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lunes , 23 octubre 2017
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El tejedor de ecos (1)

@renemartinezpi
renemartezpi@yahoo.com*

Pretender ser un tejedor de ecos remotos, there esa es mi gracia o mi desgracia. “Ecos remotos”: así se le llama a la historia que carece de la historia de quienes la sufrieron en carne viva y en espíritu muerto. Un tejedor de los ecos remotos desparramados por ahí u oxidados por allá por el desuso constante provocado por la desmemoria o por la mentira poética, olvidados a la buena del buen samaritano que se apiade de ellos y les dé la limosna de la sonoridad y la materialidad para constituirse en ciudadanía; ecos remotos que esperan que alguien los reúna, los arregle, los perfume, los peine y les inyecte la savia identitaria de aquel hechizo misterioso que les dio vida, cuando eran grito antropológico. Mi país, que cada día es más pequeño porque más pequeños somos nosotros al no querer transformarlo de una buena vez, está lleno de esos ecos vocingleros que nos susurran, quedito, que ya muy poco nos queda de dignidad para regatear en  la esquina de la muerte y nos queda mucho menos de historia para empeñar en el centro comercial. Dios te salve Patria Sagrada.

Lo único que nos va quedando, a la mayoría que cuenta menos, es ese delirio abstracto, leve e impersonal engendrado hace 193 años llamado Patria, cuando, en realidad, lo que menos tenemos es “patria” porque carecemos de su derivado inmediato (el patrimonio) más básico: un lugar donde caernos muertos. Desde hace 193 años y más de dos mil discursos oficiales de la burguesía y más de cien tratados de historia sin libre comercio -si no es que desde mucho antes- se nos viene “dando atol con el dedo” –como dicen las abuelas escatológicas-, pues se nos hace creer que somos independientes, soberanos y libres de decidir nuestro propio futuro y “tomar nuestras propias decisiones”; sin embargo cada día que pasa somos más dependientes, más mancillados y más esclavos de una dudosa y amañada Historia Oficial que, en el límite del absurdo que no tiene perdón poético, nos dice que: “estamos encerrados adentro y somos promotores de la promoción” –imitando al zamorismo municipal-, o somos sirvientes de las decisiones de las empresas globales que nos dictan la forma en que vamos seguir subsistiendo en la miseria sin perder la sonrisa ni perder el color, porque tenemos ideas cargadas de felicidad aunque tengamos comedores vacíos, nos dicen, para manipular nuestro comportamiento. En tu seno hemos nacido y amado.

Pretendo ser, repito, el tejedor de los ecos remotos, pues esa es la única profesión que se resiste a doblegar las rodillas, o a poner la otra mejilla, ante la infame maquilización de todas las otras profesiones (incluida la literatura y la educación) en esta era de la privatización que ha jurado expropiarnos lo único que nos queda y nos hace ciudadanos: la salud, la educación, la familia, la vejez, la intimidad, la cotidianidad, las ilusiones, la memoria y, con ella, la historia. Y es que cualquiera que tenga dos dedos de frente se da cuenta de que esa Historia Oficial propiedad de los victimarios que se nos vende en los libros de texto de sociales; que se nos restriega en la cara en los hiperbólicos discursos -ensayados en espejos “made in USA”-; y que se nos leyendiza en la propaganda electoral de la derecha y en los apócrifos artículos periodísticos de los columnistas del alpiste, sólo es un mal diseñado Plan de Publicidad barata –elaborado por algún asalariado de la palabra- en el que se exhiben las ruinas y los vestuarios de héroes que no existieron como tales; en el que se calla o desfigura lo que realmente pasó para darle cabida a lo que jamás sucedió, con lo cual se le corta el oxígeno a la memoria histórica para impedirnos que pensemos con claridad como si no bastara con el envenenamiento consuetudinario del aire al que somos sometidos por los matarifes del transporte público. Eres el aire que respiramos.

Un descalzo tejedor de ecos remotos que lucha –como Quijote olvidado- porque el hoy deje de ser, de una buena vez, la penitencia, cruenta y dolorosa, de un ayer del que fuimos víctimas -que no sus protagonistas- y el que ni siquiera fue nuestro, porque al leer la Historia Patria de los dueños del patrimonio nacional parece que hace referencia al país de las maravillas. Un hambriento tejedor de ecos remotos que sueña con soñar su futuro, en lugar de someterse a él con paciencia y buena cara, como nos sugieren, sarcásticamente, las chambrosas académicas y la vox populi de los defraudadores de oficio que llegan al cinismo perverso de decirnos que: “no es importante cuánto tenemos, cuánto sabemos y en qué creemos, sino qué tan felices somos con lo poco que tenemos, siempre y cuando seamos fieles feligreses del consumismo real o virtual…”, es decir que debemos ser felices aunque no tengamos nada, así como ellos son felices teniéndolo todo. Un sediento tejedor de ecos remotos, un utopista sin remedio que prefiere volar al futuro con sus alas de zompopo de mayo renacido, en lugar de resignarse a verlo pasar desde la ventana diminuta de la conformidad heredada –sin testamento autenticado- por parientes que jamás reconocieron mi nombre porque, ellos mismos, perdieron el suyo junto a sus tierras ejidales y comunales que no volvieron a besar la risa de los miles de niños que, descalzos, desletrados, tristes, desamparados y hambrientos soltaron el juguete para agarrar el malagradecido azadón que troca la semilla por lágrima, el agua por sed y el fruto por hambre. La tierra que nos sustenta.

Han pasado 193 años de Historia Oficial contándonos la misma historieta venérea que, como tal, traiciona a la realidad y nos ha convertido en falsificadores de la vida, entre cachiporristas con medias agujereadas –provenientes, por supuesto, de la clase pobre- y desfiles militares que exhiben, con primitiva prepotencia, sus arcos, flechas, hachas de piedra, hondillas, tanquetas, lanzas de obsidiana, capuchas y plumas conjurantes para intimidar a sus iguales. Falsificadores depredados de la vida que se contentan con consumir leyendas falsas de hechos ciertos o con leyendas ciertas de hechos falsos o, mejor aún, con reciclar la misma metáfora infinitesimal de la conformidad heroica, o con ser conocedores de conocimiento en lugar de ser sus productores.

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