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Ese café Medio Evo

Mauricio Vallejo Márquez

Escritor y Editor

suplemento Tres mil

 

Al preparar una taza de café cargado no puedo evitar recordar a Antonio Fabielli. Aquel amigo mayor que tenía como profesión ser escultor, y no sabía por qué extraño hado del destino vino a parar en El Salvador siendo hijo de cubanos e italianos, además de esgrimir su licencia de conducir estadounidense junto a su ciudadanía. Pero uno en su adolescencia no se hacía tantas preguntas.

Me lo encontré una noche que regresaba de realizar unas compras cerca de San Ramón cuando de pronto al cielo se le ocurrió arrojarnos cantaradas de agua. Mi casa estaba lejos, así que la única forma de evitar llegar como papel mojado a mi hogar era buscar refugio. Vi a lo lejos a Ricardo (un vecino) que se encontraba haciendo sombra en unas paredes con duralita que estaban construyendo. Y ahí estaba el famoso Fabielli. Por el alma de artista que uno tiene, logramos empatizar con aquel extraño hippie calvo vestido con ropas flojas y zapatos almohadosos.

Él tenía la idea de crear un Festival medieval en El Salvador, igual a aquellos que él había vivido en Norte América. Él me aseguraba que había crecido en ellos, ya que sus papas eran amantes de la paz, la libertad y el amor, igual a muchos jóvenes de pelo largo de las décadas de 1960 y 1970. Y la verdad, la cosa no me parecía tan extraña. Me propuso que le ayudara a dirigir el plan, me convenció que la cosa no era complicada y que lo único que requería era un poco de voluntad (y eso era algo que me sobraba para cosas de esa índole). Así que pusimos manos a la obra. La mayoría de mi familia veía a aquel tipo con sospecha, excepto mi mamá, quien lo bautizó como El Medio Evo.

El gran detalle era que no teníamos presupuesto. Así que, si el dinero escaseaba lo lógico era dejar el asunto en paz. Sin embargo, el escultor no pensaba igual. Me explicó que allá (en los Estados Unidos) cuando iban a hacer un plan se iban a rebuscar en la basura para tener materiales para elaborar maquetas y prototipos, así que como él había aprendido a usar de todo, así debía de hacer yo. Gran lección de vida, o sea que tenía que saber echar mano de lo que tuviese para continuar con mis planes y no quedarme viendo el viento pasar. Algo que he procurado desde ese entonces.

Así que buscamos entre el aserrín y los sobrantes de la carpintería de don Luis Recinos, recogíamos cuanto material de madera, plástico, cartón y papel encontráramos para comenzar la maqueta de lo que íbamos a hacer. Todo llevando una taza colgando del cinturón. Por qué Fabielli nos decía que así trabajaban los hippies, bebiendo el elixir mágico de aquel grano.

Solo que nosotros no bebíamos café de forma convencional. Conseguíamos botes del clásico café instantáneo, el cual disolvíamos hasta tres cucharadas o más en un dedo de agua, el cual adelgazábamos a veces llenando la taza. Aquello lograba que anduviéramos dando lamparazos, así como los rayos que arrojaba por los ojos Cyclops de X-Men. Y para Fabielli era imprescindible mantener ligeras siluetas de humo proveniente de sus cigarrillos aunándose con el vapor del café. Algo que en parte imitamos, sólo que yo me quedé solo con el café.

En estos días que las ocupaciones merman el tiempo, he preparado algunas tazas de café instantáneo y he repasado en mi mente las indicaciones para preparar una “taza de café cubano”, ese mismo tipo que en algún momento de la década de 1990  me dijo que debía de regresar a Norte América, pero no en avión. Quería sentir lo que un centroamericano siente al irse mojado. Así se fue Antonio, justo como llegó, abordando buses y camiones para habitar como ciudadano del mundo que se encarga de planear festivales medievales inconclusos y preparar tazas de café instantáneos más explosivos que el Expreso italiano.

Yo en cambio, siempre recuerdo con una sonrisa ese café Medio Evo y sigo en mis labores.

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