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Monseñor Oscar Arnulfo Romero con el expresidente de la República coronel Arturo Armando Molina, en 1975.

La carta que Mons. Romero envió al presidente Molina, a propósito de la masacre de Tres Calles (21 de junio de 1975). Texto donde aflora con nitidez su carisma profético:

Señor Presidente.

Considero que no cumpliría yo con mi difícil deber de Pastor de esta Diócesis, si guardara silencio ante Ud., después de haber compartido personalmente, en la mañana del domingo recién pasado, la amarga experiencia que están viviendo, en estos días, mis queridos feligreses del cantón Tres Calles de la jurisdicción de San Agustín. Fui allá para consolar a las familias que habían sido atropelladas, en la madrugada del sábado anterior, por un pelotón del Guardia Nacional, dejando un doloroso saldo de cuatro matados que ya habían sido sepultados. Pero antes de llegar a los afligidos hogares, a donde me dirigía, tuve que detenerme para rezar ante el cadáver insepulto de Juan Francisco Morales que yacía, entre el llanto de su madre y de su esposa, acribillado con un balazo en la cabeza, después, a las dos casitas que habían sido invadidas por la fuerza armada, créame, Señor Presidente, que se me partió el alma al oír el amargo llanto de madres viudas y niños huérfanos que, entre inconsolables sollozos, me narraban, sin explicaciones estudiadas, el cruel atropello y lamentaban la orfandad en que se les había dejado.

No menor impresión me causó el semblante de terror y de indignación que reflejaban los numerosos rostros de aquellos compatriotas a quienes saludé con mi mayor cariño pastoral, exhortándoles a la cordura y recordándoles nuestro principio cristiano de que «la violencia solo engendra violencia» y malestar. Invité a todos a rezar por los difuntos y traté de consolar en su dolor a las familias afligidas. Cabalmente el Evangelio, que acababa de leer en mi misa de Jiquilisco, me sirvió de inspiración en aquella difícil circunstancia, por evocar la Providencia y la justicia de Dios que no deja sin protección a las víctimas de «los que matan el cuerpo sin poder el alma», ni dejará sin su justo castigo a los que conculcan sus leyes, entre las que se destaca terminante la de «no matar».

Ahora, Señor Presidente, después de haber convivido esta desolación, sembrada por quienes deberían ser inspiración de confianza y seguridad de nuestro noble campesinado, cumplo con mi deber de expresar a Ud. mi respetuosa pero firme protesta de Obispo de la Diócesis, por la forma en que un «cuerpo de seguridad» se atribuye indebidamente el derecho de matar y maltratar. No intento justificar la conducta de los acribillados.

Tampoco estoy de acuerdo con quienes instrumentalizan estos hechos lamentables para sus fines políticos. Mi perspectiva es única y sinceramente la del Pastor de la Iglesia que lamenta ante el Señor Presidente de la República la forma en que se ha atropellado la dignidad y la vida, a la que tiene derecho todo hombre, incluso si es un criminal, mientras no se le haya sometido a un tribunal de justicia que dicte, si es necesario, la sentencia que merecen sus culpas. Con esta misma limpia intención pastoral ruego al Señor Presidente su decisiva intervención a fin de que retorne al cantón Tres Calles la paz de los hogares perdida ante la amenaza y el temor y se haga justicia a las víctimas del atropello y se restituya, de alguna manera, a las familias, por la pérdida de quienes eran su sostén. No hubiera querido, Señor Presidente, usar, en mi correspondencia con Ud. el lenguaje de la protesta y del reclamo; pero creo que no sería franca ni sincera mi amistad con Ud. si, por conservarla, dejara de obedecer a la voz de mi conciencia que reclama este deber pastoral. Y porque sinceramente tengo un alto concepto de sus valores personales, confío que mi palabra, dirigida a Ud. en nombre también de los pobres sin voz, encontrará amplia sintonía y eficaz reacción en sus nobles sentimientos.

Por lo demás, quiero asegurar a Ud. que esta carta es completamente confidencial, ya que no me lleva ningún afán de notoriedad sino el deseo de una eficaz intervención ante quien tiene en sus manos los principales recursos para evitar estas lamentables situaciones. Por eso, me gustaría, Señor Presidente, comentar más ampliamente y sin intermediarios, cuanto aquí he expresado, porque cada vez me convenzo más de que el diálogo directo y sincero, no solo sirve para conjurar conflictos y malos entendidos, sino sobre todo para construir, entre Supremo Gobierno y Pastores de la Iglesia, desde sus propias competencias, el verdadero bienestar del país.

Así lo manifesté también al Señor Comandante Departamental de Usulután, cuando la noche de ese mismo domingo comentamos la difícil situación del país y las nobles intenciones personales de Ud. estimado Coronel Molina: reitero a Ud. el testimonio de mi estimación y de mi sincero deseo de colaboración y servicio, desde mi competencia pastoral, en pro del bienestar de la Nación.

Fmdo: O. A. Romero, Obispo de Santiago de María.

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