfluas o vacías, correspondientes al objeto que se describe.

 

La ciencia actual, contrario a la pretensión positivista del siglo XIX, que daba al conocimiento científico un carácter de verdad absoluta e incontrovertible, reconoce y acepta que este sólo proporciona acercamientos a la verdad, y que más que nunca ahora es un campo lleno de incompletudes, de óptimos deseables pero no alcanzables, y que pareciera que estamos ante una realidad cuya respuesta más frecuente es el ‘no’. Estamos, pues, en un estado del conocimiento en el que nada es absoluto, total; todo es incompletud. Grandes principios y teoremas científicos son ejemplo de incompletud, entre estos, los tres principios de la termodinámica, el ya citado principio de indeterminación de Heisemberg, el teorema de Godel, el teorema de Turing, el teorema de Shannon y el teorema de Arrow.

 

Esto de la cuestión de la posibilidad de un conocimiento cierto, absoluto, de la verdad, viene constituyendo, desde los griegos, un viejo debate. Arcecilao, 241 a.C, y Carnéades, 128 a.C., dos filósofos escépticos, negaban tal posibilidad, aceptando sólo la existencia de un conocimiento probable. Ya ahora, Jesús Mosterín, filósofo de la ciencia español, en un muy buen trabajo titulado Límites del conocimiento y la acción, sostiene que hay límites insuperables a lo que podemos hacer o saber, y estos límites, contenidos en principios y teoremas de imposibilidad comprobados científicamente, hacen que el pretendido carácter absoluto de la ciencia y del conocimiento científico, no sea ya más sostenido. La ciencia ahora es un conjunto de conocimientos que permiten sucesivas aproximaciones al conocimiento de la realidad, y con ello, de la verdad. Hay muchos y contundentes y concluyentes ejemplos de ello. Cito algunos:

 

Si la primera ley de la termodinámica nos dice que la energía siempre se conserva, la segunda ley afirma que la calidad de la energía siempre se degrada, aumentando la entropía universal, esto es, aumentando el desorden. Estamos ante un mundo de degradación creciente, un mundo de disipación. Pero las dos leyes citadas no nos dicen que no se pueden construir motores eficientes; lo único que nos dicen es que cierto tipo de eficiencias deseables no son posibles. Estos imposibles termodinámicos se pueden también ver en la tercera ley, que afirma la imposibilidad de alcanzar la temperatura del cero absoluto, (0 K), por más que enfriemos algo. En el cero absoluto, 0 K, estaríamos rígidos en un solo lugar, sin la mínima energía dentro de nosotros. Estamos aquí ante leyes que nos dicen ‘no’, que nos afirman lo que ‘no’.

 

La relatividad especial enunciada por Einstein en el año milagroso, 1905, es otro ejemplo de cómo una ley pone límites a lo que puede ser, en este caso, límites a la velocidad a la que pueden moverse los objetos o a la que pueden transmitirse las señales. Dice el gran físico alemán: La velocidad de la luz en el vacío, 300,000 kilómetros por segundo, no puede ser superada, y por lo tanto, es imposible que la velocidad de una señal o de un objeto físico pueda superarla. Si un objeto se moviera a la velocidad de la luz, su masa se haría infinita, y ello es imposible, y ello limita las posibilidades del movimiento físico.

 

En 1927, Heisemberg, a quien ya hemos citado, un gran físico teórico alemán, enunció su famoso Teorema de Indeterminación, que en términos generales nos dice que ciertos pares de magnitudes complementarias no pueden ser medidas simultáneamente con arbitraria precisión, por lo que nunca podrán ser medidas con la misma precisión; por ejemplo, la posición y el momento de una partícula. Cuanto más precisamente medimos una, menos precisamente podrá ser medida la otra. Este principio, entonces, pone límites a nuestra capacidad de medir con precisión lo que observamos.

 

No todos los teoremas de imposibilidad se refieren a la física o a la ciencia dura. Aparecen también en las matemáticas, en las comunicaciones, e incluso en los sistemas políticos. Kurt Godel sostuvo con su famoso teorema que la teoría aritmética perfecta no podría existir. En el campo de la computación, el teorema de Turing planteó a aquella límites infranqueables, cuando comprobó que no es posible construir una máquina que pueda decidir si un programa dado puede ser ejecutado en un número finito de pasos, pues siempre habrá algo que una máquina no podrá hacer, algo que no podrá computar. En las comunicaciones, el teorema de Shannon, (Claude Shannon, 1948), afirma que no puede existir el canal perfecto de comunicación: No es posible transmitir señales a un ritmo superior a C/H, donde C es la capacidad (en bits por segundo), del canal, y H es la entropía, (en bits por símbolo), de la fuente.

 

E incluso, en la política y en lo social, hay que recordar el teorema de Arrow, (Kenneth Arrow, 1951), premio Nobel de Economía en 1972, que probó por primera vez, perfeccionando lo dicho entonces en 1983, que la posibilidad de perfeccionar la democracia tiene límites infranqueables, con lo que el sistema perfecto de votación no existe. Arrow probó que las características deseables del sistema democrático perfecto son incompatibles entre sí, con lo que, si un sistema democrático las tuviera todas, se darían en él, contradicciones. El sistema de votación perfecto es utópico, imposible. Un sistema democrático perfecto debe poseer: Una condición de racionalidad colectiva; una condición de Pareto; una condición de no-dictadura; y una condición de independencia de alternativas relevantes. Y estas cuatro condiciones mínimas son incompatibles entre sí. La democracia perfecta entonces no puede existir, y si existiera, nos llevaría necesariamente a contradicciones matemáticas.

 

Bien, estamos aquí, pero también allá; somos, pero a lo mejor no; el hombre es una contingencia, es un ser contingente, lleno de perentoriedad. Sólo la lógica y la matemática son conocimientos necesarios; la ciencia, toda ella, no lo es; como es, pudiera no ser. Debemos entonces ir con cuidado por esta nuestra existencia azarosa, pues vaya a ser que entremos en la cámara del gato de Schrodinger, se dé cuenta de ello Hawking, y decida ir a traer su escopeta……..con lo que se acabó nuestra incertidumbre, y probablemente el gato también.

 

Como decía el padre Ellacuría, …………  lo más seguro es que a saber.

 

 

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