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¡EN ESTA ESQUINA!

Álvaro Darío Lara

Escritor y docente

 

Don Marlon, Chicas, nos cuenta, a petición, su pasión por la arena nacional, escuchémosle: “Con doce años y sueños por realizar, obtenía de mi hermano mayor, Adrián Ricardo (+), los tres colones para la entrada a la extinta Arena Metropolitana, ubicada en el Barrio Concepción de San Salvador, que en la actualidad ocupa un colegio capitalino.

La aventura iniciaba abordando la ruta 101 B o “Ruta de la Muerte” debiendo su mala fama al constante atropellamiento de transeúntes y al choque de sus unidades con saldos fatales. En el autobús me encomendaba al Divino Niño, afín de llegar con vida al Parque Hula – Hula, que era la meta autorizada para la llegada y salida hacia Santa Tecla.

Ansioso, caminaba unas cuadras al oriente, en dirección a la Arena Metropolitana, entre burdeles, hospedajes, ventas ambulantes y otros alegres sitios, cuidándome de los amigos de lo ajeno, hasta llegar al sitio en mención para disfrutar de mis ídolos del ring.

La fachada principal estaba tapizada con fotografías de luchadores en sus más temibles posiciones. Una cartelera anunciaba la programación oficial del día, los precios en galería y luneta, que equaivalían a dos y tres colones, respectivamente.

Al lado izquierdo de la entrada, se encontraba una taquilla oscura, en la que, entre penumbras, una sonriente mamacita (como decían en mi barrio) cobraba a los parroquianos la localidad elegida. Acto seguido se atravesaba un enorme telón negro, en la que un hombre con cara de presidiario, exigía el tiquete de ingreso, partiéndolo luego con una manota sucia y áspera. Posteriormente, venía el “registro”, es decir, la desagradable “manoseada” que le daban a uno, de pies a cabeza, buscando un arma blanca o una de fuego.

Deterioradas galeras de madera, hediondas a orines, servían de asiento a los espectadores, en su mayoría, vendedores ambulantes, obreros, estudiantes, trabajadoras del sexo, atrevidos homosexuales, campesinos, y más de un “tamagás”, a la espera de un descuidado asistente.

Al centro, el ring, rodeado de malla ciclón, evitando el ingreso de intrusos al área “VIP”, con sillas metálicas de color café. En este lugar no era extraño ver a las voluptuosas mujeres de los luchadores, avivando a sus héroes, o a parejas de novios, estrechando frenéticamente sus cuerpos.

En cierta ocasión, en plena lucha, sorpresivamente, un fulano ebrio y armado, sacó una escuadra, amenazando al terrible Frankenstein, provocando gritos y una estampida humana. Afortunadamente la seguridad del cuadrilátero, logró persuadir al agresor, con gran tranquilidad, desarmándolo. Acto seguido, cuando el   sujeto sonreía, disculpándose, recibió una tremenda paliza, por gracioso.  Y el espectáculo continuó normalmente, con los gritos, hurras y abucheos de la afición, ante el llaveo, lances y artimañas de Frankenstein contra el Médico Asesino.

Así volaban botellas, bolsas con agua de riñón, semillas de mango, y otras linduras, en cada una de las batallas en la que se disputaba: “máscara contra cabellera” o “máscara contra mascara”, dejando al descubierto a quien se escondía tras el antifaz ¡Ay, tiempos idos!”.

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