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Esta tarde vi llover

Álvaro Darío Lara

Escritor

 

Antes de la irrupción del WhatsApp, de los móviles de última generación, donde van y vienen los mensajes de texto, de audio, y  por supuesto, las lumínicas y nítidas imágenes, el amor viajaba en papelitos, en cartas, en llamadas de teléfonos fijos, en telegramas.

Sin embargo, los “te quiero”, los “me muero por ti”,  los “¿por qué no me has escrito?”, nunca han desaparecido. Esos reclamos, riñas por nimiedades, anhelos no consumados, ansiedades, sólo nos revelan, que con independencia del medio tecnológico, y de la época, la primavera sigue siendo la eterna demente del corazón humano.

Primavera que no pasa de moda, más aún en esta época del año, en que los cielos se despejan, el sol se deja sentir, intensamente brillante, y los atardeceres invitan al parque, a la cafetería o a lugares de mayor intimidad.

El año escolar ha finalizado y los adolescentes, pletóricos de hormonas, urgen por el estreno de sus anatomías. Es la historia de siempre.

Para quienes nacimos en el feliz imperio de lo impreso, de lo físico (como se dice ahora), en la era de la máquina de escribir, las libretas de notas, los libros, las revistas y los pasquines, el amor transitaba en “papelitos”. Papelitos doblados, perfumados los más, con besos estampados por el  carmín femenino.

Tuve un amor que a falta de poder llamarme telefónicamente, me pedía que mirara la luna, en los días de plenitud del níveo satélite, a una determinada hora, para que nuestros corazones se comunicaran. Algunas veces olvidé la hora, pero siempre salía al patio de mi vieja casa de San Salvador, para observarla ¡La intención bastaba!

Recuerdo que mi generación se alimentó desde la niñez y adolescencia, con el romanticismo de las antiguas películas en blanco y negro del cine de oro mexicano; y luego con los cómicos melodramas de los años 60, transmitidos los fines de semana por televisión.

Regresan de nuevos los galanes y héroes de la gran pantalla: Pedro Armendáriz, Jorge Negrete, Pedro Infante, Luis Aguilar, Arturo de Córdova, Joaquín Cordero, Abel Salazar…y las infaltables heroínas: Dolores del Río, Elsa Aguirre, María Félix, Irma Dorantes, Margara López, Miroslava Stern, Blanca Estela Pavón, Silvia Pinal. Y las estrellas sesenteras: Enrique Guzmán, César Costa, Alberto Vásquez, Manolo Muñoz, Carlos Lico; y desde luego, Angélica María, Lorena Velásquez, Julissa, Maricruz Olivier, Teresa Velázquez…

Filmes rosas. Canciones pegajosas, trémulas, de besos apasionados, de manos sudadas. Canta Manzanero sobre todos los tejados de América Latina: “Esta tarde vi llover, / vi gente correr/ y no estabas tú. /La otra noche vi brillar/un lucero azul/y no estabas tú. / La otra tarde/Vi que un ave, enamorada/ daba besos a su amor, ilusionada. /Y no estabas”.

Por todo ello, cómo no vamos a activar de nuevo, el tocadiscos, para escuchar en ese sencillo de 45 revoluciones, la nostálgica voz del amoroso yucateco: “Yo no sé cuánto me quieres, /si me extrañas o me engañas. /Solo sé que vi llover,/vi gente correr/y no estabas tú”.

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