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El recuento de los daños

René Martínez Pineda

“Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos, sino bajo aquellas con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado. La tradición de las generaciones muertas oprime… pesadilla el cerebro de los vivos. Y cuando éstos aparentan dedicarse… a transformarse y a transformar las cosas, a crear algo nunca visto, en estas épocas de crisis revolucionaria es… cuando conjuran temerosos en su exilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia univ…”. Cerré el libro –y apenas iba por el segundo párrafo de la primera página- y por instinto o por placer alienado y diferido suspiré muy profundo para tratar de deglutir esas ideas de Marx con la saliva de mi propia realidad real, esa que camina descalza por el día a día.

Haciendo a un lado el cigarro para darle paso al café con vainilla que, según yo, me da sapiencia y valor, hice un mordaz perifraseo de las ideas de Marx y pensé: “Monseñor Romero se disfrazó de Moisés camino al desierto dispuesto a abrir el Mar Rojo; la revolución francesa se vistió antojadizamente con el cruento ropaje del Imperio Romano y de los colores sanguíneos del Imperio Norteamericano, y los acuerdos de paz de 1992 fueron una tétrica parodia de la Comuna de Paris”. Así, con esas cortas frases leídas en la clandestinidad de mi cuarto oscuro, inició mi formación marxista y mis ansias por hacer hermoso y justo y oloroso a talco de niño a mi país, aunque en el intento se me fuera la vida, aunque en el intento se me fuera el alma al descubrir que algunos prefieren el gerundio de la palabra traición.

Soy de izquierda, lo digo sin temor, ni asco, ni arrepentimiento, ni pena alguna, a pesar de que una jauría de mediocres depreció el concepto casi hasta el límite del repudio, pero el sustento del mismo sigue siendo válido en la utopía social, de eso pueden dar fe los millones de pobres; sí, soy de izquierda, esa leve y casi marchita definición clásica que encarna el compromiso real con el pueblo y sus esquirlas. Mis maestros fueron unos tipos que serían desahuciados en su tiempo, el Marx del 18 brumario, de la lucha de clases en Francia y de la ideología alemana; el Gramsci de los cuadernos de la cárcel y la hegemonía; el Trosky de la revolución permanente; el Boaventura de Sousa del Estado como sujeto social de las ausencias y presencias; la Sociología de la Nostalgia, del tiempo-espacio, de la cotidianidad real y de la cultura política como extensión de la conciencia; el Lenin de dos pasos adelante, de las tácticas de la socialdemocracia, del imperialismo fase superior del capitalismo; del Fidel de la hazaña maestra; de los jóvenes que toman partido en el partido; del Galeano que murió con las venas abiertas; del García Márquez que hizo de Macondo la capital de la utopía… del pueblo que se cansa de la desilusión e inventa otras ilusiones.

En esta coyuntura es una cuestión político-ideológica urgente trazar los pasos de la transformación y definir a los enemigos del proyecto utópico: de un lado ARENA, el PDC, los testaferros del imperio y sus inesperados aliados; del otro, del lado de los ofendidos, está el pueblo. A ese recuento de actores le llamo matemática político-ideológica.

En el recuento de los daños dejados por la traición y la ignominia ideológica, hay que poner los amores del pueblo que quedaron sin raíces rotundas en el predio de lo absurdo; los dolores extraños que dejan cicatrices con el paso de los años contados por daños; las cicatrices que nos marcan directrices meretrices de los inconmensurables daños que tienen gestos dramáticos como los de las actrices de los teatros olvidados de Paris y Nueva York; las escaleras sin peldaños que nos llevan a la bodega donde se ocultan los daños; los funerarios barnices de escatológicos y agrios desengaños al hacer el recuento de los daños; los amores humanos de un pueblo que ha sido tratado de forma inhumana y que nos llevan a patadas rumbo a la infelicidad de las infelices pasiones que sienten los traidores que sueñan con seguir siendo jauría; los amores tiranos que antes lucharon contra la tiranía y hoy golpean la nariz del hermano; los taciturnos amores insanos difuminando la sal de las vidas de trágicos contrastes que marcaron mis años con las venas rompidas que dejan los daños.

Lo confieso: sin cumplir condena te hemos hecho daño, pueblo mío; hemos desgarrado tu alma como quien desgarra las vestiduras en el protocolo de violaciones infames… unos, los feos, porque te han traicionado y vendido por unos dólares más; otros, los malos, porque eres el sudor que convierten en oro nacionalista que no se arruga al idear un genocidio o un magnicidio escandaloso; y otros más, nosotros, por haber permitido que te traicionaran y te sigan traicionando ahora aliados al imperio que destruye al mundo para expropiarlo y reconstruirlo a su imagen y semejanza dándole la razón a las noches de cal; sí, hemos desgarrado tu alma olvidando tus horas hermosas que como trenes de mariposas sabían vivir sin amaño y que hoy agonizan en el recuento de los daños.

Todos saben quiénes somos los que nos aferramos a la nostalgia de las luchas, pero ese somos se diluye en la mirada de quienes cambiaron pañoleta por capucha. En tus soberbios volcanes resbalo y me levanto ardiendo en las doradas espigas del pan que sueña con ser manjar recién horneado para nutrir los pechos que saben que hay un nuevo combate de manos suaves que buscan la certeza de la contabilidad popular del recuento de los daños que tienen risa de metal y amaños feroces que quieren destruir lo que ya destruyeron para que el pueblo no se levante del barro y haga de los daños los ladrillos de adobe de la nueva nación de guitarras peinadas y abuelas que zurcen los agujeros del calcetín izquierdo de los santos inocentes que lucharon, con uñas y dientes, para que en el correr de los años no tuviéramos que estar haciendo un recuento de los daños, ni estar llorando por las lápidas de los mártires clandestinos, ni por el dolor de las uñas y dientes en las maquilas sin buenos años ni sueños parisinos, ni por la memoria llena de olvidos de los vagabundos de la utopía, ni por aplicarle morfina al dolor que causan los recuerdos en los moribundos que quieren vivir un minuto más, sólo uno, para ver el nuevo mundo que se pone huraño cuando escucha el recuento de los daños cubierto con la húmeda sábana de los amantes tacaños.

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