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“Hazme suave el instante” de Masferrer

MasferrerPor Álvaro Darío Lara

Escritor/Poeta

Colaborador de Trazos Culturales

Una de las prosas más hermosas y vibrantes por su hondo contenido escritas por don Alberto Masferrer, es sin duda la composición “Hazme suave el instante”.

Recuerdo a mi padre repitiéndomela durante el almuerzo, como una petición, con la que cerraba algún señalamiento- fuerte o leve- a raíz de mi inquieta conducta de niño.

A manera de broma, solía declamarme fragmentos, deseoso que adquiriera conciencia de mi proceder, y del hecho -que en esa ocasión- me lo pedía de buenas maneras, sin hacer uso de ningún correctivo físico, a los que dicho sea de paso, no era muy afecto, para mi fortuna.

Y efectivamente, si acaso mis risas y cabriolas por los corredores y patios de la casa, lo perturbaban a la hora de la religiosa siesta del mediodía, bastaba su voz sonora llamándome, para situarme al pie de su cama, y sin mirarme, volvía a aquello de “Hazme suave el instante”, que bastaba para que un servidor se apaciguara en los juegos con la perra; o en mis bromas constantes que terminaban por hacer rabiar a mi abuela, quien en ese estado lanzaba los gritos más despavoridos, pidiendo auxilio a mi madre.

Pero, dejemos la edad de oro, y ubiquémonos en el doloroso presente ¡Cuánta falta nos hace el hazme suave el instante masferreriano, en esta sociedad que antes de tender los urgentes puentes de la comprensión y la tolerancia, desata la confrontación, tantas veces gratuita hacia la tranquilidad ajena!.

Dice don Alberto: “Por eso, hazme suave el instante: porque una vez yo muera; una vez la primera palada de tierra caiga sobre mi féretro, ya nada servirá que me llores y que te lamentes de no haberme endulzado el amargo vivir. Ahora, ahora que vivo o padezco,  todo es hiel o miel para mi alma. Una sonrisa, una palabra, una mirada, un simple gesto cordial, es medicina y alivio para mi atribulado corazón. Después, ya perdido en las tinieblas del sepulcro, nada me servirá. Ahora me puedes dar amor. Después, sólo palabras vanas y lágrimas tardías. Por eso, hazme suave el instante; hazme suave el instante, si es que sientes deseos de endulzarme el amargo vivir”.

¡Cuántas veces nos produce placer perjudicar a los demás, hacerlos perder la paciencia, volviendo aquello que puede ser sencillo en algo terriblemente complicado! Quienes actúan así en el marco familiar, personal, laboral o político, demuestran únicamente su miseria humana, y se convierten en urgentes deudores de los Señores del Karma, quienes van acumulando en el libro de nuestras propias vidas, todo aquello que luego tendrá que ser compensado, en ánimo de asegurar nuestro propio camino evolutivo.

Continúa el Maestro de Alegría: “Por eso, hazme suave el instante, este instante que es la realidad, la sola y accesible realidad”. Vivimos atados a las férreas rémoras del pasado y sufriendo exageradamente por un futuro incierto. Mientras esto hacemos, desaprovechamos el presente, el eterno presente -que tanto evocaba el pintor Toño Lara- que es en realidad, el único y verdadero escenario donde se concreta todo el bien o el mal que podemos realizar. Es el presente, nuestro gran campo de batalla, nuestra ruta de sueños, nuestro sagrado aljibe.

Así, prosigue el “Maestro y Director de Multitudes”: “El Destino arrastrará a cada uno a expiar y aprender la lección que no logró aprender y la culpa que no alcanzara a expiar. Un huracán dispersará nuestras almas, y un foso inmenso dividirá nuestras vidas”.

Comprender que somos seres de incesante transición, y que sólo contamos con el HOY, para ser felices, pues como sabemos, “el ayer ya no existe, y el mañana es incierto”. Sólo el HOY nos dará la necesaria tranquilidad, evitando que caigamos en la destructiva ansiedad y el caos ruidoso del mundo.

Por todo ello, el Sabio de Ojai, Krishnamurti, nos dice en su preciosa obra “A los pies del Maestro”: “Los hombres que no saben, trabajan por conquistar riquezas y poder, pero éstos duran a lo sumo una sola vida; y por tanto son irreales. Hay más cosas grandes que esas cosas que son reales y perdurables; y una vez  descubiertas, se extingue el deseo por las otras. Solamente dos clases de  seres existen en todo el mundo: los que conocen y los que o conocen; y este conocimiento es lo que importa”.

De ahí que, si ya la vida diaria en nuestro convulso medio, se torna tan difícil, ¿por qué agregar a esta pesada carga, más problemas innecesarios?

Volvamos a la reflexión masferreriana – que es la reflexión de los místicos- para poder alcanzar mediante la meditación, la oración o el continuo diálogo interno, ese “suave instante”, capaz de irnos construyendo un entorno personal y social más libre y armonioso.

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