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Envejecer y madurar

Mauricio Vallejo Márquez

Escritor y Editor

suplemento Tres mil

 

Yo también fui adolescente, me dije al figurar aquel individuo hablando casi a gritos, como si arrojara campanitas que estallaban igual a los morteros en Navidad, para que hasta los que no querían escucharan su erudición y de que no había más guapo y sabio que él.  Todos lo observaban con curiosidad. Eso pensaba mientras la escena se difuminaba. El usual detalle de creerse mejor que los demás. Y esa adolescencia a la que muchos relacionamos como tipo de la inmadurez puede tardar en irse, por esas curiosas razones de que uno envejece y a veces se tarda más de lo debido en madurar. Es posible que mucho de aquel niño que uno fue se mantiene, pero tampoco al exceso de olvidar nuestra adultez y pasar por alto de que habitamos en una sociedad, aunque no lo queramos.

En esos tiempos, cuando pensaba que veinte años eran cuarenta, me creía Supermán u otro personaje de cómic con fuerza sobrehumana y yo no era el único. La rebeldía, el cabello largo y el aguante suficiente para tragar cualquier líquido etílico nos hacía creer inmortales, además de importarnos un pito caer bien o mal. Así como nos inducía aquella canción de Maná: “Me vale lo que la gente piense de mí…”. Nos sentíamos más que el mundo.

En esos años de aprendizaje me sentía tan robusto en los temas que medio había leído. Estaba seguro de no tenían que enseñarme nada, así como llegué a despreciar la matemática por la falacia que pensaba cierta: “no es necesaria”. Definitivamente la ignorancia es atrevida, y uno era temerario para pensar cualquier sandez y darla por válida. Obvio, aquello no  debía ser de esa forma porque la cosa no iba a terminar bien. ¿Pero quién puede sacar de su error al obstinado? Nadie. Así que lo normal fue tardarme un poco más en aprender de esos golpecitos que dejan bien abollada nuestra carrocería y el orgullo, a veces sin posibilidad de enmendarse.

El gran detalle es que al vivir existen dos afirmaciones que no nos dejan crecer: No puedo y ya lo sé.

La primera tiene que ver con no haber aprendido algo y tener miedo de intentarlo, con tener terror de probar y esa inseguridad de enfrentarnos a lo nuevo precisamente por ser nuevo, el sentirse incapaz sin haberlo intentado. La segunda es una excéntrica y egocéntrica seguridad que nos puede ahogar en el error para una muerte lenta, como la escena del tipo infuloso de cuyo nombre no quiero mencionar, pero que se sentía el mayor poeta del mundo y despreciaba la obra de todos los demás.

Todos hemos tenido que sortear ambas, por miedo o por ignorancia en incontable situaciones del diario vivir. Las dos igual de dañinas, pero raras veces las abandonamos porque no estamos dispuestos a cambiar. El cambio resulta el gran temor, sin percatarnos de que vamos cambiando. Y de igual forma nos da temor probar e intentar.

Total, así como el mítico personaje inglés, Peter Pan, no queremos envejecer. Sin embargo, es inevitable. Aunque tarden, llegan las canas y las arrugas, el cuerpo comienza a decrecer y se atrofia, las funciones del cuerpo dejan de ser óptimas y la energía decrece. Cuando lo que nos debería de preocupar es saber enfrentar a la naturaleza, a la sociedad, a los nuevos tiempos, a los cambios y sortearlos sin importar cuan jóvenes o viejos seamos sabiendo desarrollarnos sin creernos mejores o peores. A eso se le llama madurez, y madurar es algo que solo el que quiere puede hacer.

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