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En una tierra de Esperanza

Santiago Vásquez
Cuentista y Poeta
En un pueblo llamado Chiquibardán, case tendido sobre unas accidentadas regiones del este de Mardelfos, viagra sale una ciudad muy conocida por su riqueza forestal, vivían desde hacía muchísimos años, un hombre junto a sus dos hijos, quienes se dedicaban a fabricar muebles y adornos, los cuales vendían a los turistas convirtiéndose así en unos famosos comerciantes del lugar.
El sol acariciaba día a día aquellos hermosos atardeceres, dejando marcadas las huellas del tiempo en las miradas de las mujeres que iban y venían de aquel lejano lugar entremezclando el aroma de sus  perfumes con la fresca brisa que se escapaba inquietante de los frondosos árboles de aquel singular paraíso.
En cierta ocasión, llegó a la ciudad un grupo de personas con un gran cargamento de mercadería, quienes se instalaron inmediatamente en Chiquibardán, eran unas compañías de fuertes empresarios que venían a instalar sus empresas por estas tierras, ellos fabricaban muebles de un material sintético a muy bajo precio, con lo que en poco tiempo se convirtieron en personas muy conocidas del lugar.
Aquel tranquilo pueblo que lo fue durante mucho tiempo, vio florecer un aparente desarrollo que sin lugar a dudas tendría sus resultados en muy difíciles y inesperadas circunstancias.
Don Berlando y sus dos hijos Eufrasio y Marlencio, vieron disminuidas sus ventas, ya que los pueblerinos buscaban y compraban más los productos de material sintético, que los de madera que ellos fabricaban.
Un día, decidieron abandonar sus tareas artesanales y juntos se dedicaron a las labores agrícolas, pero sucede que con los años chiquibardán y la ciudad en general de Mardelfos, fue aumentando su población y esto hizo desaparecer grandes extensiones de áreas forestales, lo cual incrementó la difícil situación de oportunidades de trabajo, como también convirtió a aquella ciudad con un clima fresco y agradable en un verdadero infierno con grandes temperaturas insoportables y cambios climáticos bruscos.
Todo esto era producto de una falta de planificación y se reflejaba en los resultados desastrosos en el medio ambiente.
En cierta ocasión, don Berlando se levantó muy de madrugada y se encontró con una alfombra de pequeñas avecillas muertas por toda la plaza del parque, aquello era una verdadera tragedia, indudablemente habían muerto por la intoxicación debido a los gases tóxicos que desprendían las fábricas que habían llegado al pueblo, las aves de corral morían sin aparente causa alguna, los semovientes eran envenenados por las aguas contaminadas de los ríos, todo aquello era un desconcierto y desesperación, las personas comenzaron a padecer de una rara enfermedad, los dedos de las manos se les despellejaban, la vista la iban perdiendo poco a poco y los doctores no encontraban una causa a dichos padecimientos.
El Alcalde del pueblo se reunía con las autoridades respectivas para resolver el problema pero nadie lo atendía.
Una tarde, cuando el sol dejaba caer sus últimos rayos de luz, uno de los hijos de don Berlando, enfermó quedando en cama, su vida se iba apagando poco a poco, iba perdiendo peso y sus piernas cada día se entumecían más haciéndole imposible y difícil el poder caminar y así pasaba con muchos de los habitantes del lugar, ante tal desesperación y asechado por el cruel desvelo que lo agobiaba día a día por cuidar a su hijo,  el hombre cayó en un profundo sueño, el cual duró según cuentan los vecinos del lugar cerca de doce años,
En cierta ocasión, los lugareños se encontraban contando historias en el portal de su casa, cuando de pronto, algo inesperado sucedió, don Berlando había despertado de aquel largo y profundo sueño, cuando lo hizo,  dos hombres se encontraban a su lado alimentado su fe en aquella tierra desolada por la modernización y la tecnología, los dos  que estaban con él junto a otros vecinos de Chiquibardán, eran sus hijos, Eufrasio y Marlencio, uno convertido en doctor, muy querido por todos los habitantes, gracias a su espíritu de altruismo y solidaridad  y Marlencio, era el alcalde del pueblo, quien con el trabajo de un verdadero líder, logró restaurar la felicidad de los habitantes, recuperando nuevamente el verdadero pueblo que era antes, con desarrollo, pero sin descuidar el medio ambiente.
Desde ese día, Chiquibardán fue un pueblo próspero y pujante dentro de la gran ciudad de Mardelfos, mientras don Berlancio, sentado en una rústica y ancha mecedora, se deleitaba y divertía sin piedad, viendo como las gallinas eran perseguidas por un gallo bajo la fresca brisa de la tarde.
Don Berlancio se tomaba las manos para controlar aquellas sonoras carcajadas que se soltaban y se esparcían por todo aquel ambiente.
Las gallinas, asustadas y evitando ser atrapadas por el gallo, despabilaban cacareos,
El gallo, sabedor de sus andanzas, no cesaba hasta alcanzar su presa.
El atardecer era salpicado por pequeñas pringas de noche
Las gallinas, caían, rendidas a sus espuelas.
El viento se fugaba sonámbulo por la barranca, mientras aquel honorable hombre curtido por los años dejaba caer sus brazos y persiguiendo con sus relumbrantes ojos al gallo murmuraba, quijeulmaiz… es un verdadero racero de pura cepa.
Las gallinas se cansaban de correr.
El viento cantaba canciones de amor.

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